Stan Wawrinka cerró su carrera profesional el martes por la noche en Basilea con una derrota que, paradójicamente, resumió bastante bien quién fue durante más de dos décadas: un competidor capaz de sostener un partido cerrado incluso cuando la lógica parecía jugar en contra. A los 41 años perdió 7-5 y 7-6 (7-2) ante Jiri Lehecka, 17 años menor y ubicado 130 puestos por encima en el ranking. Tuvo dos oportunidades de quiebre en el primer set, llevó el segundo al tie-break y se despidió después de 985 partidos.
Una grandeza distinta en la era de los tres gigantes
Wawrinka nunca fue Roger Federer, Rafael Nadal o Novak Djokovic. No acumuló semanas como número uno ni sostuvo durante años el nivel de dominio de los tres hombres que marcaron su época. Sin embargo, construyó un lugar propio dentro del tenis suizo y mundial: su mejor ranking fue el número 3, alcanzado en 2014, y en sus mejores noches fue capaz de vencer a cualquiera.

Ganó tres Grand Slams diferentes: el Abierto de Australia 2014, Roland Garros 2015 y el US Open 2016. En esas finales derrotó a Nadal y dos veces a Djokovic, y la ATP recuerda que consiguió cinco victorias contra números uno del mundo en torneos grandes. También fue uno de apenas tres jugadores que derrotaron a Djokovic, Federer, Andy Murray y Nadal en Grand Slams.
Su tenis estaba construido sobre una potencia poco habitual, especialmente con el revés a una mano, pero su verdadera singularidad fue otra: alcanzó picos de rendimiento capaces de romper el orden establecido. En 2014 también derrotó a Federer en la final de Montecarlo para conquistar el único Masters 1000 de su carrera. Cerró su trayectoria con 16 títulos individuales, el oro olímpico en dobles junto a Federer en Pekín 2008 y la Copa Davis de 2014 con Suiza.
El día en que la relación con Federer estalló
Esa sociedad con Federer también atravesó un episodio de fuerte tensión. En las semifinales del ATP Finals de Londres de 2014, Wawrinka se quejó ante el juez de silla por los gritos provenientes del palco de su compatriota. Coberturas de la época y posteriores reconstrucciones señalaron que Mirka Federer, esposa de Roger, lo llamó “cry baby” y que Wawrinka reclamó que ya había sufrido situaciones similares en Wimbledon. Federer terminó ganando 4-6, 7-5 y 7-6 después de salvar cuatro match points.

Años después, Wawrinka reconoció que lo ocurrido fuera de la cancha fue incluso más intenso. “Fue muy, muy tenso”, recordó sobre la discusión posterior y sostuvo que, por entonces, era mejor que no hubiera cámaras en los pasillos y vestuarios. Federer, en cambio, buscó bajar la temperatura en aquel momento: dijo que no había resentimientos, que seguían siendo “amigos, no enemigos” y que había sido una situación propia del calor competitivo. Días más tarde, ambos dejaron el conflicto atrás para disputar la final de la Copa Davis y darle a Suiza el título.
El último revés
En Basilea, la despedida terminó justamente con un error de revés, su golpe emblemático. Después del partido, Wawrinka agradeció al público, dio una vuelta de honor y resumió el vínculo con quienes lo acompañaron durante su carrera: “Gracias a ustedes pude vivir estas emociones”. SRF destacó que su trayectoria se cerró tras 23 años en el circuito, 985 partidos, 16 títulos y tres Grand Slams.

Su historia no fue la de un dominador permanente, sino la de alguien que encontró momentos de excelencia dentro de una era que parecía no dejar espacio para nadie más. En diciembre todavía tendrá una despedida de exhibición en Ginebra, junto a Federer, Gaël Monfils y Andy Murray. Pero el último partido oficial ya quedó atrás. Y terminó, acaso de la manera más Wawrinka posible: peleando cada punto hasta el último revés.



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