jueves, 15 de enero de 2026

Alemania vuelve a mirar con inquietud hacia el interior de sus Fuerzas Armadas. Una investigación de gran escala sobre uno de los regimientos más selectos del país, el 27.º Regimiento de Paracaidistas de la Bundeswehr, puso en evidencia una serie de denuncias que sacuden los pilares democráticos del Ejército alemán. Las acusaciones incluyen conductas extremistas, simbología nazi, abusos sexuales, violencia y amenazas durante entrenamientos, un cuadro que reabre viejas heridas históricas y genera preocupación política y social.

El caso se desarrolla en la base de Zweibrücken, en el estado de Renania-Palatinado. Allí, fiscales civiles analizan más de una docena de causas penales, mientras que la propia Bundeswehr investiga a 55 integrantes del regimiento por distintos tipos de faltas graves. Para un país que construyó su identidad institucional moderna sobre el rechazo al nazismo, el impacto simbólico resulta enorme. No se trata solo de delitos individuales, sino de la sospecha de una cultura interna incompatible con una fuerza armada democrática.

La polémica llega además en un momento delicado. El gobierno alemán impulsa un proceso de modernización y expansión de sus fuerzas, con un nuevo servicio militar voluntario para jóvenes de 18 años y una meta política clara: convertir a la Bundeswehr en la fuerza convencional más poderosa de Europa.

Un regimiento de élite bajo la lupa

El 27.º Regimiento de Paracaidistas forma parte del núcleo duro de las fuerzas de intervención rápida de Alemania. Con alrededor de 1.700 soldados, participa en misiones de evacuación, despliegues de combate y operaciones de alta complejidad en el exterior. Entre sus antecedentes figuran intervenciones en Afganistán, Mali y Sudán.

Ese estatus de élite vuelve más grave cada denuncia. La disciplina, el liderazgo y la confiabilidad de una unidad de ese nivel no solo afectan a sus miembros, sino también a la imagen completa de la Bundeswehr. Por eso, cuando surgieron los primeros indicios de comportamientos extremos, la reacción institucional fue inmediata.

Ejército, Alemania, Paracaidistas
La investigación se concentra en las actuaciones de 55 paracaidistas.

Según datos aportados por voceros militares, tres soldados ya perdieron su puesto, mientras que otros 19 enfrentan procesos de expulsión. Además, 16 casos pasaron a manos de la Justicia civil, con cargos que incluyen consumo de drogas, delitos de odio y uso de símbolos prohibidos vinculados al nazismo.

En paralelo, el Ejército lanzó un llamado “plan de acción de las fuerzas aerotransportadas”, con el objetivo de reforzar el liderazgo y la formación en valores democráticos. La iniciativa apunta a evitar que se repitan dinámicas de impunidad dentro de unidades cerradas y altamente jerarquizadas.

El comandante del regimiento, Oliver Henkel, fue removido de su cargo. Él sostiene que su salida no guarda relación con las acusaciones y afirma tener la conciencia tranquila. Sin embargo, su desplazamiento refuerza la percepción de que el problema alcanza niveles de conducción.

Cómo salieron a la luz las denuncias

El escándalo comenzó a tomar forma pública en octubre del año pasado, cuando medios locales recibieron un mensaje anónimo. La denuncia describía una serie de comportamientos alarmantes: saludos hitlerianos, uso de uniformes de estilo nazi, consumo de drogas y grabaciones secretas de soldados, hombres y mujeres, dentro de las duchas.

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Paracaidistas alemanes en una instalación del Ejército, en medio de la investigación por conductas extremistas.

Ese aviso no surgió de la nada. Meses antes, en junio, reclamos formales de mujeres paracaidistas ya habían activado investigaciones internas. En el regimiento, las mujeres representan alrededor del cinco por ciento del personal, una minoría que, según las denuncias, sufrió acoso y situaciones humillantes.

A partir de ese primer paso, la prensa nacional amplió el alcance del caso. El diario Frankfurter Allgemeine Zeitung citó fuentes militares que hablaban de un grupo abiertamente antisemita y de extrema derecha dentro de la unidad. Luego, la revista Der Spiegel sumó relatos sobre novatadas violentas y manejo irresponsable de armas de fuego, prácticas que ponen en riesgo directo la vida de los propios soldados.

La combinación de extremismo ideológico, violencia física y abuso sexual conformó un cuadro explosivo. Para una fuerza que se define como garante de la Constitución, la aparición de símbolos y conductas vinculadas al nazismo resulta especialmente grave.

El trasfondo político y el desafío institucional

El momento elegido por la crisis agrava su impacto. Alemania destina miles de millones de euros a renovar su aparato militar. La modernización incluye nuevos sistemas de armas, tecnología de defensa y una campaña para atraer jóvenes al servicio voluntario. En ese contexto, la idea de un regimiento de élite con focos de radicalización representa un riesgo político.

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Vista de una base de la Bundeswehr en Renania-Palatinado, donde opera el regimiento investigado.

El canciller Friedrich Merz prometió convertir a la Bundeswehr en la fuerza convencional más fuerte de Europa. Esa ambición exige no solo equipamiento moderno, sino también cohesión interna, valores democráticos firmes y confianza social.

Legisladores de distintos partidos remarcan que las acusaciones no describen al conjunto de los 180.000 soldados que integran las Fuerzas Armadas. Un estudio respaldado por el propio Ejército indicó que solo el 0,4 por ciento del personal mantiene ideas de extrema derecha, una proporción menor que la registrada en la población general. Aun así, la existencia de pequeños grupos radicalizados dentro de unidades armadas despierta una alarma mayor que en otros ámbitos.

El desafío para la Bundeswehr consiste en evitar que la lógica de grupo, típica de fuerzas especiales, derive en estructuras cerradas que naturalicen la violencia y el extremismo. La historia alemana convierte ese riesgo en una cuestión de Estado.

Mientras fiscales y auditores militares avanzan con las investigaciones, el caso del 27.º Regimiento de Paracaidistas se transformó en un símbolo incómodo. No solo expone delitos individuales, sino una pregunta más profunda sobre el control civil y la cultura interna de las Fuerzas Armadas.

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