Llegó a Houston después de casi dos años de viaje y más de 26.000 kilómetros recorridos sobre una bicicleta. Cuando la Selección de Alemania goleó 7-1 a Curazao en su debut mundialista, Jakob Alberti no solo celebró el triunfo: también festejó haber cumplido una promesa que se había hecho a sí mismo mucho antes de partir de Alemania.
A los 26 años, este estudiante oriundo de Karlsruhe se convirtió en uno de los aficionados más singulares del Mundial 2026. Mientras miles de hinchas llegaron en avión a Estados Unidos, él eligió una ruta mucho más larga: atravesar cuatro continentes y cerca de treinta países en bicicleta para asistir al torneo.
Un sueño nacido en el living de su casa
La idea surgió varios años antes de la Copa del Mundo. Según relató el propio Alberti, siempre le apasionaron los viajes y el descubrimiento de nuevas culturas. Sin embargo, buscaba una experiencia diferente a los recorridos turísticos convencionales.

“Quería hacer un viaje largo, pero no un viaje normal de mochilero. Me parecía aburrido ir de un lugar turístico a otro en autobús o avión”, explicó en una entrevista concedida a FIFA.com.
La inspiración llegó una noche mientras veía junto a su madre un documental sobre un viajero que recorría África en bicicleta. En ese momento decidió emprender su propia aventura alrededor del mundo. Cuando advirtió que las fechas de la Copa del Mundo coincidían aproximadamente con su itinerario, fijó un objetivo aún más ambicioso: llegar pedaleando hasta el Mundial.
Cuatro continentes, miles de kilómetros y decenas de países
Jakob Alberti partió de la plaza central de Karlsruhe en agosto de 2024 con una consigna sencilla: avanzar siempre hacia el este hasta completar la vuelta al mundo. Durante el recorrido atravesó Austria, los Balcanes, Turquía, Emiratos Árabes Unidos, India, Tailandia y Australia antes de desembarcar en Estados Unidos.

Según distintas entrevistas, recorrió entre 25.000 y 26.000 kilómetros, visitó entre 27 y 28 países y cruzó cuatro continentes. El viaje fue financiado principalmente con los ahorros que reunió durante sus años de estudio y trabajo parcial en los Países Bajos. El único apoyo institucional que recibió fue del Karlsruher SC, el club del que es hincha y cuya camiseta lo acompañó durante toda la travesía.
Los costos totales de la aventura podrían ubicarse entre 30.000 y 40.000 euros, según sus propios cálculos.
Hospitalidad en lugares inesperados
Más allá de los kilómetros, Alberti sostiene que lo más valioso del viaje fueron los encuentros humanos.
Entre los recuerdos que más lo marcaron mencionó la hospitalidad recibida en Irak, donde desconocidos lo detenían para invitarlo a comer o ofrecerle ayuda. También recordó las numerosas muestras de solidaridad que recibió en India, donde era habitual que la gente le pidiera fotografías y se interesara por su historia.

Durante una inundación en Tailandia llegó incluso a permanecer una semana refugiado en una estación de servicio. Lejos de vivir la experiencia como una tragedia, destacó la actitud de los habitantes locales, que lo invitaban diariamente a compartir comidas mientras el agua cubría buena parte de la región.
“Realmente no tuve experiencias negativas”, resumió el joven alemán al repasar el viaje.
La emoción de llegar al Mundial
Si bien le cuesta señalar un único momento culminante de la travesía, Alberti reconoce que su llegada al estadio de Houston ocupa un lugar especial.

“Entrar en bicicleta al estadio fue algo extremadamente emotivo”, declaró tras el triunfo alemán sobre Curazao. “Durante todo el partido tuve una enorme sonrisa y cuando pensaba que había llegado hasta allí en bicicleta, sonreía todavía más”.

El resultado también alimentó sus ilusiones deportivas. Aunque considera que rivales como España, Francia, Argentina y Portugal aparecen entre los principales candidatos, mantiene intacta la esperanza de ver a Alemania conquistar su quinta estrella mundial.
Un viaje que todavía no terminó
La Copa del Mundo representa apenas una escala dentro de una aventura mucho más extensa. Durante el torneo, Alberti dejó su bicicleta al cuidado de una familia anfitriona en Houston y planea seguir a la selección alemana utilizando trenes, autobuses, vehículos compartidos o incluso haciendo dedo.

Después del Mundial retomará el pedaleo para completar el círculo y regresar al punto donde comenzó todo: la plaza de Karlsruhe. Su historia demuestra que, para algunos aficionados, el fútbol sigue siendo mucho más que un resultado. Es también una excusa para explorar el mundo, conocer otras culturas y comprobar que, a miles de kilómetros de casa, una camiseta puede abrir tantas puertas como un pasaporte.




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