Dos películas separadas por pocos años marcaron la manera en que buena parte del público argentino se acercó a la desaparecida República Democrática Alemana. Good Bye, Lenin! convirtió el derrumbe de aquel mundo en una historia familiar atravesada por el humor y la nostalgia. La vida de los otros eligió el camino opuesto: vigilancia, delación, censura y el funcionamiento de la Stasi. Para Gustav Wilhelmi, que las programó en Buenos Aires desde el Festival de Cine Alemán, esa diferencia no las enfrenta. Las convierte en dos formas de observar una misma historia.

El 3 de octubre se cumplen 36 años desde que entró en vigor el Tratado de Unificación y la RDA dejó de existir como Estado. La unidad política se concretó en 1990, pero su interpretación cultural nunca quedó congelada. El cine alemán volvió una y otra vez sobre el Este, sus habitantes, sus contradicciones y las consecuencias de aquella transformación.

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Para Wilhelmi, Good Bye, Lenin! y La vida de los otros cuentan una misma realidad desde extremos diferentes: la memoria afectiva y la represión estatal.

Wilhelmi observó buena parte de ese proceso desde Buenos Aires. Después de 26 ediciones del Festival y más de dos décadas seleccionando películas para el público argentino, anunció este año que se retira de su organización. Ese recorrido le permite mirar el cine sobre la reunificación no solamente como espectador, sino también desde una pregunta que atravesó siempre su trabajo: qué historias alemanas consiguen ser comprendidas lejos de Alemania.

Dos películas para entrar a la RDA

Good Bye, Lenin! llegó al tercer Festival de Cine Alemán de Buenos Aires en 2003. Los archivos del propio encuentro y la programación publicada entonces confirman su exhibición en Village Recoleta. La película de Wolfgang Becker ya se había convertido en un fenómeno europeo y luego superaría los seis millones de espectadores internacionales, con distribución en más de 60 países.

La historia parte de una idea deliberadamente improbable. Christiane, una mujer profundamente identificada con la RDA, entra en coma antes de la caída del Muro. Cuando despierta, su hijo Alex intenta protegerla de una emoción potencialmente peligrosa reconstruyendo dentro del departamento un país que ya desapareció.

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La reconstrucción amable de la RDA en Good Bye, Lenin! también generó críticas entre cineastas que vivieron personalmente bajo aquel sistema.

Detrás de los frascos de pepinos, los noticieros falsificados y los objetos cotidianos del Este, la película habla de algo más complejo: qué ocurre cuando un sistema político desaparece mucho más rápido que los recuerdos de quienes vivieron dentro de él.

Wilhelmi considera que allí reside parte de su llegada. “Son dos películas que mostraron una realidad”, explica al comparar el film de Becker con La vida de los otros. Una eligió “las partes más simpáticas” del proceso y las presentó mediante la comedia; la otra mostró la dimensión represiva del régimen. “Las dos películas muestran desde distintos puntos de vista la misma situación”, resume.

Cuando el humor también incomoda

Esa mirada amable de Good Bye, Lenin! nunca estuvo exenta de discusión. Wilhelmi recuerda una conversación con el director Andreas Dresen, nacido y formado en la Alemania Oriental, que sirve para mostrar hasta qué punto la representación de la RDA continúa siendo sensible.

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Andreas Dresen cuestionó, según recuerda Wilhelmi, la mirada de Good Bye, Lenin! porque consideraba que suavizaba demasiado la experiencia cotidiana en la RDA.

Según relata, Dresen le dijo que había odiado la película de Becker porque consideraba que había banalizado aquella experiencia. Wilhelmi concede que esa objeción tiene sentido: para alguien que vivió cotidianamente bajo ese sistema, la reconstrucción humorística puede resultar demasiado amable.

Pero introduce otra cuestión: el cine no necesariamente debe representar un período traumático siempre desde el drama.

“Si todas las películas fueran como Good Bye, Lenin! diríamos: esto fue un viva la pepa. Y no lo fue”, advierte. Pero también sostiene que, si toda aproximación fuera exclusivamente dramática, el resultado podría volverse insoportable para el espectador.

Ese equilibrio explica parte de la persistencia del film. Good Bye, Lenin! no fue un documental sobre la RDA ni pretendió ofrecer una reconstrucción exhaustiva. Fue, ante todo, una ficción familiar sobre la velocidad con la que puede desaparecer un mundo.

La Stasi desde el otro extremo

Tres años después apareció La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck. Su punto de partida era mucho más oscuro. Ambientada inicialmente en Berlín Oriental en 1984, sigue al capitán de la Stasi Gerd Wiesler mientras vigila clandestinamente al escritor Georg Dreymann y a la actriz Christa-Maria Sieland. La observación termina alterando al propio agente.

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En La vida de los otros, la vigilancia de la Stasi muestra el costado más opresivo de un sistema que controlaba incluso la intimidad de sus ciudadanos.

La película consiguió algo poco habitual para un drama histórico alemán: combinar reconocimiento crítico, llegada masiva e impacto internacional. En 2007 ganó el Oscar a mejor película en lengua extranjera.

Para Wilhelmi, tanto ésta como Good Bye, Lenin! atravesaron la frontera del público especializado por una razón bastante menos misteriosa de lo que podría suponerse.

“Porque son buenas películas”, responde. Y enseguida desarrolla el criterio que también utiliza al programar el Festival: deben entretener, pero al mismo tiempo dejar algo.

“Entretienen de una manera que dejan algo, que muestran algo. Quizás esto las hace accesibles también a un público general”, explica. Cuanto más cerrada está una película sobre un tema específico, razona, más limitado puede resultar su público.

La misma idea aparece cuando describe su método de selección. Las películas, dice, “me tienen que gustar o me tienen que tocar”. Su preferencia personal es por un cine “que me deje algo, pero que me entretenga”.

La historia no termina cuando termina el sistema

Treinta y seis años después de la reunificación, el cine alemán ya no necesita explicar de manera general qué fue la división del país. Para Wilhelmi, esa gran historia está contada. Lo que aparecen ahora son relatos más específicos, personajes concretos y zonas morales más incómodas.

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Gundermann, de Andreas Dresen, volvió sobre el pasado oriental a través de un personaje incómodo: un músico que colaboró con la Stasi y también fue vigilado por ella.

Su ejemplo preferido es Gundermann, de Andreas Dresen. La película reconstruye la vida del músico y trabajador Gerhard Gundermann, un personaje atravesado por una contradicción difícil de resolver: colaboró con la Stasi y, al mismo tiempo, fue vigilado por ella. El film ganó seis premios Lola en 2019, incluidos mejor película, dirección, guion y actor principal para Alexander Scheer.

Wilhelmi la define como “una película muy valiente”. Recuerda incluso que un productor le contó que había rechazado participar porque temía que convertir a Gundermann en protagonista pudiera interpretarse como una reivindicación de un delator.

Precisamente allí encuentra su valor: no ofrece un héroe convencional.

Gundermann queda atrapado dentro de la maquinaria del sistema, pero eso no borra sus responsabilidades. El cine, sostiene Wilhelmi, puede entrar en esas contradicciones sin necesidad de dictar una sentencia sencilla.

El cine como una memoria con versiones

Cuando se le pregunta por el valor testimonial de estas películas frente a las distorsiones del pasado, Wilhelmi evita presentar al cine como un documento neutral.

“Por fortuna, el cine permite que las historias sean contadas de diferentes maneras”, señala. Directores y guionistas escriben desde sus propios puntos de vista y esa pluralidad permite volver sobre una misma situación con interpretaciones diferentes.

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Andreas Dresen cuestionó, según recuerda Wilhelmi, la mirada de Good Bye, Lenin! porque consideraba que suavizaba demasiado la experiencia cotidiana en la RDA.

En ese sentido, la evolución del cine sobre la Alemania Oriental se parece a la propia construcción de la memoria. Primero aparecieron relatos que necesitaban explicar un sistema desaparecido. Después surgieron películas capaces de entrar en sus zonas grises: adaptación cotidiana, nostalgia, culpa, silencio, colaboración, pérdida de identidad y memoria familiar.

Para Wilhelmi, el tema no está agotado. Lo mismo ocurrió con el nacionalsocialismo y probablemente sucederá con nuevas cuestiones que atraviesan a la sociedad alemana. “Una de las grandes habilidades del cine es reinventarse con sus historias”, sostiene.

Wolfgang Becker vuelve al Este por última vez

La programación de 2026 aporta una coincidencia particularmente significativa. Veintitrés años después de que Good Bye, Lenin! pasara por el Festival de Buenos Aires, el encuentro programó El héroe de Berlín (Der Held vom Bahnhof Friedrichstraße), la última película de Wolfgang Becker, fallecido en diciembre de 2024.

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En El héroe de la estación de Friedrichstrasse, la última película de Wolfgang Becker, la memoria de la Alemania dividida vuelve al centro del relato a través de una historia sobre mitos, héroes y construcción del pasado.

La película vuelve a trabajar sobre la memoria de la Alemania dividida, pero desde otra perspectiva. Su protagonista, un videoclubista berlinés al borde de la quiebra, termina convertido por un periodista en supuesto responsable de una gran fuga desde la RDA. A partir de allí, una mentira empieza a transformarse en relato histórico.

Ya no se trata solamente de recordar qué ocurrió, sino de preguntarse cómo se construye el recuerdo de lo ocurrido.

El círculo resulta difícil de ignorar. Becker ayudó en 2003 a que millones de espectadores miraran la desaparición de la RDA a través de una ficción doméstica. Su última película regresó a ese territorio para interrogar la fabricación de héroes, los mitos y las trampas de la memoria alemana.

Una historia terminada y, al mismo tiempo, abierta

Wilhelmi cree que el público argentino que llega al Festival no busca necesariamente una lección sobre Alemania. “Busca cine alemán, busca un cine distinto”, dice. Esa búsqueda explica por qué películas vinculadas con circunstancias históricas muy específicas pudieron atravesar idiomas y experiencias nacionales.

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Wilhelmi sostiene que las películas capaces de entretener y, al mismo tiempo, dejar una reflexión son las que consiguen llegar a públicos mucho más amplios.

La reunificación alemana tiene una fecha precisa. A la medianoche del 3 de octubre de 1990 entró en vigor el Tratado de Unificación y la división estatal terminó.

El cine, en cambio, no funciona con fechas de cierre.

Good Bye, Lenin! preguntó qué se pierde cuando desaparece un país. La vida de los otros recordó el precio de vivir bajo vigilancia. Gundermann entró en la culpa y las contradicciones individuales. Y El héroe de Berlín vuelve ahora sobre la manera en que una sociedad transforma el pasado en relato.

Tal vez por eso, 36 años después, la reunificación ya no necesite películas que expliquen simplemente qué ocurrió en 1990. Necesita otras que sigan preguntando qué significó, qué quedó de aquel mundo y quién tiene derecho a contarlo.

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