El repunte del precio del oro reordenó prioridades en varios países. Polonia aceleró compras, China reforzó posiciones con bajo perfil e Italia reclamó formalmente que sus reservas pertenezcan al pueblo. España revive críticas por ventas pasadas. En ese mapa de movimientos, Alemania aparece como una excepción. No compra. No vende. Conserva.
El país europeo mantiene una de las mayores reservas de oro del mundo. A valores actuales, ese stock ronda los EUR 500.000 millones, una cifra que impacta por sí sola, pero que cobra mayor peso cuando se la compara con el desempeño reciente de la economía alemana, que atraviesa un período prolongado de bajo crecimiento y enfrenta desafíos estructurales en su industria tradicional.
Ese contraste alimenta un murmullo que gana espacio en ámbitos económicos y políticos: si Berlín debería o no utilizar parte de ese tesoro para afrontar necesidades presentes.
Una acumulación nacida del trauma y del superávit
Las reservas alemanas superan las 3.300 toneladas, solo detrás de las de Estados Unidos. Medidas en dólares, equivalen a unos USD 599.000 millones. En términos prácticos, representan cerca del 18% de la deuda pública del país y aproximadamente un tercio del producto bruto interno español en euros.

El vínculo de Alemania con el oro no responde a una estrategia reciente. Se construyó a lo largo de décadas y tiene raíces profundas en la historia económica del país. Tras la Primera Guerra Mundial, la hiperinflación dejó una marca duradera en la memoria colectiva. Durante ese período, el dinero perdía valor con tal velocidad que muchas familias utilizaban billetes como papel de pared. Esa experiencia moldeó una cultura de extrema cautela frente a cualquier riesgo monetario.
Después de la Segunda Guerra Mundial llegó la reconstrucción. El llamado milagro económico alemán, iniciado en 1952, impulsó exportaciones y generó superávits persistentes. Entre 1951 y 1968, las reservas pasaron de menos de un millón de onzas a casi 130 millones de onzas. Durante la segunda mitad de los años cincuenta, esos excedentes saturaron las arcas públicas, un fenómeno conocido internamente como Juliusturm.
También resultó decisivo el sistema de compensaciones de la Unión Europea de Pagos. Los países miembros saldaban parte de sus desequilibrios en oro o dólares. Alemania, con balances positivos desde 1951, recibió cerca de 48,7 millones de onzas de oro fino antes de la disolución del mecanismo en 1958.
A eso se sumaron transferencias provenientes de la Reserva Federal de Nueva York, el Banco de Inglaterra y el Banco de Pagos Internacionales. El proceso fue gradual, metódico y sostenido en el tiempo. El Bundesbank consolidó su prestigio sobre esa acumulación paciente y sobre una política estricta de preservación del capital.
Alemania, la resistencia a vender y el costo invisible
A comienzos de los años 2000, varios países europeos optaron por desprenderse de parte de sus reservas, bajo el argumento de que el oro no genera intereses y existían alternativas financieras más rentables. España vendió más de 200 toneladas a precios inferiores a USD 1.000 por onza. En el Reino Unido, el entonces ministro Gordon Brown autorizó la venta de unas 400 toneladas entre 1999 y 2002, con un valor promedio cercano a USD 275 por onza.
Alemania eligió otro camino.
Esa decisión luce acertada con la perspectiva actual. El oro multiplicó su valor y hoy representa más del 80% de los activos de reserva oficiales del país. Joachim Nagel, presidente del Bundesbank, reiteró en distintas ocasiones que nunca consideró vender, ni siquiera de forma marginal.
Sin embargo, fuera del banco central el debate reaparece. La economía alemana arrastra cinco años de estancamiento tras la pandemia. La industria enfrenta transformaciones profundas. Berlín conserva margen fiscal, con una deuda pública cercana al 60% del PBI, y ya anunció inversiones fuertes en defensa e infraestructura. Aun así, el malestar social crece y algunos sectores reclaman mayor intervención estatal.

En una columna de Bloomberg, el analista Chris Bryant planteó que concentrar casi todos los activos de reserva en un instrumento volátil no parece prudente desde una perspectiva de gestión de riesgos. Según su visión, este podría ser un momento razonable para tomar ganancias parciales.
Holger Schmieding, economista jefe de Berenberg, coincidió en que una venta gradual de una parte del oro permitiría reducir deuda federal. Pero también advirtió sobre el impacto político: el Bundesbank posee una legitimidad difícil de erosionar. Dentro de ese marco, el oro funciona tanto como activo financiero como símbolo de estabilidad, un doble rol que vuelve especialmente sensible cualquier discusión sobre su destino.
Un tesoro inmóvil frente a una economía que busca impulso
La idea de utilizar parte de las reservas no resulta nueva. Durante los años noventa y principios de los 2000, varios funcionarios propusieron vender oro para financiar obras tras inundaciones, crear fundaciones culturales o reforzar sistemas sociales. En 2004, el entonces presidente del Bundesbank, Ernst Welteke, sugirió desprenderse de hasta 600 toneladas para invertir en activos con rendimiento y apoyar investigación y educación. La oposición interna fue intensa y el proyecto nunca avanzó.
Hoy el contexto es distinto. Desde 2020, el Bundesbank suspendió transferencias de utilidades al gobierno federal debido a pérdidas vinculadas a bonos. Entre 2010 y 2019, el Tesoro alemán recibió alrededor de EUR 25.000 millones en dividendos del banco central. Esa fuente quedó cerrada.

Algunos cálculos ilustran el costo de oportunidad: si los cerca de USD 600.000 millones en oro estuvieran colocados en bonos del Tesoro estadounidense a diez años, Alemania obtendría unos USD 25.200 millones anuales en intereses. Ese flujo permitiría financiar políticas públicas sin aumentar impuestos ni deuda.
Nada de eso ocurre. El metal permanece inmóvil en bóvedas nacionales y extranjeras. No genera ingresos directos. Tampoco alivia tensiones presupuestarias.
Dos décadas después de los primeros intentos de abrir el debate, la pregunta vuelve: si conviene preservar intacto ese patrimonio o utilizar una fracción para enfrentar los desafíos actuales. Para muchos economistas, una venta moderada podría impulsar productividad y reducir presión fiscal. Para una parte amplia de la sociedad alemana, tocar el oro equivale a romper un pacto histórico con la prudencia.
Entre esos dos polos, Berlín elige esperar.




Hacé tu comentario