Si mañana sonara una alarma de emergencia en Suiza, millones de personas sabrían exactamente adónde dirigirse. No tendrían que improvisar. No dependerían de gimnasios, escuelas o edificios públicos acondicionados a último momento. En la mayoría de los casos, dispondrían de un búnker o un refugio nuclear a pocos minutos de distancia.
La imagen parece sacada de otra época. Sin embargo, sigue siendo una realidad. Mientras gran parte de Europa dejó atrás las infraestructuras construidas durante la Guerra Fría, Suiza mantiene una de las redes de refugios nucleares más extensas del planeta. Ahora, además, el gobierno federal decidió invertir millones para modernizar instalaciones que superan los 40 años de antigüedad.
La medida busca adaptar un sistema concebido para enfrentar una guerra nuclear a un escenario internacional muy diferente, pero que las autoridades consideran cada vez más impredecible.
El país que nunca abandonó los búnkeres
La historia comenzó en 1963. En pleno enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, el Parlamento suizo aprobó una ley que obligó a garantizar espacios protegidos para todos los habitantes del país.
La normativa estableció que cada nueva vivienda debía incorporar un refugio nuclear o contribuir económicamente a la construcción de instalaciones públicas. El objetivo era simple: asegurar que toda la población tuviera acceso a protección ante un eventual conflicto nuclear.

Pocos países llevaron tan lejos esa idea. Décadas después, Suiza conserva una capacidad de cobertura que prácticamente alcanza a todos sus habitantes. La disponibilidad varía según la región, pero sigue siendo una de las más altas del mundo.
Los municipios y cantones mantienen planes específicos para distribuir a la población en los distintos refugios disponibles. La legislación también establece tiempos máximos de acceso. En las zonas de valle, cualquier persona debería poder llegar a un refugio caminando en menos de 30 minutos. En las áreas montañosas, el plazo puede extenderse hasta una hora.
La infraestructura incluye además hospitales protegidos, puestos sanitarios subterráneos y otras instalaciones diseñadas para mantener servicios esenciales durante una crisis.
Los refugios están en todas partes y muchos ya no parecen refugios
La mayoría de las personas imagina un búnker como una construcción aislada y oculta bajo tierra. En Suiza, la realidad es bastante diferente. Muchos de los espacios destinados a la protección civil forman parte de la infraestructura cotidiana del país.
Existen estacionamientos subterráneos, túneles y estructuras urbanas que pueden transformarse rápidamente en refugios mediante el cierre de puertas blindadas y sistemas de aislamiento hermético. Algunas de estas instalaciones tienen capacidad para albergar a miles de personas.

A pesar de esto, la ausencia de emergencias durante décadas provocó que muchos refugios encontraran nuevos usos. Algunos se convirtieron en depósitos. Otros funcionan como bodegas para almacenar vino. También existen espacios utilizados como talleres, salas de reuniones e incluso lugares para celebraciones privadas.
Empresas especializadas en la renovación de búnkeres nucleares relataron casos especialmente curiosos. Entre ellos aparece el hallazgo de hornos de cerámica instalados dentro de refugios originalmente diseñados para resistir ataques nucleares.
La legislación permite estos usos alternativos, pero con límites muy estrictos. Las paredes reforzadas, las puertas blindadas y los sistemas de ventilación deben mantenerse intactos para garantizar que las instalaciones puedan volver a funcionar cuando sea necesario.
Qué pasaría si Suiza tuviera que utilizarlos mañana
Aunque los refugios permanecen cerrados en tiempos normales, el sistema sigue activo. Si el gobierno federal ordenara su puesta en funcionamiento, las autoridades locales tendrían pocos días para prepararlos.
El procedimiento incluye vaciar los espacios utilizados para otros fines, instalar camas, revisar los sistemas de ventilación y acondicionar las instalaciones para recibir a la población. Según responsables de la protección civil suiza, ese proceso puede completarse en aproximadamente cinco días.
Los refugios fueron diseñados para soportar escenarios extremos. La infraestructura debe resistir radiación nuclear, ataques químicos, derrumbes provocados por explosiones y el impacto de proyectiles.
Los sistemas de filtrado permiten mantener condiciones mínimas de habitabilidad durante unos 14 días. Ese período fue calculado teniendo en cuenta la reducción progresiva de la radiación presente en el exterior después de una explosión nuclear.
La experiencia, sin embargo, estaría lejos de ser cómoda. La normativa establece que cada persona debe disponer de al menos un metro cuadrado de espacio dentro del refugio. También sería necesario contar con reservas suficientes de agua potable, alimentos y suministros básicos.
Por qué Suiza decidió invertir millones para renovarlos
Tras el fin de la Guerra Fría, algunos sectores cuestionaron la necesidad de seguir destinando recursos a una infraestructura concebida para un escenario que parecía cada vez más lejano. Incluso se discutió la posibilidad de eliminar la obligación de construir nuevos refugios. Finalmente, la normativa fue flexibilizada, aunque el modelo nunca desapareció.
Ahora, el gobierno federal considera que llegó el momento de modernizar las instalaciones más antiguas. Muchas superan los 40 años de uso y requieren actualizaciones para mantener su capacidad operativa. Parte de los recursos provendrá de un fondo acumulado mediante las contribuciones pagadas por propietarios que no construyen refugios privados cuando la normativa lo exige. Actualmente, ese fondo reúne alrededor de CHF 880 millones, equivalentes a unos EUR 962 millones.
Además, las autoridades aumentaron recientemente la contribución exigida en regiones con déficit de plazas. El monto puede alcanzar CHF 1.400 por persona, aproximadamente EUR 1.530. El dinero será utilizado para renovar refugios nucleares, actualizar sistemas de seguridad y garantizar que la red siga funcionando durante las próximas décadas.



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