Cada temporada de carnaval, la Ópera Estatal de Viena se transforma en un salón de baile monumental. Alfombras, flores, arañas de cristal y un despliegue técnico que lleva semanas de preparación convierten al teatro lírico en el epicentro social de Austria. En ese escenario tuvo lugar una escena inesperada: Sharon Stone se mostró conmovida hasta las lágrimas y debió retirarse unos minutos tras sentirse desbordada por la magnitud del evento.
El Baile de la Ópera de Viena reunió a cerca de 5.500 invitados entre referentes de la política, empresarios, artistas y figuras internacionales. Las entradas pueden superar los EUR 395 para ubicaciones generales y alcanzar cifras muy superiores en palcos exclusivos. Parte de la recaudación se destina a organizaciones benéficas locales. La gala se transmite en directo y ocupa horas de programación en la televisión pública austríaca.
Más que una fiesta, se trata de una ceremonia con reglas, protocolo y tradición. Y también con presión. En ese clima, la actriz estadounidense atravesó un momento de fuerte impacto emocional que puso el foco sobre una celebración que combina lujo, historia y exposición pública.
Una tradición que nace con el Congreso de Viena
Los bailes vieneses tienen su raíz en las celebraciones del Congreso de Viena de 1814 y 1815. Aquellas reuniones diplomáticas que rediseñaron Europa tras las guerras napoleónicas estuvieron acompañadas por fiestas fastuosas. Desde entonces, el calendario de carnaval quedó asociado al vals y a los grandes salones.

La temporada oficial se extiende desde el 11 de noviembre hasta el martes de carnaval. Durante esos meses, la ciudad organiza decenas de bailes temáticos. El más prestigioso es el de la Ópera. Su primera edición considerada “oficial” data de 1935. La Segunda Guerra Mundial interrumpió el ritual en 1940. En marzo de 1945, el edificio sufrió graves daños. Tras la reconstrucción, el 9 de febrero de 1956 volvió el vals al escenario. Solo se canceló otra vez en 1991 por la guerra del Golfo.
La noche se inaugura con las debutantes. Jóvenes vestidas de blanco ingresan al salón central para bailar la Fächer-Polonaise de Carl Michael Ziehrer. Luego interviene el Ballet de la Ópera con vestuario de alta costura. En ediciones recientes participaron diseñadores de renombre internacional. La música recorre compositores como Leonard Bernstein y Giuseppe Verdi, además del inevitable repertorio de la familia Strauss.
El patrocinio recae en el presidente federal de Austria. En la edición actual, el respaldo institucional estuvo vinculado a Alexander Van der Bellen. El evento funciona como vidriera diplomática y también como afirmación cultural.
Baile de la Ópera de Viena: lujo, protocolo y exposición
El teatro se abre desde el subsuelo hasta el ático. Se instalan restaurantes, barras de vino, un café vienés tradicional e incluso espacios temáticos. El antiguo salón de té permanece reservado para artistas e invitados especiales. La logística implica desmontar butacas, proteger estructuras históricas y adaptar el escenario para el baile.

El código de vestimenta es estricto. Los hombres deben vestir frac con moño blanco. Las mujeres, vestidos largos. Algunas invitadas eligen desafiar el protocolo. En esta edición, la actriz Fran Drescher optó por un esmoquin femenino. Entre los asistentes figuraron el comediante Oliver Pocher, las aristócratas Lady Eliza Spencer y Lady Amelia Spencer, además de músicos como The BossHoss.
Otro baile con el mismo nombre se celebra cada año en Nueva York, lo que amplía la proyección internacional de la marca cultural vienesa.
El despliegue mediático es intenso. Las cámaras captan cada llegada. Las entrevistas en la alfombra roja forman parte del ritual. El brillo y la tradición conviven con la presión de la mirada pública.
El momento de Sharon Stone
En ese contexto apareció Sharon Stone, de 67 años. Llegó acompañada por el empresario austríaco Karl Guschlbauer. Lució un vestido inspirado en el universo de Gustav Klimt, con referencias doradas que evocaban la estética del pintor. El diseño pertenecía al fallecido creador italiano Valentino Garavani.

Durante una entrevista con la emisora pública ORF, la actriz se mostró visiblemente emocionada. Expresó sentirse abrumada por la belleza del lugar y por la energía colectiva. Testigos citados por medios locales indicaron que el bullicio y la multitud la sobrepasaron. Stone se retiró brevemente a su hotel para recuperarse tras un episodio de pánico emocional.

La reacción generó comentarios, aunque su anfitrión defendió el episodio como algo comprensible frente a una noche tan intensa. Tras el descanso, la actriz regresó a su palco y permaneció hasta el final de la gala. El incidente no impidió su participación completa.
En declaraciones posteriores, destacó el sentimiento de unidad cultural que percibió en la sala. Comparó la atmósfera con las películas en Technicolor que veía en su infancia. La referencia resumió el impacto visual de la velada: luces, música, uniformes, vestidos blancos girando al ritmo del vals.

El episodio abrió una conversación sobre la presión que enfrentan las celebridades en actos de alta exposición. El Baile de la Ópera no es solo una fiesta. Es un ritual histórico transmitido en vivo, con miles de invitados y millones de espectadores. La magnitud simbólica y mediática del evento también forma parte de la experiencia.
Cada año, Viena renueva esta ceremonia que mezcla pasado imperial y presente mediático. El vals vuelve a sonar bajo las arañas de cristal. Y, por unas horas, la ciudad revive la fantasía de un imperio convertido en pista de baile.



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