Una imagen que habla por sí sola: Bruno Perroud, viticultor aficionado en Savièse, en el cantón del Valais, arrancó a fines de febrero algunos de sus viñedos junto a su familia. Las plantas tenían más de 50 años. Las había plantado con su abuelo. “Es duro”, dijo al canal público suizo RTS. “Les pido perdón.” Lo que para Perroud fue un momento cargado de emoción es, en realidad, el síntoma más visible de una crisis que sacude a toda la industria vitivinícola suiza.
Un sector en caída libre
Los números son contundentes. Según el Informe Agrícola 2025 de la Oficina Federal de Agricultura de Suiza, el consumo de vino en el país cayó casi un 8% en 2024 respecto al año anterior. Pero el vino local sufrió mucho más que el importado: su consumo se desplomó un 16%, y su participación en el mercado interno descendió a apenas el 35,5%, un dato que encendió las alarmas en todo el sector.

La crisis no llegó de golpe. “Empezó hace tres años”, explicó Perroud. “Las bodegas ya no pueden comprar las uvas. El precio de la uva no cubre los costos laborales. Entonces la gente abandona.” La queja de Perroud coincide con lo que viene ocurriendo en las grandes empresas del rubro.
A fines de enero, la Schenk, una de las mayores bodegas del país con sede en Rolle, en el cantón de Vaud, comunicó por carta a 250 viticultores que no les compraría la cosecha de 2025, total o parcialmente. Ya en el verano anterior, la empresa había advertido en otra carta a sus proveedores que las ventas estaban estancadas y que en sus depósitos se acumulaba vino de años anteriores sin poder ser colocado.
El Estado interviene, pero sin una estrategia clara
Para evitar quiebras y dramas humanos, el gobierno federal y los cantones afectados decidieron subsidiar el arranque voluntario de viñedos. Las estimaciones del sector indican que en los próximos dos años podrían desaparecer hasta el 10% de las viñas del Valais, Vaud y Ginebra. Las más expuestas son las ubicadas en laderas, más difíciles y costosas de trabajar.

Sin embargo, la intervención pública no está exenta de críticas. Nadine Pfenninger-Bridy, enóloga cantonal del Valais, advirtió sobre los riesgos de actuar sin planificación: “Por la presión del tiempo no definimos una estrategia de arranque. Corremos el riesgo de que se produzca un mosaico, un arranque descoordinado. Y eso tendría consecuencias sobre los viñedos y el paisaje.” Una de las preocupaciones más concretas es el impacto sobre las terrazas del Lavaux, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, cuyo estatus podría verse comprometido si la pérdida de viñedos avanza sin control.
El cambio generacional y la presión global
Detrás de los números hay un cambio cultural que los productores reconocen pero que no saben bien cómo revertir. Basile Monachon, viticultor en Rivaz, en el cantón de Vaud, lo describió con claridad ante RTS: “La generación de mis padres ve el vino como algo que va con cada comida. Es algo social, gastronómico, de convivencia. La generación joven lo ve mucho menos así.”

El fenómeno no es exclusivo de Suiza. Según la Organización Internacional de la Viña y el Vino, el consumo global de vino cayó un 12% entre 2018 y 2024. Francia y Estados Unidos ya redujeron la superficie de sus viñedos para adaptarse a la menor demanda. Thierry Gaillard, director general de la bodega Schenk, fue directo: “El sector debe adaptarse a las tendencias de consumo actuales.”
Iniciativa popular y medidas proteccionistas
Ante la magnitud de la crisis, más de 500 viticultores de siete cantones anunciaron que impulsarán una iniciativa popular para, entre otras medidas, aumentar los impuestos al vino importado. Otra propuesta en discusión establece que solo podría importar vino quien compre simultáneamente la misma cantidad de producción nacional.

Vale señalar que en 2025 las importaciones de vino también bajaron: según el diario Blick, ingresaron al país 127 millones de litros de vino extranjero, 6,2 millones menos que el año anterior, una caída del 5% y un 18% por debajo del promedio de la última década. Pero el alivio es relativo: el vino suizo sigue perdiendo terreno incluso cuando el importado también retrocede.
La gravedad de la situación llevó a Olivier Mark, presidente de la Interprofesional de los Vinos del Cantón de Vaud, a una advertencia sin eufemismos: “Si no reaccionamos ahora, la viticultura suiza morirá.” El movimiento de productores denominado “Les raisins de la colère” —Las uvas de la ira— fue aún más tajante: sin medidas urgentes, el 70% de los viñedos suizos podría desaparecer en cinco años.
El vino argentino y la misma encrucijada
La crisis suiza no es un fenómeno aislado. Argentina, con Mendoza como epicentro de su industria vitivinícola, enfrenta desafíos estructurales similares aunque con sus propias particularidades. El consumo interno de vino en el país también viene cayendo desde hace años: los argentinos, que hace cinco décadas consumían más de 90 litros per cápita anuales, hoy rondan los 16 litros. La competencia de la cerveza artesanal, las bebidas energizantes y los vinos importados de menor precio presiona al sector.

Al mismo tiempo, el vino argentino —especialmente el Malbec mendocino— tiene en la exportación su gran válvula de escape, algo de lo que los suizos, con un producto de escasa proyección internacional, carecen casi por completo. La pregunta que tanto Suiza como Argentina deben responder es la misma: cómo seducir a las nuevas generaciones en un mercado que los está dejando atrás.





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