Alemania ocupa un lugar central en la economía europea, lidera sectores industriales estratégicos y se presenta como referencia en innovación tecnológica. Sin embargo, puertas adentro de su administración pública y de buena parte de su tejido empresarial, persisten prácticas que parecen detenidas en el tiempo. El uso extendido del fax, los trámites presenciales y la fragmentación digital forman parte de una realidad que contrasta con el discurso de modernización. La digitalización avanza, pero lo hace con una lentitud que ya genera costos políticos, económicos y sociales.
El simple acto de mudarse dentro del país sirve como ejemplo. Al cambiar de domicilio, una persona debe registrar su nueva dirección ante las autoridades locales. El procedimiento suele implicar una llamada al ayuntamiento, semanas de espera para conseguir turno y una visita presencial con formularios en papel. En un país con alto nivel de conectividad, ese recorrido burocrático se repite millones de veces por año.
El fax como síntoma de un problema estructural en Alemania
Según datos de Bitkom, la asociación alemana del sector de tecnologías de la información, el 77 % de las empresas del país sigue utilizando máquinas de fax. Y una cuarta parte lo hace con frecuencia elevada. Lejos de tratarse de una excentricidad, el fenómeno responde a una razón concreta: la relación con el Estado.

Felix Lesner, vocero de Bitkom, explica que muchas empresas consideran al fax indispensable para comunicarse con organismos públicos. Formularios, notificaciones y documentación oficial continúan circulando por esa vía. La dependencia tecnológica no surge de una preferencia empresarial, sino de una exigencia institucional.
En los rankings de desarrollo digital que publica la Unión Europea, Alemania suele ubicarse en posiciones intermedias. El rezago resulta más visible en la administración electrónica. Los servicios públicos digitales avanzan de forma desigual y con resultados limitados. El país dispone de planes, diagnósticos y objetivos, pero la ejecución enfrenta obstáculos persistentes.
Frank Reinartz, director de la empresa Digital Agency, con sede en Düsseldorf, resume el problema de forma directa: Alemania no carece de estrategia, sino de capacidad de implementación. En su ciudad, de unos 650.000 habitantes, solo 120 de los 580 servicios administrativos disponibles pueden realizarse en línea. Eso representa apenas un poco más del 20 %.
Paradójicamente, Düsseldorf figura entre las ciudades mejor posicionadas del país en el Smart City Index elaborado por Bitkom. Berlín, la capital federal, queda muy por detrás y apenas logra ubicarse entre las primeras 40. El contraste expone una brecha profunda entre territorios y niveles de gobierno.
Federalismo, fragmentación y silos digitales

Uno de los factores que explican la lentitud alemana es su estructura política. El país se organiza en 16 estados federados, con amplias competencias administrativas. Esa autonomía deriva, en la práctica, en soluciones locales desconectadas entre sí. Cada municipio desarrolla plataformas, sistemas y procesos propios.
A esta dinámica se suma lo que la investigadora Stefanie Köhl, del Instituto SHI de Berlín, define como “inflación institucional”. Durante los últimos 25 años, múltiples organismos impulsaron proyectos digitales sin coordinación efectiva. Todos hacen algo, pero cada uno dentro de su propio silo.
La falta de compatibilidad técnica entre sistemas impide compartir datos y ofrecer servicios integrados. En muchos casos, una persona debe cargar la misma información una y otra vez ante distintas dependencias. El resultado es una digitalización parcial, costosa y frustrante para usuarios y funcionarios.
La iniciativa de Reinartz apunta a revertir ese esquema. Su visión consiste en una plataforma única para residentes, con acceso centralizado a impuestos, educación, permisos y servicios urbanos. Un único inicio de sesión permitiría consultar información personal y realizar gestiones sin intermediarios. La idea no resulta novedosa, pero en Alemania todavía aparece como una meta futura.
Dinamarca y el modelo de ventanilla única
Mientras Alemania discute cómo avanzar, Dinamarca ofrece un ejemplo concreto de ejecución sostenida. Desde hace años, el país nórdico opera Borger.dk, un portal estatal que funciona como ventanilla única para la ciudadanía. Allí se concentran más de 2.000 servicios públicos, desde impuestos hasta salud y seguridad social.
Jakob Frier, representante de Digital Hub Denmark, explica que casi toda la relación entre ciudadanos y Estado se canaliza por vía digital. El pilar del sistema es una identificación electrónica obligatoria, conocida como eID. El 97 % de la población adulta cuenta con ese identificador digital, y más del 80 % lo utiliza de forma semanal.
La base técnica del modelo danés es un número único de identificación personal, el Registro Central de Personas, vigente desde 1968. Ese identificador se utiliza en todos los sistemas públicos, lo que facilita el intercambio de datos entre organismos. Así se construyen servicios integrados y se reducen duplicaciones.
Adam Lebech, subdirector de la Agencia Danesa para el Gobierno Digital, señala que la clave reside en la confianza. El Estado gestiona información centralizada y la población acepta ese esquema.
En Alemania, ese punto representa un límite sensible. La experiencia histórica del nazismo y del régimen comunista en la antigua Alemania Oriental dejó una huella profunda. El uso estatal de datos personales para el control social alimenta un escepticismo persistente frente a cualquier centralización. La protección de la privacidad ocupa un lugar central en el debate público.



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