Cerca de las tres de la mañana del 23 de agosto de 1990, los diputados levantaron la mano dentro del Palacio de la República, en Berlín Oriental. El resultado fue contundente: 294 votos a favor, 62 en contra y siete abstenciones. La República Democrática Alemana (RDA) acababa de ponerle fecha a su final.

El texto aprobado establecía que la RDA se incorporaría a la República Federal el 3 de octubre de 1990. Faltaban 41 días. A partir de esa medianoche dejarían de existir su gobierno, sus ministerios, sus Fuerzas Armadas y el propio Parlamento que acababa de tomar la decisión.

La paradoja resultaba difícil de ignorar. La Volkskammer surgida de la única elección libre realizada en la historia de Alemania Oriental utilizó su legitimidad democrática para disolver el Estado al que representaba. No fue derrocada ni desplazada por una fuerza extranjera: votó su propia desaparición.

Cuatro fechas para el final de un país

La reunión comenzó el 22 de agosto a las 21.10. El primer punto de la sesión especial, convocada por el primer ministro Lothar de Maizière, era definir cuándo debía producirse la incorporación. Para entonces, casi todas las fuerzas parlamentarias aceptaban que la unidad alemana era inevitable. La pelea se concentraba en el calendario.

La Unión Social Alemana pretendía que el ingreso a la República Federal se concretara ese mismo día. El Partido Socialdemócrata proponía el 15 de septiembre y la alianza liderada por la CDU oriental impulsaba inicialmente el 14 de octubre. Durante el debate apareció una cuarta alternativa: el 3 de octubre.

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La primera y única Volkskammer elegida libremente comenzó a sesionar el 5 de abril de 1990 y trabajó durante apenas seis meses.

La disputa transcurría bajo la presión de una economía que se desarmaba con rapidez. La unión monetaria había introducido el marco alemán occidental el 1° de julio, pero muchas empresas orientales no podían competir con los precios, los salarios y las reglas del nuevo sistema. La desocupación avanzaba y miles de personas seguían mudándose al Oeste.

De Maizière temía que la RDA no pudiera sostenerse económicamente hasta fin de año, aunque también rechazaba una incorporación inmediata que dejara sin resolver fronteras, deudas, propiedades, derechos laborales y administración pública. El país se encontraba atrapado entre el colapso económico y la necesidad de negociar las condiciones de su propia desaparición.

Günther Krause, negociador de la CDU oriental, sostuvo que el 3 de octubre era el primer día posible. El 1° y el 2 de ese mes debía realizarse en Nueva York una conferencia internacional vinculada con las condiciones externas de la unidad. Adelantar la incorporación podía interferir en las conversaciones con las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial.

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El Parlamento de Alemania Oriental aprobó el Tratado de Unificación el 20 de septiembre, menos de dos semanas antes de la desaparición de la RDA.

La sucesión de propuestas provocó interrupciones, consultas entre bloques y momentos de confusión. Tras nuevas negociaciones, la CDU, los socialdemócratas, los liberales y la Unión Social Alemana acordaron apoyar el 3 de octubre.

La cámara rechazó primero la incorporación inmediata: recibió 56 votos favorables, 183 negativos y 125 abstenciones. Después llegó la votación nominal decisiva. De los 363 diputados que participaron, 294 aprobaron que la RDA ingresara al territorio regido por la Constitución de la República Federal.

La vía rápida que evitó una nueva Constitución

La resolución recurrió al artículo 23 de la Ley Fundamental, que permitía a otros estados alemanes incorporarse a su ámbito de aplicación. Era un mecanismo que no creaba un país distinto a partir de dos Estados anteriores. Los cinco territorios reconstruidos en el Este ingresaban a la República Federal, que mantenía sus instituciones, sus leyes y su sistema político.

Existía otra posibilidad. El artículo 146 permitía elaborar una nueva Constitución para toda Alemania y someterla a la aprobación de sus ciudadanos. Sectores socialdemócratas, movimientos surgidos de la revolución pacífica y parte de los Verdes defendían ese camino porque ofrecía una unión construida por ambas sociedades en condiciones más parejas.

La mayoría consideró que ese proceso podía extenderse durante meses o años. La fragilidad económica de la RDA, el respaldo electoral a una unidad rápida y la ventana abierta por los cambios políticos en la Unión Soviética empujaron hacia el mecanismo más corto. Para sus críticos, aquella elección transformó la reunificación en una absorción; para sus defensores, evitó que una oportunidad histórica se perdiera entre negociaciones interminables.

El último acto de un Parlamento irrepetible

Después de la votación, buena parte de los diputados se levantó para aplaudir. Gregor Gysi pidió la palabra y resumió el sentido del momento: el Parlamento acababa de decidir la desaparición de la RDA. Su intervención no cuestionaba solo la unidad, sino la velocidad y la forma elegidas para alcanzarla.

La presidenta de la cámara, Sabine Bergmann-Pohl, vivió la escena con una mezcla de alegría y miedo. Años después recordó que muchos legisladores sentían que los problemas más difíciles comenzarían después de la votación. La frontera política podía desaparecer en una noche; las diferencias económicas, sociales y culturales no seguirían el mismo ritmo.

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Lothar de Maizière impulsó una reunificación acelerada, mientras Gregor Gysi advirtió que el Parlamento acababa de decidir el final de la RDA.

El tratado de unificación fue firmado el 31 de agosto y aprobado por los Parlamentos de ambas Alemanias el 20 de septiembre. El documento reguló desde la administración y las deudas hasta la educación, la Justicia, las jubilaciones y el destino de los bienes estatales. La unidad dejó de ser una consigna para convertirse en miles de páginas de disposiciones.

El 28 de septiembre, la Volkskammer eligió a 144 diputados para integrar de manera provisoria el Bundestag. Su última reunión ceremonial se realizó el 2 de octubre. A la medianoche, la RDA dejó de existir y sus antiguos territorios pasaron a formar parte de la República Federal. Un día después, los representantes orientales ocuparon sus bancas en el primer Parlamento de la Alemania reunificada.

La Volkskammer democrática duró menos de seis meses. En ese tiempo aprobó 164 leyes, adoptó 93 resoluciones y tomó una decisión que ningún Parlamento suele enfrentar: establecer el momento exacto en que dejará de existir.

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