En una iglesia medieval del este de Alemania, un órgano mantiene desde hace casi 25 años una interpretación que desafía cualquier idea habitual sobre un concierto. No existe un director siguiendo el tiempo con sus manos. Tampoco hay músicos sentados durante horas frente al instrumento.
Este miércoles 5 de agosto ocurrió algo excepcional, porque el órgano cambió de acorde. Una nueva tubería A4 se sumó al instrumento y la combinación pasó de siete notas a ocho. El movimiento duró apenas unos instantes, pero marcó un nuevo paso dentro de una obra cuya ejecución completa necesitará 639 años.
El escenario es la iglesia Burchardi, en Halberstadt. Allí se interpreta ORGAN²/ASLSP, una pieza del compositor estadounidense John Cage cuyo nombre deriva de la expresión “As SLow aS Possible”. La consigna fue tomada de manera casi literal: tocarla tan lentamente como resulte posible.El proyecto calcula que la música llegará a su última jornada el 4 de septiembre de 2640. Después de un cuarto de siglo, apenas se completó alrededor del 4% de la interpretación.
Un acorde que puede permanecer durante años
El concierto comenzó formalmente el 5 de septiembre de 2001, fecha en la que Cage habría cumplido 89 años. Sin embargo, quienes estuvieron presentes aquel día no escucharon música. La primera parte de la interpretación era silencio y esa pausa se extendió durante casi un año y medio.
Los primeros sonidos recién aparecieron el 5 de febrero de 2003. Desde entonces, un sistema eléctrico impulsa aire de manera permanente hacia los tubos para sostener las notas. El órgano no necesita que una persona mantenga presionadas las teclas durante las 24 horas. La maquinaria permite que el sonido continúe día y noche dentro del edificio.
Los cambios se realizan de manera manual. En algunas ocasiones se agrega un tubo y aparece una nota nueva. En otras, una de las notas se elimina. También existen períodos de silencio previstos por la propia interpretación.
La modificación de este miércoles fue apenas el cambio número 17 desde el inicio. La incorporación del tubo A4 transformó un acorde de siete notas en otro de ocho. La próxima intervención ya tiene fecha: será el 5 de octubre de 2027. Ese día se liberará el tubo E4 y el sonido volverá a reducirse.
Cada cambio atrae visitantes hasta Halberstadt. No se trata solamente de escuchar una nueva combinación musical. El espacio modifica la experiencia. Las vibraciones recorren la iglesia y el sonido cambia según el punto desde el cual se lo escucha.
Jeffrey Lependorf, director ejecutivo del John Cage Trust de Nueva York, explicó que la música puede sentirse en todo el cuerpo. También señaló que desplazarse apenas dentro de la iglesia permite percibir diferencias evidentes en el sonido. Para Lependorf, la sensación es casi inversa a la de un concierto tradicional: parece que el órgano estuviera tocando a la iglesia.
Por qué la obra terminará en el año 2640
La duración no surgió de una cifra elegida al azar. El origen se encuentra en la propia historia musical de Halberstadt. En 1361 se instaló allí un órgano que ocupa un lugar importante dentro del desarrollo histórico de ese instrumento. Cuando el proyecto dedicado a Cage comenzó a organizarse en 2000 habían transcurrido exactamente 639 años.
Los responsables decidieron trasladar esa distancia temporal a la interpretación. Si entre aquel órgano de 1361 y el proyecto moderno existían 639 años, la nueva ejecución también debía durar 639 años. Así quedó fijado el período entre 2001 y 2640.
Cage nunca estableció una duración semejante. El compositor, nacido en Los Ángeles en 1912 y fallecido en Nueva York en 1992, dejó como indicación que la pieza debía ejecutarse de la manera más lenta posible. Esa instrucción abrió una pregunta difícil de responder: qué significa realmente “lo más lento posible”.

La versión de Halberstadt decidió llevar esa pregunta hasta un extremo material. El tiempo musical dejó de medirse en segundos o minutos. La unidad mínima adoptada por el proyecto equivale aproximadamente a un mes. Algunos sonidos y pausas, en cambio, pueden extenderse durante varios años.
La propuesta encaja con la obra de John Cage, una figura central de la vanguardia estadounidense del siglo XX. Su trabajo cuestionó repetidamente la frontera entre música, ruido y silencio. También convirtió el azar, la duración y el ambiente en elementos de la composición.
El caso más conocido es 4’33”, una obra en la que los intérpretes no ejecutan notas durante cuatro minutos y 33 segundos. La atención se desplaza entonces hacia los sonidos del entorno. En Halberstadt ocurre algo diferente, pero permanece una pregunta similar: dónde termina la obra y dónde empieza el espacio que la contiene.
La Burchardi también cambió gracias al proyecto. El edificio medieval se encontraba muy deteriorado y buena parte de su estructura necesitaba reparaciones. La iniciativa permitió reunir dinero para colocar un nuevo techo y realizar trabajos que hicieron posible albergar una ejecución pensada para sobrevivir durante siglos.
Entradas para un final que nadie de hoy podrá ver
La duración convirtió a ORGAN²/ASLSP en una obra que depende de personas que todavía no nacieron. Quienes administran actualmente el proyecto Cage saben que apenas ocupan un pequeño tramo de una cadena que deberá continuar durante generaciones. Su tarea no es llegar al final. Es entregar el instrumento y la organización a quienes vengan después.
Esa lógica obliga a pensar en problemas que exceden la música. Los responsables se preguntan si la iglesia seguirá en pie dentro de varios siglos, cómo cambiará Halberstadt y qué condiciones deberá enfrentar el edificio. La obra sobrevivió por ahora poco más de dos décadas. Todavía le quedan más de seis siglos.

El constructor de órganos Johannes Hüfken sostiene que los tubos fabricados para el proyecto pueden resistir al menos otros 500 años. La estructura fue pensada con una perspectiva muy distinta a la de un instrumento destinado a una temporada de conciertos. Incluso sus piezas deberán convivir con generaciones de restauradores y responsables que nunca conocerán a quienes iniciaron el proyecto.
La organización llevó esa idea hasta las propias entradas. Ya se comercializan los llamados “tickets finales” para asistir a la conclusión prevista para el 4 de septiembre de 2640. Cuestan EUR 2.640 y pueden heredarse. Quien compre uno hoy no podrá utilizarlo, pero sí transmitirlo a sus descendientes.
La propuesta funciona como una especie de contrato con el futuro. Una entrada adquirida en el siglo XXI podría pasar de familia en familia durante centenares de años hasta llegar, en teoría, a una persona capaz de presentarla en la iglesia. Para que eso ocurra, también deberán sobrevivir el proyecto, el edificio, la ciudad y el propio sistema que reconozca ese derecho de ingreso.



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