domingo, 2 de agosto de 2026

En noviembre de 2025, Peter Seibt volvió a hablar del ferrocarril en el Museo Histórico Juan Meisen Ebene de Puerto Madryn. Tenía 87 años y estaba en un edificio que alguna vez formó parte del mundo ferroviario que marcó su juventud. La charla llevaba una pregunta directa: “¿Por qué no tenemos ferrocarril?”. Para él no era un asunto abstracto. Había trabajado en aquellos talleres hasta el cierre de la línea, en octubre de 1961.

La escena condensa buena parte de su vida. Peter Seibt nació en Alemania, llegó a la Patagonia sin saber castellano, aprendió un oficio junto a su padre y presenció la transformación de un pueblo de pocos miles de habitantes en una ciudad. Con el tiempo se convirtió en ebanista, investigador y defensor del patrimonio del lugar. Su historia no quedó detenida en la inmigración. Es también la historia de una integración construida mediante el trabajo y la participación comunitaria.

De Dresde a un pueblo junto al mar

Seibt nació en Dresde en 1938, un año antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Pasó allí toda la guerra. Su padre, Erich, era agrimensor y fue enviado al frente, donde permaneció cinco años como prisionero de los soviéticos. Peter contó que recién pudo conocerlo de verdad cuando tenía alrededor de 11 años.

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La antigua estación ferroviaria de Puerto Madryn, uno de los edificios ligados a la historia que Peter Seibt ayudó a preservar. (Foto: Canal 12 Web)

Después de la guerra, la familia salió de Dresde y pasó cerca de un año en Berlín mientras tramitaba el ingreso a la Argentina. Vivieron en un centro para refugiados y debieron trasladarse desde la zona soviética hacia el sector controlado por los aliados. Un tío de Peter, Hermann von Buxhoeveden, ya residía en Puerto Madryn y colaboró con las gestiones. Era gerente de la Barraca Lahusen, una empresa vinculada con el comercio lanero.

El viaje comenzó en Hamburgo a bordo del Maipú, un barco argentino de la empresa Dodero. La familia llegó a Buenos Aires el 16 de julio de 1951. Luego siguió en tren hasta San Antonio Oeste y completó el trayecto hacia Puerto Madryn en un transporte que circulaba por una huella de tierra. Peter tenía 13 años.

Peter Seibt, Puerto Madryn
Peter Seibt en su casa de Puerto Madryn, rodeado de fotografías y objetos que forman parte de su historia familiar. (Foto: Radio Ciudad 90.1)

El contraste con Alemania era enorme. Madryn tenía entre 3.000 y 3.500 habitantes, no contaba con calles pavimentadas y conservaba una relación directa con el puerto, las barracas y el ferrocarril. Sin embargo, Seibt recordó sobre todo la recepción. “Venías a Madryn y eras de Madryn”, explicó muchos años después al describir el trato que recibió su familia.

Peter y su hermana Marianne ingresaron como oyentes a quinto grado porque no hablaban castellano. Durante las vacaciones, una maestra les dio clases todos los días. A los pocos meses ya estaban preparados para cursar sexto grado y completar la primaria. Mientras estudiaba, Peter comenzó a trabajar como cadete en la Tienda Madryn. Su primer salario fue de 30 pesos y pasó íntegramente a la economía familiar.

El tren que le enseñó un oficio

El padre de Peter consiguió trabajo como peón en la carpintería del ferrocarril en noviembre de 1951. Aunque su profesión era la agrimensura, conocía el trabajo con madera y pronto fue ascendido a oficial. Dos años después, Peter ingresó como aprendiz. Era adolescente y su propio padre quedó a cargo de enseñarle.

El sistema ferroviario formaba a sus trabajadores dentro de los talleres. Los aprendices pasaban por distintas tareas y recibían clases de dibujo lineal tres veces por semana. Carpinteros, torneros, herreros y caldereros transmitían sus conocimientos a los más jóvenes. “Realmente había seriedad en el trabajo que hacíamos”, recordó Seibt.

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Peter Seibt, segundo de pie desde la izquierda, junto a integrantes de la Comisión Nomencladora Municipal de Puerto Madryn. (Foto: Madryn Olvidado)

El Ferrocarril Central no solo transportaba pasajeros y cargas. También organizaba buena parte de la vida económica de Puerto Madryn. Vinculaba el puerto con Trelew, Rawson, Dolavon y Las Plumas. Sus talleres ofrecían empleos y formaban trabajadores. Para Seibt, el tren representaba una red de conocimientos y relaciones que unía territorios muy distantes.

La clausura de 1961 cerró esa etapa. Peter trabajó durante un año en una carpintería y luego se trasladó a Buenos Aires para perfeccionar el oficio. Pasó por una fábrica de muebles en Ciudadela, compró un torno usado y terminó asociado con otro carpintero alemán. Juntos instalaron un taller en Olivos. Seibt se quedó allí hasta 1978.

Su regreso a Puerto Madryn comenzó con un trabajo temporario como intérprete para una empresa alemana que estudiaba la construcción de un puerto pesquero en Punta Arco. El proyecto no se concretó, pero el viaje volvió a acercarlo a la ciudad. Seibt y su esposa habían pensado radicarse en Bariloche. Finalmente eligieron Madryn, donde conservaban familiares, amistades y una historia propia.

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El Sillón Bárdico construido por Peter Seibt para el Eisteddfod Mimosa de Puerto Madryn. (Foto: Radio Chubut)

Allí levantó su casa y organizó un nuevo taller. La carpintería dejó de ser únicamente una salida laboral y pasó a ser central en su vínculo con la comunidad. En junio de 2025, todavía identificado públicamente como ebanista, construyó el Sillón del Bardo para el Eisteddfod Mimosa. La pieza se destinó a una de las ceremonias más importantes de la tradición galesa en Chubut.

Construir una memoria compartida

Seibt también miró la ciudad a través de una cámara, documentos y testimonios. Durante los festejos por el centenario de la llegada de los colonos galeses, en 1965, fotografió el acto encabezado por el presidente Arturo Illia. Al día siguiente volvió a recorrer las mismas calles y registró una ciudad casi vacía.

En 1988 participó de la creación del Centro de Estudios Históricos y Sociales de Puerto Madryn. La institución surgió durante una transformación acelerada de la ciudad. La industria del aluminio, la pesca y el turismo atrajeron a nuevos pobladores. Entre los residentes antiguos circulaba entonces la idea de una “invasión”, una palabra que Seibt cuestionó al reconstruir aquel período.

El objetivo del Centro era que quienes llegaban conocieran la historia del lugar y pudieran incorporarla a su propia experiencia. Seibt entendía que vivir en Madryn no alcanzaba para construir pertenencia. Era necesario comprender cómo se había formado la ciudad y quiénes habían participado de ese proceso.

Esa tarea lo llevó a investigar el ferrocarril, el desarrollo urbano y las distintas comunidades de la región. Fue coautor de Los ferroviarios que perdimos el tren, escribió en Cuadernos de Historia Patagónica y representó a Puerto Madryn en espacios dedicados a los trenes turísticos y a vapor. En 2017 presidía la Sociedad Alemana de Puerto Madryn y encabezaba la Comisión Nomencladora, encargada de estudiar los nombres de calles y espacios públicos.

A fines de 2025 volvió a contar su historia frente al público del museo. El antiguo aprendiz era entonces uno de los hombres capaces de explicar desde adentro qué significó el tren para Puerto Madryn. Su vida aparece en libros, fotografías, muebles y proyectos de preservación. También permanece en una idea sencilla: una ciudad conserva su identidad cuando transforma los recuerdos de sus habitantes en una memoria que todos pueden compartir.

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