La noche del 23 de diciembre, el estadio del Unión Berlín quedó a oscuras, y entonces miles de velas se encendieron en las tribunas y sobre el césped. No hubo fútbol. Tampoco un espectáculo armado para la televisión. Los hinchas cantaron, levantaron sus bufandas y celebraron una Navidad que sintieron como propia.
Esa escena resume buena parte de la historia del club. El Unión tardó 53 años en llegar a la Bundesliga, sufrió varias crisis económicas y estuvo cerca de desaparecer. Sus simpatizantes lo sostuvieron con plata, trabajo y hasta con su propia sangre. En un fútbol cada vez más dominado por empresas y fondos de inversión, el equipo de Köpenick construyó su identidad con una idea sencilla: el club pertenece a su gente.
El equipo incómodo de Berlín Oriental
Las raíces del Unión se remontan a 1906, pero la institución actual nació el 20 de enero de 1966. La fundación se realizó en el salón de una planta industrial de Oberschöneweide, una zona obrera ubicada en el sudeste de la entonces Berlín Oriental. El nombre fue elegido después de una consulta entre los simpatizantes.
Desde 1920, el equipo juega en el Stadion An der Alten Försterei, que significa “estadio junto a la vieja casa del guardabosques”. Rodeada de árboles y alejada de los grandes edificios del poder, la cancha es el punto de encuentro de obreros, familias y jóvenes de Köpenick.
Hay que subrayar que el fútbol de la Alemania comunista no funcionaba por fuera del Estado. Los clubes estaban vinculados con fábricas, organismos públicos, sindicatos o fuerzas de seguridad, y los dirigentes políticos decidían qué instituciones recibían recursos, instalaciones y mejores jugadores.
Con ese marco, el BFC Dynamo tenía un lugar privilegiado por su vínculo con la Stasi, la policía política de la República Democrática Alemana, y contaba con el respaldo de Erich Mielke, ministro de Seguridad del Estado y una de las figuras más poderosas del régimen. Entre 1979 y 1988 ganó diez campeonatos consecutivos. El Unión representaba otra cosa. Sus tribunas reunían a trabajadores, punks, jóvenes inconformes y ciudadanos que no se identificaban con el club protegido por la Stasi.
Su mayor conquista llegó en 1968, cuando derrotó al Carl Zeiss Jena y ganó la copa nacional. Después alternó entre la primera y la segunda categoría.
Donaron sangre para evitar la desaparición
La caída del Muro de Berlín hizo que las instituciones del este debieron incorporarse a un sistema profesional que exigía patrocinadores, balances ordenados y recursos que muchas no tenían. El Unión quedó relegado a las categorías inferiores y entró en una crisis casi permanente.

En 1993 y 1994 consiguió en la cancha el derecho a subir a la Segunda División, pero las autoridades le negaron la licencia por sus problemas financieros. En 1997 estuvo al borde de la quiebra y los hinchas organizaron marchas y campañas para impedir que el equipo desapareciera. En 2001. Ascendió a la Segunda División, llegó a la final de la Copa de Alemania y se clasificó para la Copa UEFA. Perdió esa definición contra el Schalke 04, pero disputó por primera vez un torneo europeo.
Tres años después, la situación volvió a ser desesperante. Para la licencia de la temporada 2004/05, el Unión necesitaba presentar una reserva de EUR 1,4 millones. Sin ese dinero, podía perder su lugar en el fútbol profesional. La respuesta de los hinchas fue una campaña llamada Sangrar por Unión. Los simpatizantes iban a centros médicos, donaban sangre y entregaban al club el dinero que recibían por hacerlo.
La consigna no era una metáfora: estaban dispuestos a dar sangre para salvar a su equipo.
Pero no todo quedó ahí: hubo un concierto, adelantos de patrocinadores y un amistoso contra el St. Pauli, otro club alemán identificado con una cultura rebelde. Las distintas actividades permitieron reunir cerca de EUR 900.000. El presidente Dirk Zingler pidió un préstamo personal y el empresario Michael Kölmel aportó una suma similar para cubrir lo que faltaba.
El Unión consiguió así la licencia, pero poco después el Alte Försterei necesitó una remodelación profunda para cumplir con las exigencias del fútbol profesional. Otra vez, el club no tenía dinero suficiente para afrontar la obra.
Entre junio de 2008 y julio de 2009, un total de 2.333 voluntarios trabajó sin cobrar en el estadio. Los hinchas retiraron escombros, levantaron estructuras, pintaron sectores y realizaron tareas de construcción. Aportaron más de 140.000 horas de trabajo voluntario, valuadas en más de EUR 4 millones. La cancha quedó lista después de 13 meses.
De 89 hinchas a la Bundesliga
La tradicional Navidad del Unión también nació en diciembre de 2003, cuando el equipo atravesaba una mala campaña y volvía a sufrir problemas económicos. Un simpatizante conocido como EisernTorsten publicó una propuesta en un foro de internet: encontrarse en el estadio para cantar antes de las fiestas. La primera reunión convocó a 89 personas. Los hinchas saltaron las puertas del Alte Försterei, entraron de noche y cantaron villancicos en las tribunas. No había escenario, coro ni organización oficial. Solo algunas velas, vino caliente y la necesidad de terminar juntos un año difícil.

En 2004 participaron más de 300 personas. Al día siguiente, varios regresaron para limpiar la cancha. El encuentro siguió sumando familias y el club comenzó a colaborar con la organización. Se incorporaron un coro, una banda de vientos y un sistema de sonido.
La convocatoria llegó a reunir a 28.500 personas, más que la capacidad habitual del estadio. Para muchos simpatizantes, la Navidad ya no se entiende sin esa noche. Primero se canta en el Alte Försterei. Después llega la reunión en familia.
El gran premio deportivo apareció en mayo de 2019. El Unión terminó tercero en la Segunda División y enfrentó al Stuttgart en la promoción. Empató 2 a 2 como visitante y 0 a 0 en Berlín. La regla del gol fuera de casa le permitió subir por primera vez a la Bundesliga alemana.
Habían pasado 53 años desde la fundación de la institución actual.

Hacé tu comentario