El 3 de octubre de 1990 culminó formalmente la reunificación alemana y desapareció la República Democrática Alemana como Estado independiente. Desde entonces, el Día de la Unidad Alemana recuerda el restablecimiento de la unidad estatal del país. Tres décadas y media después, sin embargo, la pregunta dejó de ser solamente histórica: diferencias económicas, comportamientos electorales, memorias familiares y experiencias distintas de la transformación posterior a 1989 siguen alimentando el debate sobre cuánto queda todavía de la antigua frontera entre Este y Oeste.

Con motivo del 36º aniversario, el Argentinisches Tageblatt invitó a dos representantes de fundaciones políticas alemanas a responder una misma pregunta: ¿existe hoy una sola Alemania o, de alguna manera, siguen existiendo dos? La experiencia de Alemania Oriental, su transformación después de 1990 y las diferencias que persisten con el Oeste ocupan un lugar central en ambas respuestas, aunque los autores llegan a diagnósticos muy distintos.

Las respuestas parten de tradiciones políticas diferentes. Michael Brie, filósofo y científico social nacido en Schwerin en 1954, integra actualmente el directorio de la Rosa-Luxemburg-Stiftung. La fundación se define dentro de la tradición del socialismo democrático y mantiene una relación cercana con Die Linke. Brie fue, entre otras funciones, director del Instituto de Análisis Social y presidente de su Consejo Asesor Científico.

Hans-Dieter Holtzmann es director de proyectos de la Friedrich-Naumann-Stiftung für die Freiheit para Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. La fundación se define expresamente como liberal y desarrolla programas de formación política basados en valores como libertad, responsabilidad individual, participación, competencia y economía de mercado.

Los textos que siguen fueron escritos especialmente a partir de la propuesta del Tageblatt. Se reproducen respetando la argumentación y la voz de cada autor. Los subtítulos fueron agregados únicamente por la Redacción para facilitar la lectura.

Alemania: el país unificado y dividido

Por Michael Brie

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Michael Brie, filósofo y científico social e integrante del directorio de la Rosa-Luxemburg-Stiftung, analiza las desigualdades y las promesas que considera incumplidas desde la reunificación.

El 3 de octubre de 1990, frente al Reichstag, se celebró la reunificación de los dos Estados alemanes: la República Federal (RFA) y la República Democrática (RDA). En el centro se encontraban Helmut Kohl y su esposa; a la izquierda, junto a ellos, Hans-Dietrich Genscher, Willy Brandt y Oskar Lafontaine; a la derecha, el presidente federal Richard von Weizsäcker; y, en un extremo, Lothar de Maizière, el último primer ministro de la RDA. Él se había convertido en una figura secundaria y su país parecía ya solo una nota al pie de la historia.

Las promesas de 1990

Más de un tercio de siglo después, el panorama ha cambiado, y esto al menos en tres aspectos. En primer lugar, no queda mucho de la antigua República Federal. 1990 fue su momento de gloria, así como el de sus partidos populares y sus líderes. La promesa con la que se ganaron las elecciones, primero en marzo de 1990 en la RDA y luego, en otoño, en toda Alemania, era que la historia de éxito de Alemania Occidental y Europa Occidental continuaría ahora a mayor escala en toda Alemania y en toda Europa. Se debía mantener el pacto social de la economía social de mercado, y debía perdurar la confianza del pueblo en los gobernantes y en la clase de los dirigentes económicos. Paz en lugar de confrontación entre bloques. Estas expectativas se vieron defraudadas.

Mientras que antes los dos grandes partidos que sostenían el Estado, la Unión Demócrata Cristiana (CDU/CSU) y el Partido Socialdemócrata (SPD), podían sumar juntos casi el 90 por ciento de los votantes, hoy en día solo alcanzan un tercio. Ni siquiera el 20 por ciento de los ciudadanos confía en el canciller Friedrich Merz, y su partido quedó fuera del parlamento estatal de Mecklemburgo-Pomerania Occidental.

Alternativa para Alemania (AfD) está en camino de convertirse en un partido de masas (“Volkspartei”) como nueva derecha radical. En Berlín, el partido de izquierda “Die Linke” se impuso en las elecciones con más del 25 por ciento de los votos. Su propuesta: socializar los grandes consorcios inmobiliarios.

Así, el sistema de partidos se articula en tres polos: un nuevo y fuerte polo de derecha, que se diferencia claramente del conservadurismo liberal de Helmut Kohl y Angela Merkel; un bloque en desintegración de partidos liberales-democráticos, desde la CDU/CSU hasta los Verdes; y tal vez un nuevo polo de izquierda, como el que existe en Francia. Alemania Oriental, el territorio de la antigua RDA, es pionera en una tendencia que abarca toda Alemania.

El trasfondo de esta evolución es que la promesa de ascenso social y seguridad de la economía social de mercado, que representaba la antigua República Federal, ya no es válida. Una política neoliberal, impulsada tanto por el SPD como por la CDU/CSU, ha dejado (en medio de los cambios globales en Europa) un país en el que los trenes son notoriamente impuntuales y se ha acumulado un enorme retraso en las inversiones en infraestructura, educación y salud.

Según el último informe PISA, la evaluación internacional con la que la OCDE mide cada tres años el desempeño de estudiantes de distintos países, un tercio de los jóvenes de quince años no puede comprender textos extensos ni aplicar matemáticas sencillas en la vida cotidiana. Al mismo tiempo, crece el temor, ya que la industria alemana pierde cada mes alrededor de 10 mil empleos formales bien remunerados.

Con China existe un déficit comercial que ha crecido a más de 80 mil millones de euros, con tendencia al alza. Ni el sistema de pensiones ni el de atención a personas mayores son sostenibles. La pobreza en la vejez y la pobreza, sobre todo entre las mujeres solteras con hijos, están muy extendidas. ¿Quién puede seguir confiando en quienes gobiernan en estas condiciones? La búsqueda de alternativas políticas, tanto de derecha como de izquierda, está en pleno auge. Unos invocan la nación; otros pueden señalar, con muchos datos, que se trata de los arriba y los abajo: que la vivienda, al igual que la educación y las pensiones, es una cuestión de clase.

La brecha entre Este y Oeste

Pero también se ha incumplido una segunda promesa: la de lograr condiciones de vida iguales en el este y el oeste. Casi cuatro décadas después de la reunificación de Alemania, los salarios brutos del este siguen siendo cerca de un 20% más bajos que en el oeste. Un hogar típico del este de Alemania cuenta solo con aproximadamente una cuarta parte del patrimonio neto de un hogar del oeste. El diez por ciento más rico en cuanto a patrimonio, y más aún el uno por ciento más rico, vive, como era de esperar, en el oeste. Allí también se encuentran las sedes centrales de la industria alemana. Además, en los puestos de liderazgo de la política, la economía, el derecho y los medios de comunicación predominan personas del oeste. La desventaja se hereda. Así pues, la división entre los de abajo y los de arriba tiene también una dimensión este-oeste. A esto se suma que la disminución de la población afecta sobre todo a Alemania Oriental.

La RDA es recordada (incluso por las nuevas generaciones del este) como un país en el que faltaban los derechos democráticos y la libertad de viajar, pero también donde había seguridad social y cercanía entre las personas. El impacto del desempleo, la devaluación de las trayectorias de vida y la falta de reconocimiento de los logros de toda una vida en Alemania Oriental, que marcó los años posteriores a 1990, sigue resonando hasta el día de hoy. Y si ahora las promesas políticas y sociales parecen incumplidas para toda Alemania, los alemanes del Este ven en ello una repetición de lo que vivieron con la reunificación. La doble decepción se manifestó primero como resignación, pero hoy también como ira.

Paz, seguridad y una nueva división

La tercera promesa incumplida es la de la paz y la superación de la confrontación entre bloques. Alemania se encuentra hoy en un proceso de rearme y preparación para la guerra. Existe la intención de convertir a la República Federal en la mayor potencia militar convencional de la OTAN en Europa. El gasto en armamento y en el ejército casi se cuadruplicará para 2030 en comparación con 2021. Se insta a la población a acumular reservas para una «situación de emergencia». Los ciudadanos están profundamente divididos en cuanto a cómo deben reaccionar ante estos acontecimientos. Por un lado, se culpa principalmente a Rusia y a otros «Estados delincuentes» (tal como lo desean quienes están en el poder), pero cada vez hay más voces en contra. El apoyo militar incondicional a Ucrania, junto con la ausencia de cualquier iniciativa de la Unión Europea (UE) o de Alemania para entablar negociaciones, es rechazado sobre todo en el este de Alemania. La amenaza de reintroducir el servicio militar obligatorio genera un amplio malestar, especialmente entre la generación más joven.

Una unidad todavía inconclusa

Si hoy se conmemorara de nuevo la reunificación de Alemania, las fotos se verían diferentes. Ya nadie posa junto a nadie. El país está polarizado como nunca antes, tanto política como socialmente. El carácter de clase vuelve a ser más evidente. Las amenazas han aumentado drásticamente en comparación con 1990: en materia de seguridad, ecología y economía. La incertidumbre y el miedo están generalizados. Por un lado, la República Federal necesita una renovación fundamental; por otro, hasta ahora no se vislumbra quién pueda hacer frente a esta tarea ni cómo.

En el himno nacional de la RDA se invocaba a la «Alemania unida, patria». Esta visión no se ha hecho realidad, incluso 36 años después de la unificación de los dos Estados alemanes. Los ciudadanos están profundamente divididos entre sí. Viven el presente como un período de transición y buscan una nueva esperanza en fuerzas políticas que son más opuestas que nunca desde 1990.

¿Hay una sola Alemania o siguen existiendo dos?

Por Hans-Dieter Holtzmann

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Hans-Dieter Holtzmann, director de proyectos de la Friedrich-Naumann-Stiftung für die Freiheit en América del Sur, plantea que las diferencias actuales de Alemania ya no pueden explicarse sólo mediante la antigua frontera entre Este y Oeste.

El 3 de octubre se cumple el 36º aniversario del Día de la Reunificación Alemana. Un año antes, con la caída del Muro de Berlín, se había determinado el fin de la división alemana. La población del este del país había recuperado pacíficamente su libertad. La división de Alemania siempre fue arbitraria y el régimen socialista de la “República Democrática Alemana” (RDA) sólo pudo mantenerla durante 28 años mediante la violencia y a través del muro, el alambre de púas y la orden de disparar.

El canciller federal Helmut Kohl y el ministro de Relaciones Exteriores liberal Hans-Dietrich Genscher, originario de Halle, en Alemania Oriental, aprovecharon en 1989/1990 la oportunidad histórica que les brindó la política de apertura del entonces secretario general soviético Mijaíl Gorbachov para negociar la unificación política de Alemania entre los dos Estados alemanes y con las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial.

Un viaje detrás del Telón de Acero

Como nativo de Stuttgart y sin familiares en la RDA, mis viajes al extranjero en mi juventud —al igual que para la mayoría de mi generación que creció en el Oeste en los años 80— fueron a Italia, Francia, España o Estados Unidos. Mi horizonte de experiencias personales, más allá de lo aprendido en las clases de historia y política en la escuela, terminaba en el Telón de Acero que dividía a Europa. Esto cambió en 1988 con un viaje de estudios de la Fundación Friedrich Naumann a la RDA.

En Leipzig, Gera y Erfurt me di cuenta de que somos un mismo pueblo, que hablamos el mismo idioma y compartimos una historia común. Nunca olvidaré cuando ciudadanos desesperados de la RDA nos entregaron en secreto cartas en las que pedían el apoyo del Gobierno de la República Federal de Alemania para intentar negociar con el gobierno de la RDA la salida del país y la reunificación familiar. El anhelo de libertad y cambio se sentía claramente.

Me parece importante recordar una y otra vez la situación inicial de aquel entonces, ante el hecho de que hoy en día vuelven a ser cada vez más frecuentes los intentos de relativizar los crímenes del régimen de la RDA —desde las restricciones a la libertad, los juicios políticos y la vigilancia constante. A esto se sumaba la desoladora situación económica, con escasez crónica incluso en aspectos básicos de la vida como alimentos, autos y viviendas.

Tras la reunificación la transformación económica en Alemania Oriental resultó traumática para muchos. Gran parte de las empresas no pudo sobrevivir, en gran medida debido a la introducción del marco alemán a un tipo de cambio que agravó aún más su ya de por sí escasa competitividad. Además, la salida masiva de muchos jóvenes hacia el oeste supuso una carga duradera para el este.

¿Un muro en la cabeza?

Hoy, 36 años después de la reunificación alemana, a algunos —tanto en el oeste como en el este— Alemania les vuelve a parecer un país dividido. La división física que representaba el Muro parece haber sido sustituida por una división mental en la mente de las personas. Por un lado, la sensación de ser tratados con condescendencia por el oeste y una creciente «nostalgia del este» se contrapone a la falta de conocimiento e interés por los compatriotas del este, así como a un sentimiento de ingratitud por décadas de pagos del impuesto de solidaridad, aunque, irónicamente, estos fueron pagados —y en parte aún se pagan— tanto por alemanes del oeste como del este.

Una distinción simplista entre «Oeste» y «Este» se queda muy corta. En Alemania Oriental hay regiones en Sajonia-Anhalt o Brandeburgo que sufren de alto desempleo, desafíos estructurales y tensiones sociales, y hay ciudades como Dresde, Leipzig y Potsdam que se han desarrollado de manera impresionante. En el marco de mi “Gira de Argentina” en septiembre por Alemania tuve la oportunidad de volver a admirar con mis propios ojos en Dresde cómo “la Florencia del Elba” resplandece con su antiguo esplendor histórico —especialmente en comparación con la época de la reunificación de 1989/1990, cuando la contaminación del aire dificultaba la respiración y el centro histórico de la ciudad sufría un deterioro que se había prolongado durante décadas. A menudo me parece que, con el paso del tiempo, no percibimos ni valoramos lo suficiente estos avances, en parte porque a muchos les faltan puntos de comparación directos.

Los problemas que ya no siguen la vieja frontera

Las diferencias no solo se dan en el este, sino también en el oeste. La situación en Múnich o Hamburgo es completamente diferente a la de los focos de crisis estructurales de la cuenca del Ruhr. Lo que une especialmente a Alemania en este momento son nuestros desafíos: un desarrollo económico débil desde hace años, altos costos de energía que afectan el poder adquisitivo, una infraestructura obsoleta, demasiada burocracia y muy poca digitalización, reformas estructurales retrasadas —desde el mercado laboral hasta los impuestos y las pensiones—, problemas crecientes de seguridad, especialmente en las grandes ciudades, y una integración insuficiente de muchos migrantes.

Ante los desafíos a los que se enfrenta toda Alemania, las fuerzas políticas de los extremos de derecha e izquierda ofrecen alternativas supuestamente sencillas a problemas complejos. Esto quedó particularmente claro en las elecciones estatales de principios de septiembre en Sajonia-Anhalt, donde el partido populista de derecha «Alternativa para Alemania» alcanzó más del 40% de los votos y podría asumir responsabilidades de gobierno por primera vez. En Berlín, la capital de la Alemania reunificada, tras las últimas elecciones estatales, «Die Linke» (La Izquierda), el partido sucesor del antiguo «Partido Socialista Unificado» de la RDA, podría asumir por primera vez el cargo de alcalde gobernador.

Las encuestas —para toda Alemania— muestran un alto nivel de insatisfacción con el actual gobierno federal bajo el canciller federal Friedrich Merz. Menos del 20 % está satisfecho con su labor. La mejor estrategia para reducir nuevamente el apoyo a los partidos de protesta de la extrema derecha y la extrema izquierda es una política que se concentre en mejorar las principales preocupaciones de la gente descritas anteriormente, ofrezca soluciones convincentes, y las ponga en práctica rápidamente.

Una respuesta desde el liberalismo

Sobre todo, es necesario revitalizar la economía de Alemania y convertir esto en una prioridad política, en lugar de dispersar el gasto público en un laberinto inmanejable de transferencias sociales y de regulaciones que pretenden solucionar hasta el problema potencial más insignificante, lo cual solo conduce a una mayor deuda pública, aún más burocracia, y expectativas frustradas de los ciudadanos.

Una política liberal que apueste por una prosperidad creciente, la seguridad interna y externa, y la libertad para el desarrollo personal, al tiempo que respeta al prójimo, es la mejor condición para que los alemanes se sientan, también mentalmente, como un solo pueblo, a fin de convivir en libertad y responsabilidad y retomar los momentos de felicidad del 3 de octubre de 1990.

Una pregunta que sobrevivió al Muro

Los dos textos parten del mismo aniversario y reconocen que la unidad estatal de 1990 no eliminó todas las diferencias entre quienes crecieron a uno y otro lado de la antigua frontera. A partir de ahí, sus explicaciones divergen. Brie pone el acento en las desigualdades económicas y patrimoniales, la pérdida de confianza en las instituciones y lo que considera promesas incumplidas de la reunificación. Holtzmann subraya la memoria de la dictadura de la RDA, las transformaciones logradas desde 1990 y la necesidad de no reducir los problemas actuales de Alemania a una división entre Este y Oeste.

Treinta y seis años después, probablemente ése sea uno de los rasgos más persistentes del debate sobre la unidad alemana: la frontera desapareció de los mapas, pero sigue ofreciendo un punto de referencia para interpretar el presente. La pregunta de si existen una o dos Alemanias admite respuestas distintas. Las dos contribuciones muestran, al menos, que la discusión sobre qué significa estar verdaderamente unidos continúa abierta.

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