Buenos Aires (AT) – En 2009, un equipo de investigadores del Instituto Max Planck de Biología Celular Molecular y Genética en Dresde, Alemania, liderado por Anthony A. Hyman, se encontró con un fenómeno que revolucionaría la comprensión de la biología celular. Mientras estudiaban los gránulos P en embriones unicelulares de un gusano microscópico, observaron que estos gránulos, compuestos de ARN y proteínas, no se distribuían uniformemente en la célula. En cambio, se acumulaban en un extremo, generando asimetría celular.
Lo sorprendente fue descubrir que este comportamiento era el resultado de un proceso similar al de las transiciones de fase en la física. Los componentes moleculares se condensaban en un lado de la célula, creando una concentración más densa, mientras que se disolvían en el otro lado. Era como ver gotas de agua formándose en una atmósfera saturada.
Al principio, este hallazgo pasó desapercibido. Parecía una peculiaridad más que una regla general. Sin embargo, con el tiempo, los condensados biomoleculares comenzaron a aparecer en casi cualquier rincón del mundo celular que los científicos analizaban. Estos pequeños agregados no rodeados por membranas resultaron ser esenciales para una amplia variedad de funciones vitales.
Un nuevo paradigma en la biología celular
Durante décadas, se asumió que la organización interna de las células dependía exclusivamente de compartimentos definidos por membranas, como las mitocondrias o el núcleo. Pero los condensados demostraron ser una alternativa más flexible y eficiente. Funcionan como compartimentos sin membrana, donde las moléculas se agrupan temporalmente para llevar a cabo funciones específicas y luego se dispersan cuando ya no son necesarias.
La capacidad de estos condensados para surgir y desaparecer según las necesidades de la célula les otorga una utilidad incomparable. Actúan como una especie de sistema organizativo dinámico, gestionando procesos cruciales como la protección frente al estrés térmico, la reparación de daños en el ADN, y la regulación de la expresión genética.
Según Petra Schwille, biofísica del Instituto Max Planck de Bioquímica en Alemania, los condensados ofrecen una forma de orden espontáneo que no requiere estructuras rígidas. Este “orden sin costo” permite que las células operen con mayor eficiencia y flexibilidad. El impacto de estos descubrimientos ha sido tan amplio que los condensados han pasado a ocupar un lugar central en el estudio de la biología celular.
Más allá de los líquidos: la diversidad de los condensados
Inicialmente, los investigadores pensaron que todos los condensados biomoleculares se comportaban como líquidos. Se separaban del entorno celular como gotas de aceite en agua, en un proceso conocido como separación de fases. Sin embargo, estudios posteriores revelaron que su comportamiento es mucho más variado.
En 2012, el biofísico Michael Rosen y su equipo del Centro Médico Southwestern de la Universidad de Texas en Dallas demostraron que algunos condensados no son simples líquidos. En ciertos casos, estos agregados presentan propiedades intermedias entre líquidos y sólidos. Algunos tienen una textura similar al moco, mientras que otros se asemejan a gelatinas firmes. Según Rohit Pappu, biofísico de la Universidad de Washington en St. Louis, los condensados pueden describirse como materiales viscoelásticos, similares al juguete Silly Putty, que cambia de forma según las condiciones externas.
Esta diversidad en las propiedades físicas amplía enormemente las posibilidades de los condensados dentro de la célula. Permiten que se adapten a diferentes funciones, desde actuar como almacenes temporales de moléculas hasta formar barreras que protegen componentes celulares esenciales.
Hacia el control de los condensados
El descubrimiento de los condensados biomoleculares no solo ha transformado la biología celular, sino que también ha abierto puertas en el campo médico. Estos agregados juegan un papel crucial en la regulación de la vida celular, pero cuando fallan, pueden estar relacionados con enfermedades graves, como ciertos tipos de cáncer o trastornos neurodegenerativos.
Los investigadores están explorando maneras de controlar la formación y disolución de los condensados para desarrollar nuevas terapias. Por ejemplo, comprender cómo se agrupan las moléculas dentro de estos condensados podría ayudar a diseñar medicamentos que intervengan directamente en estos procesos, ofreciendo tratamientos más específicos y efectivos.
El ingeniero biofísico Cliff Brangwynne, uno de los pioneros en este campo, señala que el verdadero desafío radica en entender cómo estas estructuras surgen de la interacción de miles de moléculas dentro de la célula. Esta complejidad molecular es, al mismo tiempo, el obstáculo y la clave para aprovechar su potencial terapéutico.
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