En la ruta entre Córdoba y Alta Gracia, un ala de hormigón de 82 metros corta el paisaje serrano como si hubiera caído del cielo. El Ala, así se llama el mausoleo que Raúl Barón Biza mandó construir en 1936 en memoria de su esposa Myriam Stefford, supera en altura al Obelisco de Buenos Aires —que mide 68 metros— y es uno de los monumentos privados más grandes del país.
En Argentina, su historia es ampliamente conocida: libros, películas y leyendas urbanas la mantienen viva desde hace décadas. En Suiza, en cambio, casi nadie sabe que el monumento honra a una mujer nacida en Berna en 1905 cuyo verdadero nombre era Rosa Martha Rossi. Una vida breve, agitada y en parte inventada que terminó en un accidente aéreo en el desierto sanjuanino y que dejó una huella de hormigón en el corazón de la Argentina.
Una bernesa que se reinventó en París
Rosa Martha Rossi nació en Berna el 30 de octubre de 1905, hija de un empleado de origen italiano que trabajaba en una fábrica de chocolates y de un ama de casa de origen alemán. Poco se sabe de su infancia. En 1924, con 19 años, dejó la capital suiza y viajó a París. Las razones permanecen oscuras: fuentes argentinas sostienen que huyó de su casa; historiadores suizos sospechan conflictos familiares o una relación no deseada.

Tampoco está claro de qué manera se ganaba la vida en la Ciudad Luz ni cómo conoció al millonario argentino Raúl Barón Biza, escritor maldito, dandy, provocador y sibarita, nacido en Buenos Aires en 1899 en el seno de una familia latifundista.
Fue Barón Biza quien le dio forma a la leyenda. En su propia revista, en 1926, la presentó al mundo como Myriam Stefford: una estrella cinematográfica en ascenso con papeles en películas alemanas de la productora UFA.
Hoy sabemos que esa carrera fue en gran medida una fabulación: su nombre no figura en archivos cinematográficos ni en padrones teatrales. Incluso la boda que se anunció en la prensa en Venecia resultó difícil de verificar: décadas después no se encontró ningún registro correspondiente en el registro civil. Cuando Stefford llegó a Argentina en 1928, fue inscripta como trabajadora soltera.
Aviadora, baronesa y figura de la alta sociedad
A pesar de las sombras sobre su pasado, Myriam Stefford se convirtió en una figura de primer orden en la Argentina de los años 30. Se movía en los círculos más encumbrados de Buenos Aires y Córdoba, alternaba entre una mansión art decó en Recoleta y la estancia Los Cerrillos, cerca de Alta Gracia, y organizaba fiestas de alta sociedad con extravagancias que la prensa seguía con deleite. Barón Biza y ella se casaron finalmente en Venecia el 26 de septiembre de 1930, con una ceremonia en el Palacio Daniele y una recepción en el Hotel Excelsior.

Pero el gran proyecto de Stefford fue la aviación. En 1931 obtuvo su brevet (licencia) de piloto —el número 358—, convirtiéndose en una de las primeras mujeres de Argentina en lograrlo.
Apenas semanas después anunció una hazaña sin precedentes: unir 14 capitales provinciales en un pequeño avión biplaza de madera de pino, un Messerschmitt BFW con motor de 80 caballos bautizado Chingolo. Stefford partió desde el aeródromo de Morón el 18 de agosto de 1931, acompañada por su instructor de vuelo, el piloto alemán Ludwig Fuchs, veterano de la Primera Guerra Mundial. El plan era cubrir 4.100 kilómetros en cuatro días.
El vuelo final y la muerte en el desierto
El recorrido fue desde el inicio una acumulación de contratiempos. En Salta, un aterrizaje forzoso contra un alambrado averió el avión. Stefford consiguió un segundo biplaza -el Chingolo II- y continuo. El 26 de agosto de 1931, a los ocho días de haber partido, la aeronave se estrelló cerca de Marayes, en una zona desértica de la provincia de San Juan. Stefford tenía 25 años. Fuchs también murió en el accidente.

Los cuerpos fueron trasladados en tren hasta Buenos Aires y velados, a cajón cerrado, en el Centro de Aviación Civil. Al día siguiente, una multitud acompañó los féretros en carruajes tirados por caballos hasta el cementerio de la Recoleta. El de Stefford, cubierto de orquídeas, fue depositado en el panteón de la familia Barón Biza.
Las causas del accidente nunca quedaron del todo claras. Algunos hablaron de una bolsa de aire; otros especularon con el sabotaje. La leyenda más siniestra —que circuló desde el primer momento y persiste hasta hoy— sostiene que Barón Biza había intervenido el Chingolo II para que fallara en pleno vuelo, convencido de que Stefford y Fuchs eran amantes. Ninguna investigación lo probó jamás.

El monumento: 82 metros de hormigón y un diamante entre los cimientos
Convencido de que la muerte joven fijaba a Stefford en su belleza eterna, Barón Biza decidió honrarla con una obra arquitectónica sin precedentes. Primero hizo erigir un monolito de 14 metros en el lugar del accidente, en el desierto sanjuanino, con un fragmento de Petrarca grabado en una de sus caras: “Un bel morir tutta la vita onora” —una bella muerte honra toda una vida. Luego fue por algo mucho mayor.
En 1935 le encargó al ingeniero Fausto Newton la construcción de un mausoleo colosal en Paraje Los Cerrillos, a mitad de camino entre Córdoba y Alta Gracia. La obra, a cargo de unos cien obreros polacos y argentinos, comenzó el 26 de agosto de 1935, en el cuarto aniversario de la tragedia, y estuvo lista un año después.

El Ala fue inaugurada el 30 de agosto de 1936, superando en altura al Obelisco porteño, inaugurado ese mismo año. En su cripta, a seis metros de profundidad, fue depositado el féretro de Stefford, cubierto por una reja de acero. Entre los cimientos —según la leyenda— una caja de acero encierra sus joyas, entre ellas un diamante de 45 quilates llamado Cruz del Sur que Barón Biza le había regalado en Venecia. Una lápida de mármol negro advierte: “Maldito sea el que profane esta tumba”.
El final oscuro de Barón Biza y el olvido del monumento
La vida de Barón Biza después de Stefford fue una lenta y violenta caída. Se casó en secreto con Clotilde Sabattini, hija del gobernador radical de Córdoba, que tenía 17 años cuando contrajo matrimonio. El 16 de agosto de 1964, en pleno proceso de divorcio, le arrojó ácido sulfúrico al rostro y la desfiguró de manera permanente. Al día siguiente se suicidó de un disparo en la cabeza.
Años después se quitarían la vida también Clotilde, su hija María Cristina y su hijo Jorge —periodista y autor de la notable novela El desierto y su semilla—, convirtiendo a la familia Barón Biza en una de las sagas más trágicas de la historia argentina.
El Ala, mientras tanto, fue cayendo en el abandono. El monumento fue vandalizado y saqueado en busca de las joyas legendarias; la tumba, profanada. El clima serrano deterioró el hormigón. Hoy sigue en pie, imponente y fantasmal, muy conocida en la Argentina pero prácticamente ignorada en Suiza.
La Embajada helvética incluyó a Stefford en una campaña sobre mujeres suizas en América Latina en 2021, pero el mausoleo no ocupó un lugar central. A casi nueve décadas de su inauguración, El Ala sigue siendo sobre todo un memorial local: el testimonio de una vida que cruzó el Atlántico, inventó su propia leyenda y la dejó grabada en 82 metros de hormigón serrano.







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