Pocas semanas separan dos frases de Friedrich Merz que parecen pertenecer a políticos distintos. Cuando Israel y Estados Unidos iniciaron los ataques contra Irán, el canciller alemán dijo que no era “el momento de dar lecciones a nuestros socios y aliados”. El lunes pasado, con expresión seria desde la Cancillería de Berlín, disparó en otra dirección: “Esta guerra no es asunto de la OTAN” y “muy probablemente no tendrá éxito” bombardear Irán hasta provocar un cambio de régimen. ¿Qué ocurrió en el medio?
El tono de Donald Trump y el límite del respeto
El primer detonante del giro fue el tono de Donald Trump hacia la OTAN. El presidente estadounidense amenazó públicamente a la alianza —en declaraciones al Financial Times— con un futuro “muy sombrío” si sus miembros no colaboraban en la protección del transporte de petróleo en el estrecho de Ormuz, la vía marítima de apenas 55 kilómetros de ancho entre Irán y Omán por la que transita una porción crítica de las exportaciones petroleras mundiales y que hoy permanece prácticamente bloqueada por el riesgo de ataques iraníes.

Merz replicó que la OTAN es una alianza de defensa, no de intervención, y recordó que él mismo trabajó para atender las preocupaciones de Trump sobre el financiamiento de la alianza. “Por eso deseo que también nos tratemos con el respeto necesario dentro de la alianza”, afirmó. Quienes conocen al canciller saben que la palabra “respeto” no es retórica vacía en su boca.
Sin consulta previa y sin plan
El segundo y tercer motivo se superponen: la acción unilateral de Washington y la ausencia de una estrategia clara. “Ni Estados Unidos ni Israel nos consultaron antes de esta guerra. Nunca ha habido una decisión conjunta sobre si intervenir o no en Irán”, señaló Merz con una franqueza poco habitual en el lenguaje diplomático europeo. Y fue más lejos: “Hasta la fecha tampoco conocemos ningún plan sobre cómo podría tener éxito una operación de este tipo.”

A eso sumó un argumento constitucional: para que Alemania participara militarmente haría falta un mandato de la ONU, la UE o la OTAN. “Ni siquiera se plantea la cuestión de cómo participará Alemania militarmente en este asunto. No lo haremos”, cerró el canciller, descartando de plano cualquier involucramiento directo.
El reparto de cargas y Ucrania en el trasfondo
Merz también salió al cruce de una acusación implícita: que Alemania se queda de brazos cruzados mientras otros actúan. Su respuesta fue señalar la presencia de 1.600 soldados de la Bundeswehr en el ejercicio de la OTAN “Cold Response” en Noruega como prueba de que Berlín contribuye activamente a la seguridad colectiva en los flancos este y norte de la alianza. “Lo hacemos con plena convicción, y además estamos aumentando nuestra participación”, afirmó.

El quinto factor es Ucrania. Trump anunció que suspenderá sanciones vinculadas al petróleo ruso para compensar el bloqueo del estrecho de Ormuz, una decisión que Merz rechazó sin ambigüedades: “En nuestra opinión, fue un error que Washington suavizara las medidas restrictivas contra la venta de petróleo ruso. No seguiremos ese camino.” Detrás de esa posición hay un temor concreto: que la guerra contra Irán desplace la atención de Trump y debilite el frente de apoyo a Ucrania.
Una tensión que no tiene fácil resolución
La jefa de la diplomacia de la Unión Europea, Kaja Kallas, resumió el estado de ánimo del bloque tras las consultas de cancilleres del lunes: “Nadie quiere verse arrastrado activamente a esta guerra.” El tema dominará la cumbre de la UE prevista para este jueves y viernes.

El propio Merz es consciente de la paradoja en la que se mueve: puede distanciarse de Trump en Oriente Próximo, pero en materia de defensa frente a Rusia, Alemania y Europa siguen dependiendo del respaldo estadounidense. Esa dependencia estructura los límites reales de cualquier crítica europea a Washington, por más contundente que suene desde la Cancillería de Berlín.




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