El valle de Lauterbrunnen se abre como una hendidura profunda entre montañas abruptas, más cercano a un cañón verde que a un paisaje alpino tradicional. En una de sus laderas, apoyado sobre un paredón de roca casi vertical, aparece Mürren, un pueblo histórico de Suiza al que no llegan los autos. El acceso solo es posible por tren de montaña o mediante un teleférico de pendiente extrema, considerado uno de los más empinados del mundo. Esa condición define el carácter del lugar y marca el ritmo de la vida cotidiana.
La ausencia de vehículos no responde a una estrategia turística reciente. Forma parte de una decisión sostenida durante décadas. Las calles permanecen limpias, el aire conserva una pureza poco frecuente en Europa y el sonido dominante es el viento entre los árboles o el crujido de la nieve bajo los esquíes. Mürren funciona como una rareza alpina que logró mantenerse al margen de la masificación, incluso en un país acostumbrado a gestionar grandes flujos de visitantes.
Desde el pueblo, al otro lado del valle, se recorta el perfil inconfundible del trío montañoso formado por Eiger, Mönch y Jungfrau. Esa postal, reproducida en miles de imágenes, sigue imponiéndose incluso para quienes la ven a diario. La sensación de aislamiento no implica carencia, sino una forma distinta de acceso al paisaje.
Un pueblo sin autos y con historia
Mürren fue sede del primer Campeonato Mundial de Esquí Alpino, un dato que sorprende por el tamaño reducido del pueblo. Con el tiempo, los grandes eventos se trasladaron a centros más accesibles, pero la tradición deportiva se mantuvo. Hoy, esquiar en Mürren implica menos filas, menos ruido y una relación más directa con la montaña. Las calles cubiertas de nieve permiten llegar esquiando hasta la puerta del hotel durante buena parte del invierno.

Esa escala humana se refleja también en la hospitalidad. Los alojamientos combinan tradición y confort sin perder identidad. El Hotel Eiger Mürren, gestionado por la misma familia desde 1892, conserva un estilo de refugio alpino clásico, con madera, fotografías históricas y vistas abiertas al macizo montañoso. Dormir frente a las cumbres forma parte de la experiencia, no es un agregado opcional.
Otro emblema es el Mürren Palace, inaugurado en 1874 y reabierto en diciembre de 2024 tras una larga restauración. Su arquitectura remite a la Belle Époque y recupera el espíritu de los grandes hoteles de montaña del siglo XIX. Los salones amplios, los pisos de parquet y las vistas panorámicas refuerzan la idea de un pasado que vuelve a ocupar un lugar central.
Más cerca del borde del acantilado, el Hotel Edelweiss Mürren ofrece una versión más sobria del estilo suizo. Blanco, madera y silencio. Desde sus ventanas, la tríada Eiger-Mönch-Jungfrau aparece al amanecer como un telón inmóvil. El paisaje no necesita ser explicado, solo observado.
Naturaleza activa durante todo el año
En verano, Mürren cambia de textura. Los senderos atraviesan praderas cubiertas de flores, bosques de abetos y pendientes suaves que invitan a caminar sin prisa. El sendero floral de Allmendhubel reúne especies alpinas que florecen durante varios meses gracias a la altitud. Edelweiss, gencianas y hierbas medicinales forman parte de un entorno cuidado sin artificialidad.

Para quienes buscan experiencias más intensas, la vía ferrata entre Mürren y Gimmelwald ofrece un recorrido descendente poco habitual. Escaleras metálicas, plataformas adosadas a la roca y un puente colgante conforman un trayecto de unas tres horas. La altura se impone y obliga a mantener la atención, pero el recorrido está pensado para excursionistas con buena condición física más que para especialistas extremos.
Otra visita ineludible son las Trümmelbach Falls, un conjunto de cascadas subterráneas que canalizan el deshielo de los glaciares. El ruido del agua domina el interior de la montaña y refuerza la idea de una geología activa, todavía en transformación.
Durante todo el año, los teleféricos conectan Mürren con el Schilthorn, cuya estación superior alberga el restaurante giratorio Piz Gloria. En 45 minutos, el salón completa una rotación completa y permite observar más de 200 picos. El movimiento lento acompaña la contemplación, sin imponerla.
Gastronomía y tiempos bien definidos
La vida social en Mürren se organiza en espacios pequeños. Restaurantes y bares funcionan como puntos de encuentro más que como atracciones en sí mismas. El Restaurant Stägerstübli conserva el formato clásico de pueblo alpino, con platos contundentes y recetas tradicionales. Rösti, fondue y carnes forman parte de una cocina pensada para el clima y la actividad física.

El restaurante del Hotel Eiger propone una carta más elaborada, con productos regionales y una mirada contemporánea. Quesos del cantón de Vaud, verduras del valle y opciones vegetarianas conviven en un menú equilibrado. Para el cierre del día, la Tächi Bar funciona como un espacio discreto, sin música estridente ni horarios extensos.
En el terreno del après-ski, la Gondelbar resume el espíritu del pueblo. Un antiguo teleférico reconvertido en bar, con pocas mesas y bebidas calientes. La sencillez actúa como rasgo identitario, no como limitación.
El calendario marca diferencias claras. El invierno se extiende de diciembre a marzo, con buena cobertura de nieve. El verano, entre mayo y septiembre, concentra las caminatas y las actividades al aire libre. En primavera y otoño, Mürren reduce su ritmo. Muchos hoteles y restaurantes cierran por algunas semanas, reforzando la idea de un pueblo que no vive para el turismo permanente.
Llegar a Mürren implica aceptar ese tiempo distinto. El viaje combina trenes, teleféricos y vistas abiertas. Desde Lauterbrunnen, el trayecto ya forma parte de la experiencia. El aislamiento relativo no excluye, selecciona. Y en esa selección, Mürren conserva un equilibrio poco común entre naturaleza, historia y vida cotidiana.



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