Suiza suele asociarse con montañas nevadas, lagos tranquilos y trenes que cruzan valles con puntualidad. Esa imagen resulta real, pero incompleta. Debajo de esa superficie existe otra Suiza, mucho menos visible y mucho más extensa. Una red subterránea de túneles sostiene buena parte de la movilidad, la energía y la logística del país. En ese mundo bajo tierra se mueven personas, mercaderías, agua y electricidad, lejos del frío, las pendientes y las tormentas.
El territorio suizo combina cordilleras abruptas con ciudades densas y una economía que depende de la conexión constante con Europa. En ese contexto, la ingeniería de túneles se convirtió en una solución práctica y, con el tiempo, en una política de Estado. Desde mediados del siglo XX, el país invirtió de forma sostenida en perforar roca y construir corredores ocultos que hoy forman uno de los sistemas subterráneos más extensos del planeta.
Los números dan una idea de esa magnitud. Existen cerca de 1.852 túneles que suman unos 2.544 kilómetros. Incluyen infraestructura vial, ferroviaria y de servicios. Una parte considerable del movimiento diario en Suiza ocurre sin que los usuarios vean el cielo. En ciudades como Zúrich, Basilea, Berna, Ginebra o Lucerna, los túneles forman parte de la rutina urbana, aunque la mayoría de los habitantes solo percibe el resultado en viajes más cortos y menos ruido en superficie.
Por qué los túneles resultan esenciales
El relieve suizo impone límites claros a cualquier red de transporte tradicional. Las diferencias de altura entre un valle y otro pueden ser extremas en pocos kilómetros. Las rutas al aire libre enfrentan nieve, desprendimientos y pendientes pronunciadas. Para los trenes, esas condiciones implican velocidad baja, consumo elevado y mayores riesgos.

Los túneles ofrecen una alternativa directa. Permiten atravesar montañas sin rodeos ni curvas imposibles. También reducen la exposición al clima y facilitan trayectos estables durante todo el año. En un país pequeño pero con un flujo intenso de personas y mercancías, la continuidad del tránsito se vuelve un activo estratégico.
La vida urbana también explica ese modelo. Ciudades compactas y con alto nivel de actividad necesitan liberar espacio en superficie. Llevar carreteras, vías férreas y servicios al subsuelo permite preservar barrios, reducir ruido y ordenar el uso del suelo. Zúrich y Basilea desarrollaron complejas redes bajo sus calles que integran trenes, autopistas y conductos de energía.
Esa lógica se extiende al plano internacional. Suiza se ubica en el centro de Europa. Gran parte del comercio entre el norte y el sur del continente atraviesa su territorio. Los túneles alpinos funcionan como arterias para el intercambio europeo, lo que convierte a la infraestructura suiza en una pieza relevante para varios países vecinos.
Una historia marcada por la ingeniería
La expansión subterránea tomó impulso después de la Segunda Guerra Mundial. Durante la década de 1950 comenzaron grandes proyectos de túneles de drenaje y conducción de agua para centrales hidroeléctricas. Esa etapa sentó las bases técnicas y financieras para obras más ambiciosas.
En los años ochenta llegó el turno de los túneles viales. La red de autopistas necesitaba atravesar montañas y zonas sensibles. Enterrar tramos completos permitía reducir el impacto ambiental y mantener la fluidez del tránsito. Desde comienzos del siglo XXI, el foco pasó al ferrocarril. El objetivo consistió en crear corredores de alta capacidad bajo los Alpes, aptos para trenes de pasajeros y de carga.

Hoy, más de una décima parte de las autopistas y de las vías férreas del país funciona bajo tierra. Esa proporción no tiene comparación en otros lugares. Casi 50 túneles ferroviarios y 55 viales superan los dos kilómetros de longitud. La red subterránea no deja de expandirse, acompañando la demanda de movilidad y energía.
La construcción de estos proyectos implica desafíos técnicos notables. Se trabaja en roca dura, con filtraciones de agua y presión geológica. Los costos también resultan elevados. Un kilómetro de túnel ferroviario puede costar cientos de millones de EUR, según el tipo de suelo y el equipamiento requerido. Sin embargo, el Estado suizo sostiene esas inversiones como una apuesta de largo plazo.
La escala de un país bajo tierra
La Sociedad Suiza de Tunelería estima que los 1.852 túneles suman 2.544 kilómetros. Esa cifra incluye estructuras modernas y otras vinculadas a sistemas históricos de agua y energía. Vista en conjunto, la red subterránea equivale a viajar desde Ginebra hasta Moscú sin salir del suelo.
La infraestructura vial muestra esa dimensión con claridad. La red nacional de autopistas alcanza unos 1.840 kilómetros. Dentro de ese total, cerca de 250 kilómetros transcurren en túneles. Cuando finalicen los tramos proyectados, el sistema llegará a unos 1.893 kilómetros, con más de 270 túneles que suman alrededor de 290 kilómetros. Muchos pasos atraviesan zonas urbanas o áreas protegidas, una decisión pensada para reducir ruido y consumo de suelo.
Tres cuartas partes de esas autopistas tienen cuatro carriles divididos, lo que permite soportar un tránsito intenso, incluso de camiones internacionales. El subsuelo se vuelve así un aliado para mantener la calidad de vida en superficie.
En el plano ferroviario, la ingeniería suiza construyó obras que ya forman parte de la historia mundial. El túnel de base del Gotardo, con 57 kilómetros, conecta el norte y el sur del país y figura como el túnel ferroviario más largo del planeta. Junto con el túnel de base del Ceneri y el de Lötschberg, conforma un eje que atraviesa los Alpes con pendientes suaves y alta capacidad.
A esas obras se suman el histórico túnel del Simplon hacia Italia, el túnel del Zimmerberg cerca de Zúrich y el de Brüttener, diseñado para aliviar la saturación del tráfico suburbano. En el plano vial, el túnel carretero del Gotardo, con 16,9 kilómetros, y el del San Bernardino cumplen una función similar para los automóviles y camiones.



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