lunes, 2 de febrero de 2026

Alemania vuelve a mirar sus reservas de oro con inquietud. Una parte sustancial de ese tesoro permanece desde hace décadas fuera del país, resguardada en bóvedas extranjeras. Hoy, ese esquema histórico entra en discusión. Aproximadamente un tercio del oro alemán descansa en la cámara acorazada de la Federal Reserve Bank de Nueva York, en pleno Manhattan. Son cerca de 1.200 toneladas, valuadas en torno a EUR 160.000 millones. La cifra impresiona: equivale a casi todo el producto bruto interno de la Argentina.

Durante años, ese arreglo resultó incuestionable. Pero el nuevo escenario político internacional, sumado al regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, reactivó un debate que parecía cerrado. Esa cifra equivale a poco menos de un cuarto del PBI de la Argentina, que en 2025 fue cifrado en US$683.000.000 por el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Un legado de la Guerra Fría que ya no ofrece certezas

La decisión de almacenar oro fuera del territorio nacional nació en plena Guerra Fría. Alemania buscaba proteger sus activos ante una eventual ofensiva soviética y, al mismo tiempo, garantizar liquidez inmediata en caso de conflicto mayor. Nueva York, Londres y París se transformaron en custodios del metal.

Ese esquema funcionó durante décadas. Hoy, Alemania posee la segunda mayor reserva de oro del planeta, solo detrás de Estados Unidos. El volumen total supera las 3.300 toneladas. A precios actuales, ese patrimonio ronda el medio billón de euros.

monedas
Las reservas de Alemania superan las 3.300 toneladas y hoy valen más de EUR 500.000 millones, en medio de un debate político y económico cada vez más intenso.

La lógica original se basaba en seguridad y acceso rápido a los mercados financieros. Sin embargo, varios analistas consideran que ese argumento pierde peso en el contexto actual.

Emanuel Mönch, ex jefe de investigación del Deutsche Bundesbank, sostuvo en medios locales que llegó el momento de revisar esa política. Planteó que el banco central debería evaluar seriamente el regreso del oro para reforzar la autonomía estratégica del país.

A esa postura se sumó Michael Jäger, presidente de la Asociación Europea de Contribuyentes, quien desde el año pasado impulsa una repatriación acelerada. Según su mirada, la imprevisibilidad del liderazgo estadounidense representa un riesgo concreto.

Para un sector del establishment alemán, el oro ya no está tan seguro en suelo norteamericano. El debate se intensificó justo cuando el precio del metal alcanza máximos históricos. En los mercados internacionales, la onza superó los USD 5.100. Con esos valores, solo el oro guardado en Nueva York ronda los USD 128.000 millones.

No todos acompañan la iniciativa. Clemens Fuest, presidente del Instituto Ifo, advirtió que una repatriación podría tensar relaciones diplomáticas y generar efectos secundarios indeseados. Italia, tercer mayor tenedor mundial, también recibe presiones internas para recuperar su oro almacenado en Estados Unidos.

El peso simbólico del metal en la memoria alemana

El apego alemán al oro no responde solo a cálculos financieros. Existe una dimensión histórica profunda. El país todavía carga con el trauma de la hiperinflación de la década de 1920. En aquellos años, los billetes perdían valor tan rápido que muchas familias los usaban para empapelar paredes. Esa experiencia dejó una huella duradera.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania acumuló grandes reservas gracias a sus superávits comerciales. Durante el llamado “milagro económico alemán”, iniciado en los años cincuenta, las exportaciones impulsaron una entrada sostenida de divisas y oro.

oro
Parte del oro alemán descansa en la Reserva Federal de Nueva York, una herencia de la Guerra Fría.

Entre 1951 y 1968, las reservas pasaron de menos de un millón de onzas a casi 130 millones. Parte de ese metal llegó a través del sistema europeo de pagos, que exigía liquidar saldos en dólares u oro. El resultado fue una montaña de lingotes que todavía hoy despierta respeto.

A diferencia de otros países europeos, Alemania nunca liquidó masivamente sus reservas. Mientras España y el Reino Unido vendían grandes volúmenes a comienzos de los 2000, Berlín mantuvo su posición.

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Fachada de la Reserva Federal de Nueva York, donde se custodia cerca de un tercio del oro alemán, un stock valuado en más de EUR 160.000 millones.

El actual presidente del Bundesbank, Joachim Nagel, afirmó en varias oportunidades que jamás consideró desprenderse del oro, ni siquiera por un instante. Esa resistencia se muestra acertada con el diario del lunes: el metal multiplicó su valor en los últimos años. La paciencia alemana rindió frutos financieros.

¿Tesoro inmóvil o recurso económico?

La discusión ya no se limita al lugar de almacenamiento. Ahora también aparece otra pregunta: qué hacer con ese activo. En una columna publicada por Bloomberg, el analista Chris Bryant sostuvo que, dado que el oro representa más del 80% de los activos de reserva del país, resulta razonable evaluar un uso más productivo.

Desde una perspectiva de gestión de riesgos, concentrar casi todos los recursos en un activo volátil parece poco prudente. Bryant sugirió que este podría ser un momento adecuado para tomar ganancias.

Otros economistas coinciden, aunque con matices. Holger Schmieding, jefe económico del banco Berenberg, reconoció que vender una parte del oro para reducir deuda pública tendría lógica financiera. Pero también advirtió sobre el costo político: el Bundesbank goza de enorme prestigio entre los ciudadanos.

Alemania mantiene una deuda pública cercana al 60% del PBI, muy por debajo del promedio europeo. Ese margen permitió anunciar fuertes inversiones en defensa e infraestructura. Sin embargo, el crecimiento económico permanece estancado desde la pandemia y los desafíos estructurales se acumulan.

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El metal precioso alcanza precios récord.

Para algunos sectores, esa pila de lingotes empieza a parecer una tentación. No es la primera vez que surge esta idea. En los años noventa y principios de los 2000, funcionarios propusieron vender parte del oro para financiar reconstrucciones, crear fondos culturales o fortalecer el sistema previsional. En 2004, el entonces presidente del Bundesbank incluso planteó desprenderse de hasta 600 toneladas. La iniciativa encontró fuerte oposición y nunca prosperó.

Hoy, además, el banco central no distribuye utilidades al Estado. Entre 2010 y 2019, el Tesoro alemán recibió alrededor de EUR 25.000 millones en dividendos. Desde 2020, esos pagos se interrumpieron.

Algunos cálculos indican que, si los cerca de USD 600.000 millones en oro estuvieran invertidos en bonos del Tesoro estadounidense a diez años, Alemania obtendría más de USD 25.000 millones anuales en intereses. El oro luce imponente en las bóvedas, pero no genera ingresos.

Dos décadas después, vuelve una vieja pregunta: ¿conviene conservar ese tesoro intacto o usar parte para enfrentar los retos del presente? Por ahora, Berlín observa. El debate gana espacio en medios y círculos económicos. La tradición pesa. La memoria también.

Pero el mundo cambió. Y Alemania empieza a preguntarse si su oro todavía descansa en el lugar correcto.

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