Poco después de las nueve de la mañana, el auditorio del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) quedó en silencio. Empresarios, investigadores, diplomáticos, periodistas y representantes de distintas instituciones ocuparon sus lugares mientras en la pantalla aparecía una consigna tan sencilla como desafiante: Repensar Argentina.
No era un foro empresario tradicional ni un seminario sobre coyuntura económica. Tampoco una conferencia para discutir un índice internacional. La propuesta era más ambiciosa: detenerse por unas horas para intentar responder una pregunta que el país arrastra desde hace décadas. ¿Por qué una nación con recursos naturales extraordinarios, universidades reconocidas, científicos de prestigio y una sólida tradición empresarial sigue sin transformar ese potencial en desarrollo económico basado en la creación de valor?
Esa pregunta terminó convirtiéndose en el verdadero protagonista de la jornada.
La discusión que casi nunca se da
La apertura estuvo a cargo de Pablo San Martín, presidente de la Fundación SMS, impulsora del encuentro junto con la Universidad de St. Gallen, la Embajada de Suiza, la Cámara de Comercio Suizo-Argentina y el acompañamiento institucional de Clarín y La Nación.

En lugar de comenzar con estadísticas o diagnósticos económicos, eligió una palabra poco habitual en el debate público argentino: gratitud.
Explicó que la iniciativa no nacía del desencanto ni de la crítica permanente, sino del reconocimiento hacia un país que había brindado oportunidades de estudio, trabajo y crecimiento a muchas de las personas presentes en la sala.
Esa gratitud, sostuvo, también implicaba una responsabilidad.
“Repensar Argentina no nace desde la crítica en absoluto, sino desde la gratitud”, afirmó.
A partir de allí propuso un cambio de enfoque que marcaría toda la jornada. Las democracias, dijo, dedican buena parte de sus energías a discutir quién gobierna y cómo deben hacerse las cosas. Mucho menos frecuente es la conversación sobre qué país se quiere construir.
Ese “qué”, sostuvo, debería reunir a personas con ideas distintas alrededor de algunos objetivos compartidos: educación de calidad, infraestructura, incentivos para producir, oportunidades para los jóvenes y un sistema que premie la creación de valor por encima de la extracción de rentas.

“No existen países exitosos por casualidad”, resumió. “Los países que progresan alinean talento, esfuerzo, innovación y liderazgo hacia la creación de valor.”
La frase quedó suspendida en el auditorio. Horas más tarde reaparecería, con distintos matices, en casi todas las intervenciones.
Una mirada desde Suiza
El embajador de Suiza en la Argentina, Andrea Semadeni, tomó esa idea y la proyectó sobre un plano más amplio.
Explicó que el objetivo del encuentro era crear un espacio donde representantes del sector público, del ámbito empresario y de la academia pudieran discutir los desafíos argentinos a partir de evidencia y no de prejuicios. En ese contexto presentó el Elite Quality Index, desarrollado por investigadores de la Universidad de St. Gallen para medir la capacidad de las élites de distintos países de generar valor sostenible.

Semadeni recordó que Suiza ocupa el cuarto lugar del ranking, aunque aclaró que incluso las economías más exitosas enfrentan desafíos vinculados con la concentración del poder económico y las desigualdades.
“Los retos que enfrentamos hoy trascienden fronteras”, señaló. “No son exclusivamente de gobierno a gobierno.”
Por eso defendió la necesidad de construir espacios de diálogo entre empresas, universidades, gobiernos y organizaciones de la sociedad civil.

Hasta una anécdota sobre una bebida elaborada con yerba mate producida en Suiza terminó reforzando la idea central de su exposición: la innovación muchas veces consiste en mirar un producto conocido desde una perspectiva completamente distinta.
El misterio argentino
La expectativa principal de la mañana estaba puesta en la exposición de Tomás Casas i Klett, investigador de la Universidad de St. Gallen y director del Elite Quality Center.
Su primera observación captó inmediatamente la atención del auditorio.

“Desde afuera, Argentina parece un país con posibilidades inmensas.” No hablaba únicamente del litio o de Vaca Muerta. Hablaba también de sus universidades, de sus científicos, de su capacidad emprendedora y de un capital humano que, visto desde Europa, resulta difícil de reconciliar con la inestabilidad económica que el país atraviesa desde hace décadas.
Entonces formuló la pregunta que organizó toda su conferencia. ¿Por qué la Argentina, con semejante potencial, sigue siendo un misterio? La respuesta no comenzó con un gráfico ni con una tabla estadística. Comenzó con una imagen.
Contó que antes de viajar había pedido a una inteligencia artificial que imaginara cómo sería la Argentina dentro de treinta años. El resultado mostraba una ciudad que combinaba la arquitectura porteña con el dinamismo urbano de Singapur. Era la representación de un país posible.

El desafío, explicó, no consistía en imaginar ese futuro, sino en entender por qué todavía no había logrado hacerse realidad.
Según la investigación que desarrolla desde hace años en St. Gallen, la diferencia entre los países no depende únicamente de sus recursos naturales ni de la orientación ideológica de sus gobiernos. Depende, sobre todo, de la calidad de las élites que conducen sus principales instituciones.
Casas i Klett aclaró rápidamente que el concepto de élite no remite a una clase social privilegiada, sino a los grupos que concentran capacidad de decisión en la política, la economía, la ciencia, la cultura o el mundo empresarial. Esas élites, sostuvo, pueden actuar de dos maneras. Pueden crear valor para toda la sociedad. O pueden utilizar su poder para apropiarse del valor generado por otros. “Lo importante no es si una élite es de izquierda o de derecha”, sintetizó. “Lo importante es si crea valor o extrae valor.”
A partir de esa idea explicó el concepto central del Elite Quality Index. Las sociedades que logran un desarrollo sostenido son aquellas donde quienes concentran poder tienen incentivos para ampliar la riqueza colectiva. En las demás, el esfuerzo se orienta principalmente a disputar privilegios y distribuir una riqueza que deja de crecer.
Utilizó una imagen sencilla para resumir esa diferencia. Las élites de calidad trabajan para agrandar la torta. Las élites extractivas compiten por quedarse con una porción mayor de una torta que permanece del mismo tamaño. La metáfora atravesó toda la conferencia.

El problema, insistió, no es la existencia del poder. Toda sociedad necesita personas capaces de coordinar inversiones, impulsar innovación y construir instituciones. El problema aparece cuando ese poder deja de utilizarse para crear riqueza y comienza a emplearse para preservar privilegios. Argentina apareció entonces proyectada en la pantalla junto al resto de los países evaluados por el índice.
Más que la posición ocupada, a Casas i Klett le interesaba destacar la contradicción que el país representa. Conserva enormes activos naturales, científicos y humanos. Pero todavía no consigue traducirlos en un proceso sostenido de creación de riqueza. Para ilustrarlo recurrió a la comparación con Corea del Sur.
Hace medio siglo ambos países presentaban niveles de desarrollo relativamente similares. Hoy recorrieron trayectorias completamente distintas. La diferencia, sostuvo, no reside solamente en las políticas económicas aplicadas, sino en la capacidad de construir consensos de largo plazo alrededor de un mismo objetivo: generar valor antes que distribuir rentas.

Uno de los momentos más interesantes llegó cuando descartó la idea de una transformación basada en rupturas. “No creemos en las revoluciones”, afirmó. Las reformas profundas, explicó, rara vez nacen de reemplazar completamente a quienes ejercen el poder. Mucho más frecuente es que aparezcan cuando esos mismos actores modifican los incentivos bajo los cuales toman decisiones.
Esa reflexión dialogaba de manera casi natural con la propuesta formulada por San Martín al comienzo de la jornada. No se trataba de discutir únicamente quién debía conducir el país. Se trataba de preguntarse qué tipo de país estaban dispuestos a construir quienes ya ocupaban posiciones de liderazgo.
Cuando la teoría se encontró con la realidad
La exposición de Tomás Casas i Klett dejó una sensación compartida en el auditorio. Más que ofrecer una explicación definitiva, había puesto en palabras una pregunta que la Argentina arrastra desde hace décadas.
¿Por qué un país capaz de producir científicos reconocidos en todo el mundo, empresas innovadoras, desarrollos tecnológicos y alimentos para cientos de millones de personas sigue sin transformar esas fortalezas en un proceso sostenido de desarrollo?

Con esa inquietud comenzó el primer panel de la mañana. Y el cambio de formato no implicó un cambio de tema. Todo lo contrario. La conversación empezó exactamente donde había terminado la conferencia. Junto a Grossi participaron la periodista Luciana Vázquez, como moderadora, y el periodista y ensayista Miguel Wiñazki, cuyas intervenciones llevaron la discusión desde la teoría sobre las élites hacia los dilemas concretos de la política, la educación y la comunicación.
El desafío de construir acuerdos
Desde Viena participó, por videoconferencia, Rafael Grossi, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica. Su intervención trasladó el debate desde la economía hacia la política internacional.
Moderado por Luciana Vázquez, Grossi recordó que detrás de la mayoría de los países que lograron modificar su trayectoria de desarrollo existieron acuerdos estratégicos capaces de sobrevivir a los cambios de gobierno. Citó casos tan diversos como Estados Unidos, Francia, Singapur, Israel y Corea del Sur. Sistemas políticos distintos, historias diferentes, pero una característica común: la capacidad de sostener objetivos compartidos durante décadas.
Sin mencionarlo explícitamente, retomaba la idea planteada por Pablo San Martín al inicio de la jornada. Antes de discutir quién gobierna, hace falta acordar qué país se quiere construir.

Grossi agregó otro elemento que atravesaría el resto del debate: el papel del conocimiento. Los países que lograron dar un salto sostenido de desarrollo, sostuvo, consiguieron vincular la ciencia con la producción y la innovación. No alcanza con formar investigadores de excelencia; el desafío consiste en transformar ese conocimiento en empresas, empleo, tecnología y competitividad.
Argentina, observó, ya demostró muchas veces que puede construir polos de excelencia en áreas como la energía nuclear, la biotecnología, la medicina o la investigación agropecuaria. El problema no es la ausencia de talento, sino la dificultad para convertir esas experiencias en una estrategia de desarrollo más amplia.

Wiñazki continuando en dos ámbitos que consideró decisivos para cualquier proceso de creación de valor: la educación y la comunicación. Preguntó cómo observa el papel de las élites educativas en un país atravesado por conflictos recurrentes en el sistema universitario y cuál es la responsabilidad de las élites periodísticas en una época marcada por la polarización y la desinformación.
Grossi respondió que la educación constituye un bien indelegable del Estado y sostuvo que el mayor desafío de la comunicación contemporánea consiste en fortalecer el pensamiento crítico frente a la creciente circulación de información falsa y simplificaciones que debilitan el debate público.

Wiñazki llevó entonces el debate un paso más allá. Si la teoría presentada por Tomás Casas i Klett parte de la existencia de élites capaces de construir consensos, preguntó, ¿cómo se negocia cuando esos consensos simplemente no existen? ¿Qué ocurre cuando el desacuerdo deja de ser político y se convierte en un conflicto abierto, como sucede entre Rusia y Ucrania o en Medio Oriente?
Grossi respondió que incluso en los escenarios más extremos subsisten intereses comunes capaces de abrir espacios de diálogo. “No nos une el amor, sino el espanto”, dijo, parafraseando a Borges, al explicar que aun entre beligerantes existen bienes que ambas partes tienen interés en preservar.

Del diagnóstico a las personas
Si la conferencia de Casas i Klett había explicado cómo las élites pueden crear o extraer valor, el segundo panel llevó la discusión al terreno de las consecuencias concretas.
Rodrigo Zarazaga, sacerdote jesuita, politólogo y rector del Instituto Universitario CIAS, retomó el diagnóstico desde la realidad cotidiana de los barrios populares.

Coincidió en que existen sectores que obtienen beneficios del actual modelo y, por lo tanto, tienen pocos incentivos para modificarlo. Por eso sostuvo que cualquier transformación requiere construir una coalición con capacidad de disputar poder.
“Con algo de ironía diría que acá hace falta una coalición de los buenos”, afirmó. Pero enseguida aclaró que esa coalición no podía limitarse a empresarios o dirigentes políticos. Debía incorporar una propuesta concreta para quienes hoy permanecen excluidos del desarrollo.
Para ilustrarlo recordó la historia de Matías, un joven que abandonó la escuela a los 14 años para salir a cartonear y que años más tarde terminó preso. Cuando le preguntó cómo imaginaba su futuro, la respuesta fue demoledora: “Futuro yo ya no tengo”.

“Si la élite no es capaz de proponerle un futuro a Matías, no tenemos posibilidad de desarrollo alguno”, sostuvo. Su reflexión desplazó el eje de la discusión. El desarrollo dejó de ser una cuestión de indicadores para convertirse en una pregunta sobre movilidad social.
“No podemos pedirle paciencia al que no desayunó”, resumió. La frase sintetizó una preocupación compartida por buena parte del auditorio: cualquier estrategia de crecimiento será frágil si no logra integrar a quienes hoy quedaron al margen del estudio, del trabajo y de las oportunidades.
La ciencia también crea valor
La intervención de Raquel Chan aportó una dimensión diferente al debate. Investigadora superior del CONICET y referente internacional en agrobiotecnología, explicó que el desarrollo del gen HB4 demostró que la cooperación entre el sistema científico y el sector privado puede generar innovación con impacto global.

Sin embargo, utilizó ese mismo ejemplo para advertir sobre un riesgo creciente. Argentina está formando investigadores de excelencia, pero muchos terminan desarrollando su carrera en el exterior. “Estamos exportando valor y no cobramos nada por eso”, lamentó. Cada científico que emigra, recordó, representa años de inversión pública en educación y formación que finalmente benefician a otros países.
Chan también señaló una debilidad estructural: la falta de instituciones capaces de conectar la investigación básica con el sector productivo. Mientras Alemania, Israel o Corea del Sur desarrollaron organismos especializados en transformar conocimiento científico en innovación empresarial, Argentina todavía presenta una brecha entre ambos mundos. “Hay un agujero en el medio”, sintetizó.
Una narrativa compartida
En el cierre del panel, Casas i Klett volvió sobre una idea que había recorrido toda la mañana. Las sociedades, dijo, no se organizan solamente alrededor del poder político o del poder económico. También necesitan narrativas compartidas capaces de orientar esfuerzos colectivos.
“Las narrativas son una fuente de poder”, afirmó. Por eso consideró que uno de los grandes desafíos de la Argentina consiste en construir un relato común que trascienda las divisiones políticas y permita sostener objetivos de largo plazo.

Zarazaga coincidió con esa mirada, aunque insistió en que ninguna narrativa será suficiente si no incorpora a quienes hoy permanecen fuera del sistema. Una coalición creadora de valor, sostuvo, también debe ser una coalición capaz de integrar.
El comienzo de una conversación
Pablo San Martín volvió al escenario para cerrar la jornada. No eligió hacer un balance de las exposiciones. Prefirió mirar hacia adelante.
Retomó el llamado de Raquel Chan a preservar el sistema científico argentino, recordó que reconstruir capacidades perdidas puede demandar generaciones y volvió a insistir en la diferencia entre crear valor y extraerlo. Incluso para quienes integran las élites económicas, sostuvo, un modelo basado exclusivamente en la extracción termina destruyendo el valor de los propios activos y limitando las posibilidades de crecimiento del país.

Luego anunció el siguiente paso de la iniciativa. La Fundación SMS convocará a referentes de distintos ámbitos para identificar un conjunto de consensos básicos sobre el país que la Argentina necesita construir. El objetivo no es producir un documento de ocasión, sino sostener una conversación en el tiempo.
“No es un evento”, dijo antes de despedirse. “Es una iniciativa.” Quizá esa haya sido la principal conclusión de la jornada.

Ninguno de los participantes creyó haber encontrado una respuesta definitiva para el desarrollo argentino. Tampoco pretendieron ofrecer una receta única. Lo que sí compartieron fue la convicción de que el crecimiento sostenido no depende únicamente de los recursos naturales, de un cambio de gobierno o de un ciclo económico favorable. Requiere instituciones, liderazgo, inversión, conocimiento y, sobre todo, la capacidad de construir acuerdos que sobrevivan a las urgencias del presente.
Al cabo de más de tres horas de exposiciones, empresarios, científicos, diplomáticos, académicos y dirigentes volvieron una y otra vez sobre la misma pregunta. No quién debe conducir la Argentina, sino qué país quiere construir.

Y acaso esa haya sido la mayor virtud de Repensar Argentina: recordar que las transformaciones profundas no empiezan cuando una sociedad encuentra todas las respuestas, sino cuando decide sostener, con honestidad y perseverancia, las conversaciones que durante demasiado tiempo prefirió postergar.







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