La novedad cayó en la noche del domingo, en el living del programa “Caren Miosga” de la cadena pública ARD. El canciller alemán Friedrich Merz reconoció ante las cámaras que Estados Unidos ya no estacionará los misiles de crucero Tomahawk en suelo alemán, como había prometido la administración de Joe Biden en la cumbre de la OTAN de 2024. La frase, pronunciada con tono pausado, abrió un debate que esta semana ocupa a la conducción política y militar en Berlín, y que excede largamente al simultáneo retiro anunciado de 5.000 soldados estadounidenses.
Una brecha de 2.000 kilómetros
El problema técnico es preciso y se puede resumir en una resta. Los Tomahawk estadounidenses, fabricados por Raytheon (RTX), tienen un alcance de hasta 2.500 kilómetros, vuelan a velocidad subsónica y a baja altura para evadir radares y son capaces de impactar objetivos en San Petersburgo o incluso Moscú. El sistema más avanzado de la Luftwaffe, el Taurus KEPD-350, llega solo hasta los 500 kilómetros. La diferencia, 2.000 kilómetros, equivale a la distancia que los analistas militares describen como el corazón mismo de la disuasión convencional europea frente a Rusia.

Esa brecha se vuelve aún más sensible si se mira el mapa. Moscú mantiene desplegados desde hace años en su enclave de Kaliningrado los misiles Iskander-M, con un alcance de 500 kilómetros y capacidad de portar ojivas nucleares. Pueden alcanzar objetivos en Polonia, Lituania, partes de Alemania e incluso Berlín. El plan original era que los Tomahawk en suelo alemán funcionaran como contrapeso visible: una señal a Moscú de que cualquier ataque desde Kaliningrado tendría una respuesta equivalente.
Por qué Trump cerró la canilla
Merz explicó la decisión por la situación operativa de Estados Unidos. Según el canciller, Washington consumió alrededor de un cuarto de su stock de Tomahawk en la ofensiva contra Irán. Cifras publicadas por medios estadounidenses afinan ese dato: aproximadamente 850 misiles disparados en cuatro semanas, sobre un total de entre 3.000 y 4.000 unidades almacenadas. La fábrica de RTX produce hoy entre 70 y 90 Tomahawk al año.

La cuenta es elocuente: reponer lo gastado llevará tiempo, y Trump cerró además un acuerdo de venta con monarquías del Golfo que compromete buena parte de esa producción. Una versión publicada por The New York Times, citando funcionarios estadounidenses, sugirió otra explicación: una represalia de Trump por las críticas de Merz a la guerra contra Irán. Berlín no la confirmó.
Boris Pistorius, ministro de Defensa por el SPD, fue más directo en una entrevista en el “heute journal” de la cadena pública ZDF. “Sería muy lamentable y desventajoso para nosotros”, definió, y agregó que la “brecha de capacidades” europea “se prolongaría aún más”. El ministro aclaró que el retiro de los 5.000 soldados estadounidenses, en cambio, no afecta de manera relevante la disuasión: estaba previsto desde 2020, durante el primer mandato de Trump, y se concentra en la Brigada Stryker de Vilseck, en Baviera. “Es la noticia que más me inquieta de todas”, sintetizó respecto de los Tomahawk.
Las alternativas: caras y, sobre todo, lentas
La Bundeswehr trabaja desde 2023 en soluciones de transición y, junto con Francia y el Reino Unido, en el desarrollo de un nuevo sistema de armas de precisión de largo alcance, conocido como ELSA o, en su denominación más amplia, “Deep Precision Strike”. El primer test de tiro estaba previsto para 2028, pero fuentes del propio proyecto admiten ante medios alemanes que la fecha real podría correrse a la década del 30. La otra vía es modernizar y ampliar el stock de Taurus, encargados originalmente en 2005 al precio unitario de aproximadamente un millón de euros. El propio Pistorius reconoció que una autorización para comprar Tomahawk a Estados Unidos está pendiente desde fines de 2024 sin respuesta.

Las reacciones políticas internas reflejan el nerviosismo. El ministro de Exteriores Johann Wadephul (CDU) pidió que Alemania “desarrolle más rápido capacidades propias”. Thomas Erndl, vocero de Defensa de la Unión y diputado de la CSU bávara, exigió mayor velocidad en los proyectos europeos. Franziska Brantner, copresidenta de Los Verdes, reclamó una “unión europea de defensa” con Francia, Polonia y el Reino Unido. En la vereda opuesta, Jan van Aken, copresidente de Die Linke, celebró la decisión de Washington y advirtió contra una “nueva carrera armamentista”.
Una lección para mirar desde el sur
El episodio tiene aristas que invitan a la reflexión desde la Argentina. La discusión alemana muestra hasta qué punto un país altamente industrializado, miembro fundador de la OTAN y con un PBI militar en franco ascenso depende todavía de decisiones que se toman en Washington.

Para una Argentina que en los últimos años retomó el debate sobre su sistema de defensa —con la compra de aviones F-16 daneses y la discusión por la modernización de la flota— la pregunta de fondo es la misma: cuánta autonomía estratégica permite la dependencia tecnológica de un único proveedor y qué capacidades industriales propias se está dispuesto a sostener. La brecha de 2.000 kilómetros entre el Taurus y el Tomahawk no es solo un dato técnico. Es, sobre todo, la medida exacta de lo que un país no puede hacer por sí mismo.




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