La quinta edición de Die demografische Lage der Nation ubicó a Suhl, en Turingia, en el extremo más delicado del mapa demográfico de Alemania: proyectó una caída de población del 30,4% entre 2024 y 2045, la mayor entre los 400 distritos y ciudades-distrito analizados. Para una ciudad que ya atravesó una fuerte contracción después de la reunificación, la cifra planteó una pregunta concreta: qué servicios pueden reducirse y cuáles deben seguir funcionando aunque tengan cada vez menos usuarios.
Suhl fue capital distrital de la República Democrática Alemana y construyó buena parte de su identidad alrededor de la fabricación de armas y vehículos, especialmente los ciclomotores Simson. Tenía más de 56.000 habitantes al final de la etapa socialista; a fines de 2025 registraba 33.976. El retroceso no es, por lo tanto, una hipótesis futura sino una experiencia urbana acumulada durante más de tres décadas.
Una ciudad diseñada para más gente
El barrio Suhl-Nord muestra hasta dónde puede llegar ese proceso. En sus 5.280 viviendas vivían unas 14.075 personas alrededor de 1990. Tras años de despoblamiento y viviendas vacías, la ciudad decidió abandonar a largo plazo su función residencial y reconvertir el área hacia usos comerciales. Un plan de 2022 contabilizaba allí apenas 1.859 habitantes.

Ese antecedente vuelve tangible el problema que ahora describe el estudio: una ciudad puede perder población mucho más rápido de lo que pueden encogerse sus calles, redes, escuelas, transporte o servicios de cuidado. Catherina Hinz, directora del Berlin-Institut für Bevölkerung und Entwicklung, resumió el dilema: algunas regiones deberán crear infraestructura para más personas, mientras otras tendrán que cumplir “las mismas tareas con menos habitantes y trabajadores”.
El 30,4% no es un destino escrito
La proyección no debe leerse como un censo anticipado. El Berlin-Institut y la Wüstenrot Stiftung elaboraron su análisis con 26 indicadores de demografía, economía, educación y condiciones sociales. La proyección de población considera fecundidad, esperanza de vida y migraciones internas e internacionales. Estas últimas son considerablemente más difíciles de anticipar que nacimientos y defunciones y pueden modificar el escenario si una región atrae empresas, trabajadores o nuevos residentes.

Manuel Slupina, responsable del área Ciudad y Territorio de la Wüstenrot Stiftung, sostuvo que la política probablemente no pueda detener el retroceso en muchas regiones, pero sí “puede y debe darle forma”. Eso implica decidir dónde concentrar servicios, cómo asegurar movilidad para una población envejecida y qué hacer con edificios o viviendas que dejan de tener demanda.
Alemania también se achica, pero de manera desigual
El escenario nacional amplifica el contraste. Alemania bajaría hasta unos 81,8 millones de habitantes en 2045 y más de dos tercios de sus 400 regiones perderían población. Sin embargo, Dahme-Spreewald, en el entorno de Berlín, crecería alrededor del 17%, mientras Suhl se ubicaría en el extremo opuesto. De las 50 regiones con mayores pérdidas proyectadas, 42 están en el este, aunque Leipzig, Dresde y Potsdam presentan mejores perspectivas.

La nueva geografía demográfica, por eso, no reproduce simplemente la vieja división Este-Oeste. Adrián Carrasco Heiermann, director del estudio, advirtió que la contracción “no es un fenómeno exclusivamente del este alemán”: también existen regiones occidentales en retroceso, mientras algunas grandes ciudades orientales continúan atrayendo población.
En Turingia aparece además otra presión: la población en edad de trabajar caería cerca del 18%, unas 222.000 personas, hasta 2045. Ahí está uno de los desafíos más difíciles para Suhl: no sólo habrá menos habitantes, sino también menos trabajadores para financiar, administrar y prestar los servicios que necesita una sociedad envejecida.

Achicarse sin abandonar la ciudad
Para ciudades argentinas cuya historia también quedó ligada a una fábrica, un ferrocarril o una actividad pública, Suhl ofrece una comparación útil. El problema no es contar cuántos habitantes “faltarán”, sino decidir qué ciudad puede sostenerse con quienes permanecen. Achicarse no implica necesariamente desaparecer, pero obliga a planificar algo para lo que las ciudades suelen estar mucho menos preparadas que para crecer.




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