La relación entre Alemania y Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más frágiles desde el final de la Guerra Fría. Una encuesta nacional dejó en evidencia un quiebre profundo en la percepción pública alemana: la confianza en Washington se derrumbó a niveles nunca registrados. El detonante inmediato fue la intervención militar de Donald Trump en Venezuela y la captura del presidente Nicolás Maduro, una acción que en Berlín generó rechazo, incomodidad diplomática y un debate político de fondo.
Solo una minoría muy reducida de los alemanes evalúa de forma positiva la gestión del presidente Donald Trump. Más grave aún, apenas una fracción considera que Estados Unidos sigue siendo un socio confiable para Alemania. En términos de credibilidad internacional, Washington queda ubicado al nivel de los actores más cuestionados del escenario mundial. Para una sociedad que durante décadas estructuró su política exterior sobre el vínculo transatlántico, el golpe simbólico resulta enorme.
El impacto no se limita a la guerra en Venezuela. La ofensiva militar se suma a una secuencia de gestos y decisiones que refuerzan la idea de un Estados Unidos imprevisible, más concentrado en la lógica del poder que en la construcción de alianzas duraderas. En ese marco, Alemania enfrenta una disyuntiva estratégica que ya no puede postergar.
La ruptura emocional entre Alemania y Washington
La intervención estadounidense en Venezuela marcó un punto de inflexión. En Alemania, una mayoría clara considera que el uso de la fuerza no estuvo justificado. La captura de un jefe de Estado extranjero por parte de tropas norteamericanas reavivó temores históricos sobre el unilateralismo militar y el desprecio por el derecho internacional.
En efecto, y de acuerdo a una encuesta de ARD DeutschlandTrendl, apenas el 12% de los encuestados valora positivamente la gestión del presidente estadounidense y un 15% considera a Estados Unidos como un socio de confianza para Alemania. Solo Rusia obtuvo peores resultados en fiabilidad, con 9%.

El rechazo no es ideológico, es estructural. La sociedad alemana percibe que Estados Unidos actúa sin consultar a sus aliados y sin medir el impacto político en Europa. La confianza, que durante décadas funcionó como cemento de la alianza, muestra ahora fisuras profundas.
El dato más revelador no es solo la mala imagen de Trump. Es la caída de Estados Unidos como actor confiable. Para los alemanes, Washington ya no representa previsibilidad ni seguridad estratégica. Esa pérdida de credibilidad golpea el núcleo de la política exterior alemana construida desde 1949.
El contraste resulta todavía más duro si se considera el peso simbólico de la relación bilateral. Estados Unidos no solo garantizó la defensa de Alemania Occidental durante la Guerra Fría. También impulsó su reconstrucción, su integración al bloque occidental y su desarrollo económico. Que esa relación ahora se vea dominada por la desconfianza refleja un cambio histórico.
Merz, el atlantismo y una realidad que se impone
El momento no podría ser más incómodo para el canciller Friedrich Merz. Su perfil político se forjó en espacios dedicados al vínculo transatlántico. Durante años promovió la cooperación política, económica y cultural con Estados Unidos. Hoy se encuentra al frente de un país donde esa idea pierde respaldo social.
La encuesta que mide la reacción alemana frente a Trump plantea un dilema directo. Una parte relevante de la población prefiere una actitud prudente, basada en no provocar al presidente norteamericano. Argumentan que el contexto es complejo y que una escalada verbal podría empeorar la situación.

Pero la mayoría se inclina por una postura distinta. Los ciudadanos piden que Alemania critique con claridad las acciones de Estados Unidos, aun si eso genera fricciones diplomáticas. Esa demanda refleja un cambio de mentalidad: el respeto automático a Washington dejó de ser un reflejo cultural.
Merz enfrenta así una contradicción política. Su convicción atlantista choca con un electorado que exige autonomía y firmeza. El vínculo con Estados Unidos ya no se percibe como un ancla de estabilidad, sino como una fuente de incertidumbre.
En el plano institucional, el gobierno alemán evita declaraciones explosivas. Prefiere hablar de complejidad jurídica y necesidad de evaluación. Pero en el debate público esa cautela se interpreta como debilidad. La política exterior ya no se mide solo en cancillerías, sino en la opinión social.
Más allá de Venezuela: una acumulación de tensiones
La crisis no nació en Caracas. La operación militar contra Venezuela se suma a una larga lista de episodios que erosionaron la relación. Las amenazas de imponer aranceles a exportaciones europeas, los cuestionamientos al compromiso de Estados Unidos con la OTAN y la obsesión de Trump por negociar desde una lógica transaccional minaron la confianza.

Uno de los golpes más duros llegó cuando el presidente norteamericano sugirió que no estaba claro si la alianza atlántica acudiría en ayuda de Estados Unidos en caso de necesidad. Para Alemania, ese comentario tocó el corazón del sistema de seguridad europeo. La OTAN se basa en la idea de defensa mutua. Si ese principio se pone en duda, toda la arquitectura se vuelve inestable.
También pesa la visión de un Estados Unidos que trata a sus aliados como clientes y no como socios. En Berlín se percibe que las decisiones se toman en función de impulsos presidenciales y no de estrategias compartidas.
En paralelo, la política económica de Washington alimenta la tensión. La amenaza de nuevos aranceles sobre productos europeos golpea sectores industriales alemanes que dependen del comercio exterior. El mensaje es claro: el vínculo comercial ya no es un espacio de cooperación sino de presión.
Todo esto se combina con un clima internacional más áspero. La rivalidad entre Estados Unidos y China, la guerra en Ucrania y la inestabilidad en Medio Oriente obligan a Europa a repensar su lugar en el mundo. Alemania, como mayor economía del continente, no puede seguir apoyándose de forma automática en un aliado que ya no inspira confianza.



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