viernes, 5 de abril de 2024

Buenos Aires (AT) – Argentina, se dice, es un lugar de tierra fértil donde las comidas y bebidas son variadas y de calidad. Un lugar bendecido por sus vinos, carnes y aceites, pero en especial por el talento de su gente. Si los argentinos viviesen sobre tierra por completo árida e inhóspita, de seguro encontrarían la manera de producir allí también. De algún modo es lo que pasa en Chilecito, La Rioja, un desierto de arena donde, sin embargo, la empresa Valle de La Puerta produce vinos, nueces y derivados del olivo que se venden en todo el mundo.

En diálogo con Argentinisches Tageblatt, Julián Clusellas, presidente y CEO de Valle de La Puerta, explica que tanto él como el resto de los productos de la zona son “todos regantes electrodependientes, esto quiere decir que no tenemos precipitaciones, en Chilecito caen apenas 150 milímetros de lluvia, estamos a mil metros sobre el nivel del mar”. Julián asegura que se necesitan unos 700.000 milímetros por año por hectárea, lo cual a su vez precisa de entre 6000 y 9000 kilowatts por hectárea por año. “No hay agua de superficie, no hay ríos, y tenemos que ir a buscarla entre 100 y 150 metros de profundidad con perforaciones que tienen 300 metros”.

La finca, entonces, se enfrenta a condiciones climáticas extremas: aridez, altura y baja de cantidad de lluvias. Pero eso no frena el empuje característico de los argentinos. Allí donde algunos pueden ver problemas, los emprendedores, empresarios y trabajadores nacionales abrazan la innovación y la sostenibilidad a la vez que logran productos inéditos en el mundo. Tal es el caso de Julián y Valle de La Puerta, pero también de Joaquín Carballo Querio, ingeniero ambiental que es Director de Sostenibilidad en SAP Latinoamérica y hace un tiempo se sumó a los proyectos de Julián.

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Julián Clusellas, CEO de Valle de La Puerta (foto: La Nación)

“Con Julián nos conocemos hace muchos años, desde cuando en 2017 me ofreció hacer mi tesis de grado como ingeniero ambiental”, dice Joaquín, que llegó a una empresa ya desarrollada con sus olivos y viñedos, pero que nunca supo qué hacer con los restos de su producción. Dice Julián que “los subproductos son muchos en una empresa como la mía, con mil hectáreas plantadas, tenemos ocho millones de kilos de podas, cuatro millones de kilos secos de orujo de la producción de aceite de oliva, casi un millón de kilos de orujos de la producción de vinos…”. Orujo se le dice a las sobras, a lo que queda después de extraer el aceite. Según los cálculos de Julián, de diez millones de kilos de aceitunas se sacan un millón y medio de kilos de aceite; lo demás son ocho millones y medio de kilos de orujo; de ahí, el 40 por ciento es orujo seco y el 70 por ciento es orujo húmedo, es decir agua.

Esa es mucha, muchísima cantidad de orujo. Y en especial un problema y un costo enorme. Sin embargo, para Julián donde hay un desierto puede haber viñedos y olivares, y donde hay un costo y un problema existe una nueva oportunidad. “Hace unos diez años”, dice, “ya empezamos a hablar sobre qué hacer con toda esa biomasa, y yo hice un proyecto para que nos unamos todos los productores del Valle”.

En Chilecito, el agua hay ir a buscarla entre 100 y 150 metros de profundidad con perforaciones que tienen 300 metros

Julián Clusellas (CEO de Valle De la Puerta)

Durante este tiempo se intentó de todo. Lo más fácil para sacarse el orujo de encima es quemarlo, pero para Julián “quemar siempre estuvo muy mal visto porque larga dióxido de carbono a la atmósfera”. Entonces intentaron tirarlo sobre los caminos para generar una especie de asfalto. “Pero tampoco funcionó”, dice Julián, “era un enchastre de aceite porque tiene mucho residuo”. Después pensaron en incorporar el orujo al cultivo; sin embargo el aceite resulta perjudicial, “y ahí empezamos a trabajar en un proyecto para hacer una planta de generación eléctrica con toda la biomasa del Valle. El proyecto lo presentamos en ENARSA y hasta llegamos a licitar, pero no salimos elegidos”.

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Los orujos son los restos de la producción del olivo.

Desde ya, a todos estos inconvenientes hay que sumarles los de vivir y producir en Argentina, donde una tarifa de electricidad altamente subsidia perjudica producciones sostenibles. Para Julián, “en la medida que la energía eléctrica está subsidiada, o como lo estaba hasta un mes o dos, cualquier proyecto no es lógico desde el punto de vista económico, porque la tarifa eléctrica era muy barata; ya en el periodo de (Mauricio) Macri no estuvo tan subsidiada, pero después enseguida vino (Alberto) Fernández y de nuevo se subsidió muy fuerte, entonces nadie quería hacer inversiones, ni para fotovoltaica”. Por eso, asegura, el proyecto nunca fue viable.

En busca de alternativas sustentables

Otro dicho tan popular como cierto: quien busca, encuentra. Aunque más exacto sería decir: quien no busca, seguro no encuentra. Pero siempre algo se encuentra, a veces lo deseado, a veces lo necesario. Julián y su empresa, por lo tanto, no se detuvieron y siguieron buscando alternativas. ¿El resultado? Construyeron la primera planta de pellets con madera de olivo no sólo en Argentina, sino en todo el mundo.

Una planta de pellets es una instalación industrial diseñada para la producción de pellets, un tipo de biocombustible sólido que se genera a partir de materiales biológicos renovables, como la madera, los residuos agrícolas y forestales, entre otros. Estos pellets se utilizan luego como una fuente de energía renovable en calefacciones hogareñas y en plantas de energía. Hoy en día, en toda Europa es una gran fuente alternativa al gas, porque cuesta la mitad y no contamina. “Nosotros”, dice Julián, “hicimos eso pero con madera de olivo, fuimos asesorados por el INTI con tecnología argentina”. El Laboratorio de Biocombustibles del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) brindó asistencia técnica, pero por ahora la madera del olivo sigue siendo demasiada dura para las máquinas.  

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El interior de las instalaciones de Valle de La Puerta.

Aunque todavía Julián cree que se puede ablandar esa madera, se topó con la idea de hacer biofertilizantes con el orujo: “Nos trajimos una máquina de Europa que es capaz de guardar todos los restos de la poda del olivo, más mi vecino de enfrente que tiene guano de gallina, que me lo dio a cambio de que yo le dé servicios de reparación de sus caminos y galpones”. Con eso, Valle de La Puerta desarrolló un biofertilizante de alta calidad con agregado de fósforo, nitrógeno y potasio, pero ahora también buscan una versión orgánica. “De cualquiera manera, lo cierto es que en este momento gran parte del orujo es ya transformado en biofertilizante”, dice Julián.

Un viaje a China, una nueva oportunidad

Al momento de realizar la entrevista, Julián recién había regresado de China por un viaje de negocios. Allí, en un hotel de Chenlu, provincia de Shaanxi, una mañana se acercó a la máquina de café del hotel para servirse el desayuno. Pero la máquina estaba rota, o al menos así le dijo hombre en perfecto español. Su nombre era Lorenzo y tenía trescientas hectáreas de viñedos orgánicos en España. Y no sólo eso: con el orujo de las uvas más agregados producía bioalimento balanceado. Sin dudarlo, le ofreció a Julián asesoramiento gratuito. “Yo estaba trabajando con dos empresas de Argentina para hacerlo, pero este señor lo estaba vendiendo muy bien, a trescientos euros la tonelada”.

El orujo, entonces, se convierte en fertilizante y alimento, pero hay un tercer producto de suma importancia: el biocarbón. Para Julián, es “un producto que hoy es muy importante porque, primero, le doy un destino a  la madera gruesa del olivo, que tiene cuatro mil seiscientas kilocalorías por tonelada, y si vos lo carbonizás pasa a siete mil trescientas”. La empresa ya trabajó junto a la Universidad de La Plata para tener esos datos concretos, “pero nosotros”, dice Julián, “lo queremos carbonizar no con un método normal, porque eso sería tirar dióxido de carbono a la atmósfera, sino a través de unos hornos pirolíticos que usan el gas pobre que emiten los hornos  de carbón en un loop: entra en una cámara de combustión y sale el combustible para quemar el carbón”. Como resultado, lo único que se emite a la atmósfera es humedad, vapor de agua.

Este carbón se puede enterrar así como está y eso ya mejora la retención de agua en el suelo. Joaquín dice que “esto es muy importante en La Rioja porque es todo arena: vos tirás una gota de agua y se va directo al fondo; pero el carbón fija la humedad y favorece cualquier desarrollo vegetal”. El objetivo final es obtener el certificado de huella de carbono, algo para lo que Valle de La Puerta trabaja desde hace años con el INTI. Y no sólo en la empresa, sino en toda la cadena olivícola.

Objetivo: productos sin huella orgánica

La huella de carbono es un término cada vez más relevante en el contexto de la preocupación global por el cambio climático. Se refiere a la cantidad total de gases de efecto invernadero, principalmente dióxido de carbono, liberados directa o indirectamente por una actividad, producto o individuo.  Se calcula teniendo en cuenta todas las etapas de un producto o proceso, desde la extracción de materias primas hasta su disposición final, incluyendo la producción, el transporte y el uso.

En La Rioja es todo arena: vos tirás una gota de agua y se va directo al fondo; pero el carbón fija la humedad y favorece cualquier desarrollo vegetal

Joaquín Carballo (ingeniero ambiental)

Conocer la huella de carbono es fundamental para tomar decisiones más sostenibles y reducir el impacto ambiental. Junto al INTI, Julián dice que ya pueden medirla en aceites de oliva y aceitunas. Pero la sustentabilidad no es un acto meramente ecológico, sino algo fundamental para los negocios futuros. Julián, por ejemplo, hace poco certificó “el crecimiento sustentable para el sector olivícola, y parte de eso es medir la huella de carbono, porque en la normativa 2028 de Estados Unidos y la Unión Europea se fija que aquellos productos que no sean trazables no van a poder ser vendidos en muchas de las cadenas de comercialización”. Joaquín agrega que “a partir de 2026 se va a poner un impuesto a la huella de carbono, entonces más que nunca ya estamos trazando líneas de negocio para cada desecho, que ahora no se llaman más desecho sino productos semielaborados”.

Por lo tanto, la perspectiva de los negocios sostenibles no solo evidencia un compromiso con el medio ambiente, sino también una estrategia para garantizar la rentabilidad y la competitividad en el largo plazo. En la situación actual, un futuro no sostenible tampoco es viable desde lo económico. Por eso es tan importante para el país que empresas como Valle de La Puerta y otros productores regionales muestren sus capacidades para sobresalir en un entorno desafiante que, ya sea en tierra árida o fértil, podría llevarnos a una Argentina líder en un mundo más floreciente y sustentable.

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