En enero, miles de personas en Europa deciden reducir o abandonar por completo el consumo de alcohol como parte de una búsqueda de bienestar físico. Esa tendencia, que se repite todos los años, se apoya en un consenso cada vez más amplio dentro de la medicina: no existe una dosis de alcohol que resulte segura para la salud. Cada trago, por mínimo que sea, introduce una sustancia tóxica en el organismo. A pesar de ese escenario, Alemania mantiene una de las ofertas de alcohol más baratas del continente, un contraste que abre un debate sanitario, económico y cultural.
Los datos oficiales muestran que el vino, la cerveza y los licores en Alemania cuestan en promedio un 14% menos que en el resto de la Unión Europea. Esa diferencia no responde a una producción más eficiente ni a una menor carga impositiva aislada, sino a una estructura histórica de precios bajos que se mantiene en el tiempo. Mientras el alcohol resulta barato, las bebidas sin alcohol presentan un costo mayor al promedio europeo, una paradoja que también influye en las decisiones de consumo.
Precios bajos y un mapa europeo desigual
La Oficina Federal de Estadística alemana ubica al país entre los mercados más accesibles para comprar bebidas alcohólicas dentro de la Unión Europea. Solo Italia presenta valores más bajos, con precios que se sitúan un 19% por debajo de la media del bloque. En el extremo opuesto, Finlandia aparece como el territorio más caro, con costos que duplican el promedio europeo y alcanzan el 210%. Dinamarca y Bélgica siguen esa línea con valores del 123% y el 113% de la media, respectivamente.

Ese mapa de precios no resulta casual. En los países nórdicos, el alcohol se grava con impuestos elevados y se vende bajo controles estrictos. La política pública apunta a desincentivar el consumo mediante el precio. Alemania, en cambio, sostiene una estructura impositiva más laxa para el sector, lo que mantiene el valor final bajo y favorece el acceso.
En paralelo, las bebidas sin alcohol presentan una situación inversa. En Alemania, refrescos, jugos y otras opciones sin alcohol cuestan un 2% más que la media de la Unión Europea. Letonia figura como el país más caro en ese rubro, con un sobreprecio del 46%, influido por un impuesto específico al azúcar. Italia, por su parte, registra precios más bajos para ese tipo de productos.
La diferencia de precios entre alcohol y bebidas sin alcohol genera un incentivo económico que no acompaña las recomendaciones sanitarias. En un contexto donde médicos y organismos internacionales piden reducir el consumo de alcohol, el mercado alemán ofrece una señal opuesta.
Un consumo elevado que empieza a cambiar
Las cifras de la Organización Mundial de la Salud permiten dimensionar el impacto de esta realidad. En 2022, cada persona mayor de 15 años en Alemania consumía en promedio 11,2 litros de alcohol puro por año. Ese volumen equivale a unos 448 vasos de cerveza de medio litro, más de uno por día. Diez años antes, la cifra era un litro mayor, lo que indica una baja lenta pero sostenida.

Dentro de Europa, Alemania ocupa el noveno puesto, empatada con Francia y Portugal. Rumania lidera el ranking con 17,1 litros per cápita, seguida por Letonia con 14,7 y la República Checa con 13,7. En el otro extremo aparecen países mediterráneos como Grecia, Malta y Chipre, donde el consumo oscila entre 5,2 y 7,0 litros por persona.
Finlandia y Dinamarca, que aplican precios elevados, registran niveles más bajos que Alemania, con 9,5 y 10,0 litros de alcohol puro per cápita. Esa correlación entre precio y consumo refuerza la idea de que los impuestos y los valores de venta influyen en los hábitos sociales.
Los investigadores en adicciones detectan una reducción gradual del consumo en Alemania, aunque el punto de partida sigue siendo alto. Carolin Kilian, especialista del Centro de Investigación Interdisciplinaria sobre Adicciones de Hamburgo, sostiene que los hombres muestran una caída más marcada que en décadas anteriores, mientras las mujeres no reflejan el mismo cambio. La transformación de los roles de género también impacta en los patrones de bebida.
Entre los jóvenes de 12 a 25 años, el consumo también retrocede. Las nuevas generaciones se muestran más conscientes de los riesgos y adoptan estilos de vida donde el alcohol pierde centralidad. Ese cambio cultural convive con un mercado que todavía ofrece alcohol a precios bajos y de fácil acceso.
Salud, azúcar y un debate fiscal abierto
Desde la perspectiva médica, el mensaje resulta directo. El alcohol actúa como una toxina celular. Incluso en dosis pequeñas, daña tejidos y aumenta el riesgo de enfermedades. La Sociedad Alemana de Nutrición advierte que solo la abstinencia total elimina ese peligro. No existe un consumo “moderado” que quede libre de efectos nocivos.

El debate se amplía cuando se analizan las bebidas azucaradas. La Organización Mundial de la Salud recomienda que una persona con peso saludable no ingiera más de 50 gramos de azúcares libres por día, con un ideal de 25 gramos. Esos azúcares aparecen en numerosos productos, en especial en refrescos y bebidas endulzadas.
Las bebidas azucaradas figuran entre los principales factores asociados a la obesidad y, más tarde, a la diabetes en niños y adolescentes. En Alemania, ese problema empuja a sectores de la comunidad médica a pedir impuestos específicos al azúcar. Klaus Reinhardt, presidente de la Asociación Médica Alemana, plantea la necesidad de una tasa nacional que encarezca estos productos y reduzca su consumo.
En ese marco, también surge la idea de revisar los impuestos al tabaco y al alcohol. Un aumento de la carga fiscal sobre estas sustancias podría funcionar como herramienta sanitaria, no solo como fuente de recaudación. Países como Finlandia y Dinamarca ya muestran que los precios altos se vinculan con un consumo menor.



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