sábado, 17 de mayo de 2025

Von Julia Wobken (*)

Buenos Aires – Hace unas semanas fuimos a cenar a la casa de unos amigos. Se habían mudado y nos mostraron orgullosos su nuevo hogar. En la cocina había un lavavajillas. Nosotros, felices dueños de este fantástico aparato, los felicitamos. “Si, igual lo usamos solo cuando hay visitas.”

No lo podíamos creer. El nuestro nos ahorra siempre tiempo y discusiones. Metemos todo, incluso cuchillos y sartenes. Si no sobrevive, no merece estar en casa. De hecho buscamos un departamento adecuado para el lavajillas. ¿La razón? Distinto a Alemania, las cocinas en la Argentina no prevén el espacio necesario. Además son carísimos: El modelo más barato cuesta el doble de lo que sale en mi patria. Por eso es entendible que alguien no lo tenga, pero ¿tenerlo y no usarlo? ¡Inconcebible!

Por otro lado, coincide con discusiones que he llevado con amigos. Los que podrían comprar uno, no lo hacen. “¿Para qué? Si somos solo dos” y luego se pasan media hora lavando. Más, si hay visitas. Y, ¿los que tienen uno? ¡Casi no lo usan! Prefieren hacerlo ellos o que lo haga su empleada.

En Alemania, el 74,6 % de los hogares tenía lavavajillas en 2022 y se vendieron 2,3 millones de ejemplares en 2023. En la Argentina no figuran en la estadística: Son unificados en un grupo de otros electrodomésticos. Alrededor de 100.000 aparatos de ese grupo se vendieron en 2023. ¿Por qué nadie lo quiere?

Vajilla, platos, producción
El eterno desafío. (Foto: captura).

¿Un monstruo electrodoméstico?

Descubrí que, en la Argentina, el lavavajillas tiene mala fama. Hasta en redes se sigue discutiendo su practicidad. Se piensa que no limpia bien. Que hay que darle un prelavado a los platos. Que usa mucha agua, que gasta mucha energía. Pero en realidad todo lo contrario es la verdad. Quizás todos los argentinos en colectividad probaron el primer modelo del aparato cuando recién salió, decidieron en unísono que no les gustó y juraron para la eternidad, nunca más comprar ese monstruo de electrodoméstico. 

Yo, en cambio, crecí con él. Casi todas las familias en mi entorno tenían uno, hasta mis abuelos. En mis departamentos baratos de estudiante había uno. Una vez hasta lo habían instalado en el baño porque en la cocina no había espacio. Pero eso era claro: no podía faltar.

Lo extrañé mucho cuando me mudé a Argentina y cuando finalmente tuve la posibilidad de buscarme un hogar que tuviera el espacio para instalarlo, fue lo primero que compré. Lo instalamos antes de mudarnos. A veces lo prendo 2 veces por día. Si estoy sola, acumulo durante 3 días. Pero lo uso. Siempre.

Mientras descanso tranquila en mi cama, la máquina lava por mi. Ya convenceré a los demás. No saben lo que se pierden.

(*) Julia Wobken visitó la Argentina a los 19 años por primera vez. Aprendió español en Tucumán y trabajó como voluntaria en la Fundación León. Tiempo más tarde estudió en Buenos Aires, donde vive, trabaja y escribe desde hace nueve años. En su columna para el Argentinische Tageblatt comparte pequeñas y grandes experiencias (y desafíos) cotidianas que marcan la vida de una joven inmigrante alemana en la Argentina de este acelerado Siglo XXI.

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