miércoles, 3 de septiembre de 2025

En pleno centro de Berlín, un lugar cotidiano parece esconder un pasado sombrío. Un estacionamiento rodeado de edificios de departamentos y un local de té con ositos de caricatura, conocido como Mimi Tea, no parece un destino turístico. Sin embargo, bajo ese pavimento yace un sitio lleno de historia: el Führerbunker, el refugio subterráneo donde Adolf Hitler pasó sus últimos momentos y se suicidó hace 80 años.

El Führerbunker formaba parte de la Cancillería del Reich, complejo que sirvió como sede del gobierno nazi. Hoy, la construcción original desapareció y apenas se distingue una placa azul con un pequeño dibujo del búnker y texto en letra diminuta. La mayoría de los turistas se siente decepcionada al llegar. Muchos comentan en sitios de viajes que no hay nada que ver, más allá del estacionamiento, y califican la visita como poco satisfactoria. “No iría especialmente a este lugar, pero sirve para tacharlo de la lista”, escribió un visitante.

Expertos definen esta forma de turismo como “dark tourism” o turismo oscuro, que consiste en visitar sitios asociados a muerte, desastre o tragedias. Este tipo de turismo mueve un mercado anual estimado en EUR 30.000 millones. Berlín se destaca como uno de los principales destinos, debido a su historia con el nazismo, la guerra y la Alemania comunista. Peter Hohenhaus, autor de Atlas of Dark Destinations, sostiene que la ciudad combina turismo convencional con turismo oscuro de manera notable.

Adolf Hitler y el auge del turismo de la muerte

El interés por estos lugares responde a una fascinación histórica del ser humano con la muerte y la tragedia. Algunos académicos comparan el fenómeno con los espectadores de gladiadores en la Roma antigua o con las ejecuciones públicas de la Edad Media. Aunque ciertos turistas buscan una experiencia cercana a la tragedia, Hohenhaus afirma que el elemento educativo y la autenticidad del lugar predominan sobre cualquier motivación morbosa.

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Turistas examinan el lugar donde murió Hitler.

El turismo en Auschwitz, Alcatraz o Chernobyl refleja motivos diversos. Sin embargo, el desafío principal reside en la oferta. Quienes gestionan estos sitios deben equilibrar la rentabilidad con la sensibilidad histórica. En el caso del Führerbunker, la relevancia histórica es indiscutible, pero hoy solo se percibe un estacionamiento común. Este hecho ilustra cómo Alemania enfrenta su pasado oscuro y cómo algunos mercados, aunque existentes, resultan repugnantes para la sociedad.

Historia y transformación del Führerbunker

Tras la caída de Berlín en 1945, el bunker se convirtió en atracción. Soldados aliados, periodistas y autoridades visitaban el lugar donde Hitler tomó decisiones y finalmente murió. Sin embargo, la zona quedó bajo control soviético, y Josif Stalin ordenó destruir la Cancillería y los búnkeres. El Führerbunker sobrevivió parcialmente, gracias a sus paredes de concreto reforzado de casi cuatro metros de espesor.

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Las ruinas del refugio antiaéreo de Hitler en la década de 1940 (Foto: Getty).

Durante la Guerra Fría, el área formó parte de la franja de la muerte, un territorio vigilado entre Berlín Este y Oeste. El turismo quedó suspendido y el lugar adquirió un aura de misterio. A finales de los años 80, el déficit de viviendas llevó a construir departamentos cerca del muro, y al excavar, se rellenó el búnker con arena y escombros, convirtiéndolo en un estacionamiento y borrando su rastro visible.

Con la reunificación de Alemania y el retorno de Berlín como capital en los años 90, comenzaron a descubrir restos arqueológicos de la época nazi. Alemania inició un proceso de Vergangenheitsbewältigung, o superación del pasado, que incluyó monumentos y museos dedicados a las víctimas del nazismo, como el Memorial a los Judíos Asesinados de Europa y el Museo Topografía del Terror. Además, se colocaron “Stolpersteine”, pequeñas placas de bronce frente a las casas de personas perseguidas por los nazis.

La política de la memoria y el mercado repugnante

La discusión sobre cómo tratar sitios vinculados a Hitler sigue vigente. En 2017, un político alemán criticó la presencia de memoriales que, según él, avergonzaban al país. La controversia refleja la tensión entre recordar el pasado y evitar glorificar a los perpetradores.

El mercado del turismo oscuro enfrenta dilemas similares. Algunos emprendimientos comerciales, como el Madame Tussauds, despertaron la polémica. En 2008, la inauguración de una figura de cera de Hitler terminó con un incidente violento, lo que evidencia la sensibilidad de estas representaciones. El Führerbunker ilustra cómo la memoria histórica y la economía del turismo pueden chocar, y cómo la sociedad decide qué recordar y qué enterrar, literalmente.

Hoy, el Führerbunker sigue siendo un lugar de interés histórico, pero su apariencia corriente y su entorno cotidiano hacen que muchos visitantes se sientan decepcionados. El estacionamiento y la placa informativa resumen la paradoja de la memoria alemana: un sitio relevante en la historia mundial escondido bajo la rutina urbana.

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