En la Alemania de los grandes debates sobre democracia, participación ciudadana y crisis de representación, un pequeño pueblo de Baviera ofreció una respuesta tan simple como inesperada: cuando nadie quiso asumir el cargo de intendente, los vecinos tomaron las boletas en blanco y escribieron ellos mismos el nombre de quien querían que los gobernara.
El resultado deparó una historia que recorrió los medios alemanes y que dice tanto sobre el funcionamiento de la democracia local como sobre el peso del compromiso cívico en las comunidades pequeñas.

Seis años de trabajo voluntario y una decisión difícil
Margarita Kerschbaum, de 46 años y militante de la CSU, ejerció durante seis años como primera intendente de Steinsfeld, un municipio de 1.200 habitantes en el distrito de Ansbach, en Baviera. El cargo es honorario y se ejerce en paralelo a la actividad profesional principal. En su caso, la dirección ejecutiva de una firma de ingeniería en Bad Windsheim.
La combinación resultó agotadora. “Lo hice con mucho gusto, de verdad, durante seis años”, reconoció Kerschbaum. Pero el cargo le demandaba unas 40 horas semanales adicionales, y tanto su familia como su trabajo principal empezaron a resentirse. Poco antes de las elecciones comunales, decidió no presentarse para un segundo mandato.
Dos listas, ningún candidato
Steinsfeld cuenta con dos listas electorales para el concejo municipal, pero ninguno de sus integrantes se mostró dispuesto a asumir la intendencia. El plazo para presentar candidaturas venció sin que nadie se anotara. Ante esa situación, la legislación electoral bávara prevé un mecanismo de excepción: las boletas se distribuyen en blanco y los votantes pueden escribir de su puño y letra el nombre de cualquier vecino del municipio.

Las reglas del sistema establecen que los dos candidatos más votados pasan a un ballotage, salvo que alguno supere el 50% en primera vuelta. Pero hay una condición indispensable: el elegido debe aceptar el cargo. De lo contrario, el Landratsamt —la autoridad de distrito— convoca a nuevas elecciones, con todo lo que eso implica en tiempo y recursos.
El nombre que circuló de boca en boca
Dos semanas antes de la elección, un nombre empezó a repetirse en Steinsfeld: Heinz Dürr. El hombre tenía 64 años, acababa de jubilarse y jamás había integrado una lista electoral ni ocupado un cargo en el concejo. Pero contaba con algo que pocos podían igualar: 45 años de experiencia en la administración municipal.

Antes de que el rumor se transformara en voto, Dürr tuvo que tomar una decisión. La consultó largamente con su esposa. Su respuesta, tan escueta como reveladora: “Como venga, lo aceptamos.” Con esa frase, la candidatura extraoficial quedó habilitada.
El recuento más laborioso de la historia del pueblo
El día del escrutinio fue, según la propia Kerschbaum, el más trabajoso que recuerde la comunidad. Sobre unas 700 boletas en blanco aparecieron decenas de nombres distintos —solo en el cuarto de votación por correo se contabilizaron más de 35 nombres diferentes—. Pero la mayoría apuntó al mismo nombre. “Por suerte, la mayoría votó por Heinz”, comentó la saliente intendente con una sonrisa.

Heinz Dürr obtuvo casi el 71% de los sufragios, una mayoría que lo eximió del ballotage y lo consagró intendente de Steinsfeld en primera vuelta. Ante el resultado, el flamante jefe comunal se mostró a la vez sorprendido y comprometido: “Sí, ya que el pueblo me lo pidió […] vamos a ver cómo hacemos para que todo encaje.”
Un intendente sin lista, con 45 años de experiencia
A partir de mayo, Dürr asumirá la conducción del municipio en una situación sin antecedentes: llega al cargo sin haber figurado jamás en una boleta oficial. Su único aval es la confianza de sus vecinos y cuatro décadas y media de trabajo en la administración pública local. La jubilación, paradójicamente, le da ahora la disponibilidad que el cargo requiere. El caso de Steinsfeld no es una rareza pintoresca: refleja una tensión real que atraviesa a cientos de municipios pequeños en Alemania y en toda Europa.

El vaciamiento de los cargos electivos locales, la dificultad para reclutar candidatos dispuestos a asumir responsabilidades exigentes sin remuneración y la creciente distancia entre la política institucional y la vida cotidiana de las comunidades son problemas que las grandes democracias liberales todavía no resolvieron. En ese contexto, la historia de Heinz Dürr tiene algo de fábula: un hombre que no buscó el poder, pero al que el poder —en su forma más directa y democrática— fue a buscarlo a él.




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