martes, 3 de febrero de 2026

Alemania se asoma como una mega potencia militar. Durante décadas, Europa aceptó un rol secundario en materia de defensa. La producción masiva de munición, los sistemas más complejos y buena parte de las capacidades estratégicas quedaban del lado de Estados Unidos. Ese esquema funcionó mientras el continente operó bajo el paraguas militar norteamericano. Hoy, ese equilibrio empieza a moverse, no porque Europa ya cuente con una defensa plenamente autónoma, sino porque el contexto geopolítico empuja a una transformación acelerada.

La invasión rusa a gran escala de Ucrania en 2022, sumada al giro de la política exterior estadounidense y a la presión explícita para que los aliados asuman mayores responsabilidades, reactivó una pregunta que parecía archivada: si el continente puede armarse sin depender de Washington.

Analistas y funcionarios coinciden en una respuesta con matices. Europa puede avanzar hacia una mayor autosuficiencia, pero el proceso exige tiempo, coordinación industrial y una inversión monumental. Reemplazar el respaldo militar estadounidense implicaría una factura cercana al equivalente de EUR 1.000.000 millones, además de años de adaptación tecnológica y estratégica. Aun así, el cambio ya empezó.

Alemania y el nuevo pulso industrial europeo

El conflicto en Ucrania obligó a los gobiernos europeos a revisar arsenales y cadenas de producción. Durante años, la industria de defensa del continente sufrió dispersión política e inversión insuficiente. Esa etapa quedó atrás. Europa destinó el último año alrededor del equivalente a EUR 560.000 millones a defensa, el doble que hace una década, y las proyecciones indican que hacia 2035 la inversión en equipamiento podría acercarse al 80% del nivel del Pentágono, cuando en 2019 no alcanzaba el 30%.

Ese salto ya impacta de forma concreta en la producción industrial. Las fábricas aumentaron turnos, los grandes grupos ampliaron plantas y aparecieron nuevas empresas especializadas en drones, munición y sistemas terrestres, impulsadas por un respaldo político y financiero que hasta hace pocos años parecía imposible. El ejemplo más visible de este giro es Rheinmetall.

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Militares alemanes durante un ejercicio de entrenamiento con armamento pesado, parte del refuerzo defensivo impulsado desde 2022.

En 2022, la compañía alemana producía cerca de 70.000 proyectiles de artillería por año. Cuatro años después, esa cifra se multiplicó por más de diez y, a partir de 2027, la empresa espera fabricar hasta 1,5 millones de obuses anuales, un volumen que supera la producción total de la industria estadounidense. Desde el inicio de la guerra en Ucrania, Rheinmetall abrió o inició la construcción de 16 plantas nuevas, hoy opera en 13 países de la Unión Europea y prevé inaugurar una fábrica de municiones en territorio ucraniano.

A esa expansión se suman adquisiciones estratégicas. La empresa compró la española Expal por EUR 1.200 millones y la estadounidense Loc Performance por EUR 950 millones. Su cartera de pedidos pasó de EUR 10.000 millones en 2021 a EUR 30.000 millones en 2024, y solo en los primeros tres trimestres del último año recibió encargos por casi EUR 33.000 millones.

Rheinmetall no camina sola. Empresas como Thales, Leonardo, BAE Systems y MBDA también registraron fuertes aumentos de ventas y contratos desde 2022. El dinero empezó a modificar el equilibrio industrial del continente y a reducir, de forma gradual, el peso de los fabricantes estadounidenses en un mercado que todavía representa hasta un 10% de sus ingresos.

Capacidades que avanzan y dependencias que siguen

En algunos rubros, Europa ya compite de igual a igual con Estados Unidos. El continente domina la fabricación de carros de combate, buques y submarinos que se exportan con éxito. El tanque Leopard, los astilleros europeos y el avance de fabricantes de drones en países pequeños como Estonia muestran una base industrial sólida. Si se suman las capacidades productivas de la Unión Europea y Ucrania, Europa podría igualar o incluso superar este año la producción rusa de municiones, algo que parecía imposible cuatro años atrás.

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La estructura militar alemana, en el centro de una causa que sacude a sus fuerzas de intervención rápida.

Sin embargo, la autonomía plena todavía queda lejos. El continente carece de cazas furtivos propios y depende de Estados Unidos para inteligencia satelital, defensa antimisiles, computación militar en la nube y misiles de muy largo alcance. También necesita asistencia técnica para mantener sistemas estadounidenses como el F-35 o los Patriot. A eso se suma un problema estructural: cada país impulsa su propio avión, su propio tanque y su propio buque, una dispersión que diluye recursos, retrasa programas y encarece la producción.

El resultado es un rearme menos eficiente y la obligación de recurrir a proveedores externos. Polonia, por ejemplo, compró equipamiento a Corea del Sur ante la urgencia de reforzar sus fuerzas. Desde Bruselas reconocen estas limitaciones. En su documento “Readiness 2030”, la Comisión Europea describió a la industria de defensa del bloque como incapaz de producir sistemas en las cantidades y tiempos que requieren los Estados miembros, y advirtió sobre la inversión insuficiente y la necesidad de abastecerse más dentro del propio continente.

La brecha también aparece en investigación y desarrollo. Europa invierte alrededor del equivalente a EUR 13.000 millones por año, mientras Washington destina cerca de EUR 145.000 millones. Ese desequilibrio explica por qué el continente todavía queda rezagado en misiles de largo alcance y defensa aérea avanzada.

Una transición lenta hacia mayor autonomía

El debate político acompaña este proceso. El secretario general de la North Atlantic Treaty Organization, Mark Rutte, sostuvo ante legisladores europeos que pensar en una defensa continental sin Estados Unidos resulta irreal. Otros organismos adoptan una mirada menos tajante y hablan de una transición gradual, con proyectos ya en marcha para misiles de largo alcance, constelaciones satelitales y una mayor integración industrial.

Francia y el Reino Unido buscan reducir dependencias específicas, pero durante varios años seguirá siendo inevitable un grado relevante de apoyo estadounidense. No se trata de una ruptura abrupta con Washington, sino de un proceso largo y costoso hacia un modelo más equilibrado.

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