La industria cervecera alemana sufrió un duro golpe simbólico cuando Schneider Weisse acordó hacerse cargo de la cervecería de la abadía de Weltenburg, cuya producción se remonta al año 1050 y es considerada la cervecera abacial más antigua del mundo.
La operación, que se hará efectiva en enero de 2027, incluye también la absorción de la marca Bischofshof, fundada en Ratisbona a mediados del siglo XVII. Aunque las empresas no revelaron el monto de la transacción, la venta trasciende el ámbito comercial para reflejar los profundos cambios culturales y económicos que atraviesa Alemania, cuna del Oktoberfest y de una tradición cervecera milenaria.

Till Hedrich, director general de Bischofshof y Weltenburger, reconoció sin rodeos la gravedad de la situación. “La realidad es que, por nuestra cuenta y a pesar de todos nuestros esfuerzos y las medidas adoptadas en los últimos meses, ya no resultaba viable a nivel económico seguir operando las marcas”, admitió. El directivo añadió que “la evolución del mercado nos ha marcado demasiado”, dejando en claro que la decisión responde a la “continua debilidad” del mercado cervecero germano.
Una solución bávara para evitar el cierre
Hedrich defendió que el acuerdo con Schneider Weisse, firma con sede en Kelheim, Baviera, representa la mejor alternativa para la secular bodega monástica. “La inminente amenaza de un cierre total o desmantelamiento por parte de un inversor sin conexión con la región ni con su historia puede evitarse con la ‘solución bávara’ que se está implementando con Schneider Weisse”, argumentó.
Georg Schneider, director general de Schneider Weisse, celebró la operación destacando su valor histórico. “Nuestro objetivo es crear una cartera de marcas tradicionales. Combinamos nuestra tradición cervecera de más de 150 años con los casi 380 de historia de la marca Bischofshof y la tradición cervecera de la fábrica de cerveza monástica más antigua del mundo, que se remonta al 1050”, afirmó. Para Schneider, esto crea “una gama de cervezas impregnada de historia y tradición, una oferta única de un único proveedor a nivel mundial”.

La firma adquirente continuará operando la cervecería de la abadía de Weltenburg y asumirá la parte logística de Bischofshof, que incluye 21 empleados. Parte del negocio situado en Ratisbona cerrará a finales de este año, y a medio plazo la producción de las diferentes marcas se concentrará en la sede de Schneider Weisse en Kelheim y en la propia abadía de Weltenburg.
Una drástica caída en el consumo alemán
Los números explican el contexto que forzó la venta. Según el programa BR24, en los últimos diez años la industria cervecera alemana perdió casi 14 millones de hectolitros, equivalente al 14% de sus ventas. El consumo per cápita en el país experimentó un desplome sostenido: si a comienzos de los años 80 rondaba los 145,9 litros de cerveza por persona, actualmente está por debajo de 90 litros.
La crisis se aprecia incluso en el emblemático Oktoberfest. El periodista berlinés Nicholas Potter señaló en The Guardian hace dos años un dato revelador: “En 2019, 6,3 millones de visitantes bebieron 7,3 millones de litros. El año 2024 la asistencia fue de unas 7,2 millones de personas, cifra récord, pero consumieron tan solo 6,5 millones de litros”. Más gente bebiendo menos cerveza resume la transformación cultural en curso.
Como telón de fondo aparecen el aumento de la producción de cerveza sin alcohol y la pérdida de interés de los integrantes de la generación Z por bebidas alcohólicas como la cerveza o el vino. Los jóvenes alemanes simplemente están abandonando el consumo tradicional que caracterizó a sus padres y abuelos.

Las exportaciones tampoco salvan al sector
La cadena Deutsche Welle aportó en abril otra pincelada preocupante para la industria. No solo cayó el consumo de cerveza germana en el propio país, sino que las ventas al extranjero tampoco evolucionaron favorablemente. Según datos de Destatis, en 2024 se exportaron 1.450 millones de litros de cerveza alemana, sensiblemente por debajo de los 1.540 millones de 2014, evidenciando una caída del 6% en una década. La venta de Weltenburg sirve como advertencia: incluso tradiciones centenarias deben adaptarse o enfrentar su desaparición en un mercado que ya no responde a las lógicas del pasado.





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