sábado, 26 de septiembre de 2026

Una roca de la Patagonia puede parecer un objeto completamente inerte. Pero dentro de sus capas todavía conserva partículas de plantas que vivieron hace más de cien millones de años. Allí, protegido del paso del tiempo, un grano de polen fosilizado es capaz de revelar si alrededor existió un bosque, un lago o una extensa región árida.

Buena parte de la trayectoria de Wolfgang Volkheimer estuvo dedicada a encontrar e interpretar esas señales. Su trabajo combinó largas campañas por Neuquén, Mendoza, Río Negro y Chubut con horas frente al microscopio. Del paisaje tomaba las rocas; en el laboratorio buscaba rastros casi invisibles de vegetación.

La disciplina se llama paleopalinología y estudia polen, esporas y otros microorganismos conservados en sedimentos antiguos. Todas forman una especie de archivo microscópico: permiten calcular la edad de las rocas, reconocer qué plantas crecían en un territorio y aproximarse a las condiciones ambientales de una época remota.

A partir de esas evidencias, Volkheimer contribuyó a reconstruir el tiempo profundo de la Patagonia. Sus investigaciones abrieron la puerta a conocer mejor los ambientes del Jurásico y el Cretácico, cuando la región tenía lagos, humedales, bosques y temperaturas muy diferentes de las actuales.

De Baviera a las campañas patagónicas

Wolfgang Volkheimer nació el 29 de diciembre de 1928 en Kempten, Baviera, una ciudad situada al pie de los Alpes. Creció entre inviernos de grandes nevadas y una casa donde su familia organizaba reuniones musicales. Él tocaba el violín; sus hermanos otros instrumentos de cuerda, y su madre, el piano.

Su adolescencia estuvo marcada por la Segunda Guerra Mundial. Kempten fue bombardeada dos veces y la vivienda familiar, que sobrevivió a los ataques, recibió a tres familias que habían perdido sus casas. Terminada la guerra, en 1948 ingresó en la Universidad de Münster para estudiar Ciencias Geológicas, donde se formó en geología, paleontología, paleoclimatología y bioestratigrafía. Se doctoró en 1956 y fue ayudante científico y encargado de clases prácticas.

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Matilde Beresi, Wolfgang Volkheimer y Nora Cabaleri durante una campaña paleontológica en la Cuenca Neuquina. (Foto: IANIGLA-CONICET)

Desde entonces ya tenía la mirada puesta en América del Sur. Pasaba largas horas en la biblioteca leyendo trabajos sobre la geología argentina, especialmente los de Pablo Groeber. “Siempre quise conocer la geología de América del Sur”, escribió décadas después.

En 1957 se embarcó en Hamburgo a bordo del Alberto Dodero. El primer día que pasó en Buenos Aires conoció personalmente a Groeber en la Sociedad Científica Argentina. A partir de 1958 comenzó a trabajar como geólogo regional en el Instituto Nacional de Geología y Minería.

Volkheimer recorría la Cuenca Neuquina a caballo, acompañado por un baqueano, algún colega y estudiantes. Levantaba mapas y examinaba estratos en sitios alejados de los centros urbanos. Trabajó además en Mendoza, Río Negro y Chubut, donde estudió regiones como Gastre, Gualjaina, Ingeniero Jacobacci y el valle del arroyo Ñorquinco.

El archivo invisible dentro de las rocas

En 1967 ingresó en la Carrera del Investigador del CONICET y se incorporó a la División Paleobotánica del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia. Bajo la dirección de Carlos Alberto Menéndez, profundizó su formación en paleopalinología y orientó su trabajo hacia el estudio de los climas del pasado.

El procedimiento comenzaba con muestras de rocas sedimentarias que, en el laboratorio, eran sometidas a un tratamiento físico y químico para separar sus componentes. La esporopolenina fósil, una sustancia muy resistente que forma parte de las paredes del polen y las esporas, podía sobrevivir incluso cuando otros materiales desaparecieran. Una vez preparado el material, el microscopio permitía reconocer formas microscópicas asociadas con diferentes grupos vegetales.

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Wolfgang Volkheimer revisa muestras palinológicas al microscopio durante un curso de posgrado dictado en 2004. (Foto: Paula Narváez / IANIGLA-CONICET)

Uno de sus estudios más importantes se concentró en un carbón del Jurásico Medio de Charahuilla, Neuquén. Allí describió 33 géneros y 53 especies de esporas y granos de polen, incluidas varias especies hasta entonces desconocidas.

Otro territorio fundamental fue la cuenca de Cañadón Asfalto, en Chubut. Volkheimer comenzó a estudiarla en la década de 1990 y continuó viajando hasta pasados sus 80 años. Junto con su equipo determinó que parte de la formación correspondía al Jurásico Medio y que otros niveles pertenecían al Jurásico Tardío.

Una escuela científica que continuó su trabajo

En 1984 Volkheimer se trasladó a Mendoza y creó el Programa de Investigaciones en Bioestratigrafía y Paleoecología. A su alrededor reunió un grupo científico integrado inicialmente por jóvenes becarios, varios de los cuales desarrollaron después sus propias carreras dentro del CONICET.

Aunque regresó por un tiempo a Buenos Aires, continuó supervisando al equipo mediante viajes, campañas y publicaciones conjuntas. En 1993 se instaló definitivamente en Mendoza y asumió la dirección del IANIGLA. Un año después también comenzó a dirigir el Museo Argentino de Ciencias Naturales, por lo que durante un período estuvo al frente de dos instituciones separadas por más de mil kilómetros.

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Paula Narváez y Wolfgang Volkheimer durante un muestreo paleontológico en Mallín del Rubio, cerca de Zapala. (Foto: IANIGLA-CONICET)

A lo largo de su carrera publicó más de 110 trabajos científicos y coordinó proyectos internacionales dedicados al Cretácico latinoamericano y a los climas antiguos del hemisferio sur. Fue profesor en las universidades de Buenos Aires, Río Cuarto y del Sur, además de director de tesis y formador de investigadores.

Su trayectoria recibió el Premio Konex en 1983 y el Premio al Mérito Paleontológico de la Asociación Paleontológica Argentina en 1994. Sin embargo, la parte más duradera de su legado quedó en los equipos que formó y en los métodos que ayudó a consolidar dentro de la paleontología argentina.

Volkheimer murió el 23 de marzo de 2018 en Mendoza, a los 89 años.

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