En el corazón del Tirol austriaco, a pocos kilómetros de la frontera con Alemania, existe un puente que pone a prueba los nervios de cualquiera. El Highline 179 se inauguró en 2014 como el puente colgante peatonal más largo del mundo: 406 metros de extensión, 1,20 metros de ancho y 114 metros sobre el suelo del valle.
Está construido en estilo tibetano, se balancea con el viento y conecta dos laderas de la montaña. Del otro lado esperan las ruinas del castillo de Ehrenberg, una fortaleza del siglo XV que domina el paisaje desde las alturas. La combinación de adrenalina moderna e historia medieval lo convirtió en uno de los destinos más singulares de los Alpes austriacos.

Un puente con historia propia
La construcción del Highline 179 tuvo un comienzo tan inusual como el puente mismo. Para tender el primer hilo entre las dos laderas, se utilizó un dron que voló un hilo de seda de un lado al otro de la montaña, sentando la base de toda la estructura. El nombre del puente no es caprichoso: refiere a la Ruta Estatal 179 que corre exactamente debajo de él, y que los visitantes pueden ver desde arriba durante el cruce.
Con 70 toneladas de cables de acero y una capacidad para hasta 500 personas simultáneas, el puente fue diseñado para el turismo de escala, aunque la sensación de cruzarlo no tiene nada de masivo ni de seguro. Al inaugurarse, entró directamente en el Libro Guinness de los Récords como el puente peatonal colgante más largo del planeta. Ese título lo sostuvo hasta 2017, cuando fue superado por el Puente de Europa en Zermatt, Suiza, de 494 metros. En 2022, el Sky Bridge 721 en la República Checa —con sus 721 metros— se convirtió en el nuevo líder mundial. El Highline 179 ocupa hoy el tercer lugar en el ranking global de puentes peatonales colgantes.

El cruce: balanceo, viento y vértigo garantizado
Llegar al puente tiene su propia logística. Los visitantes pueden estacionar cerca del acceso —el estacionamiento cuesta alrededor de 5 euros— y desde allí tienen dos opciones: subir a pie por un sendero forestal de unos 20 minutos, o tomar el Ehrenberg Liner, un ascensor inclinado de acceso sin barreras que acorta el trayecto. Una vez arriba, comienza el verdadero desafío.
El cruce del Highline 179 no es para quienes tengan miedo a las alturas. El puente se balancea de manera constante, especialmente con viento, y hay días en que las condiciones climáticas directamente impiden el acceso. Caminar sus 406 metros lleva más tiempo del esperado: la mayoría de los visitantes avanza despacio, agarrándose de los laterales, conscientes del vacío de más de 100 metros que se abre bajo sus pies.

Cuando nieva —algo habitual en el Tirol— el paisaje se transforma y el cruce adquiere una dimensión casi irreal: el puente aparece como una línea suspendida en el blanco, con el perfil del castillo recortándose en el horizonte.
Del otro lado: las ruinas del castillo de Ehrenberg
El puente no es el destino final, sino el portal hacia él. Una vez completado el cruce, el recorrido continúa hasta las ruinas del castillo de Ehrenberg, una fortaleza que data de 1480 y que forma parte de un conjunto histórico conocido como el Ensemble Ehrenberg, integrado por cuatro fortificaciones y un museo.
El castillo conserva salas, pasillos, una torre de vigilancia y exhibe piezas históricas como cañones y balas de cañón. Desde la torre, la vista panorámica sobre el valle del Tirol y las montañas circundantes es el remate perfecto de una experiencia que combina, de manera poco frecuente, adrenalina contemporánea y patrimonio medieval.

Para una familia, el costo total de la experiencia —incluyendo el estacionamiento y el acceso en teleférico o ascensor— ronda los 50 euros. Una inversión razonable para una jornada que difícilmente se repita igual. El Highline 179 forma parte del complejo turístico de Reutte, en el Tirol, y es accesible durante buena parte del año, aunque las condiciones de viento e invierno pueden limitar el cruce en algunas fechas. Para quienes recorren la región tirolesa, es una parada que vale la pena no saltear.




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