Juan Pablo Melchiori nació en Villa Regina, en el norte de la Patagonia argentina. Durante años trabajó en el sector de seguros. La falta de oportunidades laborales lo empujó a tomar una decisión difícil: emigrar.
Con nacionalidad alemana por ascendencia familiar, eligió instalarse en Núremberg, en el estado de Baviera. Lo que comenzó como una búsqueda de estabilidad terminó convertido en un proyecto gastronómico inesperado. Hoy es el impulsor de Patagonien, el primer café y fábrica de alfajores con habilitación oficial en esa región de Alemania.
El origen del emprendimiento no fue un plan de negocios sofisticado. Fue nostalgia. Melchiori extrañaba sabores cotidianos. En especial, el alfajor. En Alemania no encontraba un producto similar en kioscos ni supermercados. Decidió hacerlo él mismo. Empezó en una cocina compartida, con producción artesanal y pequeñas tandas para amigos y conocidos. El boca a boca hizo el resto.
El paso siguiente fue formalizar la actividad. Y ahí comenzaron los desafíos.
De la cocina compartida a la habilitación oficial de Patagonien
Alemania regula de manera estricta los oficios vinculados a la alimentación. Para producir y vender alimentos no alcanza con saber cocinar. Se exige formación específica, certificaciones técnicas y dominio del idioma. Melchiori debió estudiar alemán, rendir exámenes prácticos y teóricos y completar trámites administrativos extensos.
El proceso llevó tiempo. La meta era obtener una licencia que le permitiera producir de manera legal y abrir un local propio. Finalmente lo logró. Con ese paso, se convirtió en el primer productor de alfajores con habilitación formal en la región.

El nombre elegido para el negocio fue Patagonia. No es casual. Evoca el origen argentino del emprendimiento y funciona como marca de identidad. El local combina cafetería y pequeña fábrica a la vista. Allí se elaboran alfajores de chocolate, de maicena y opciones veganas rellenas con membrillo. También se ofrecen tortas tradicionales, facturas y servicio de mate.
El desafío no fue solo burocrático. También fue cultural. El paladar alemán no está acostumbrado a la intensidad dulce típica de la repostería argentina. El alfajor clásico, con abundante dulce de leche y cobertura de chocolate, resultó inicialmente empalagoso para muchos clientes. Melchiori ajustó recetas, equilibró niveles de azúcar y adaptó proporciones sin perder identidad.
El resultado fue una combinación de tradición y adaptación. El producto conserva su esencia, pero dialoga con el gusto europeo.
La industria alfajorera argentina en números
El alfajor no es solo tradición. Es industria. En Argentina se producen más de 900 millones de alfajores por año. El sector factura miles de millones de pesos anuales y emplea de manera directa e indirecta a miles de trabajadores en plantas industriales, fábricas medianas y emprendimientos artesanales.
Las grandes marcas concentran un porcentaje alto del mercado, con plantas automatizadas que producen millones de unidades mensuales. A eso se suma un entramado de pequeñas y medianas empresas regionales que abastecen turismo y consumo local. Mar del Plata, Córdoba y la Patagonia son polos históricos de producción.
El producto tiene ventajas logísticas. Vida útil extensa. Bajo riesgo sanitario si está correctamente envasado. Buen rendimiento en exportación. En los últimos años, las ventas externas de productos de confitería argentinos, incluidos alfajores, superaron los EUR 30 millones anuales en mercados como Estados Unidos, España, Chile y Uruguay.
Europa ya recibe alfajores importados, pero la producción local dentro del bloque es marginal. Alemania no contaba con fabricación habilitada bajo normativa propia. Ese es el diferencial del caso de Juan Pablo Melchiori.
Barreras regulatorias y estructura de costos
Alemania exige certificación profesional para la producción alimentaria. El sistema de oficios regulados obliga a aprobar exámenes técnicos y acreditar formación. No se trata solo de abrir un comercio. Para fabricar alimentos se debe cumplir normativa sanitaria estricta y controles periódicos.

El costo inicial de habilitación puede superar los EUR 10.000 entre estudios, traducciones oficiales, trámites y adecuación del espacio productivo. A eso se suman alquileres comerciales en ciudades como Núremberg, que rondan entre EUR 1.500 y EUR 3.000 mensuales para locales gastronómicos de tamaño medio, dependiendo de la ubicación.
El dulce de leche es el insumo crítico. Alemania no produce una versión equivalente en volumen. La importación desde otros países de la Unión Europea permite evitar aranceles internos, pero implica costos de transporte y almacenamiento refrigerado. El precio mayorista del dulce de leche en Europa puede duplicar el valor de origen argentino.
El alfajor en Alemania no compite en el segmento masivo de bajo precio. Se posiciona como producto artesanal o internacional. Su valor unitario puede ubicarse entre EUR 3 y EUR 5 según tamaño y cobertura, muy por encima del precio promedio en Argentina, pero alineado con pastelería premium europea.
Mercado, demanda y sostenibilidad
Alemania tiene una población cercana a los 84 millones de habitantes y un mercado de cafeterías desarrollado. El consumo per cápita de café supera los 160 litros anuales. Ese dato es relevante. El alfajor funciona como complemento ideal para cafetería. No se vende aislado. Se integra a una experiencia.
La comunidad latinoamericana en Alemania supera el medio millón de personas, con presencia creciente de argentinos, chilenos y brasileños en ciudades grandes y medianas. Ese público actúa como base inicial de consumo.
En el caso de Patagonia, la rotación de producto es alta. Fines de semana con local completo indican demanda sostenida. En un esquema artesanal, una producción diaria de 500 a 1.000 alfajores ya representa un volumen considerable para una fábrica pequeña.
La expansión implica inversión. Incorporar un empleado en Alemania puede costar más de EUR 2.500 mensuales entre salario bruto y cargas sociales. Escalar producción requiere equipamiento industrial liviano, cámaras de frío y certificaciones adicionales.
El modelo es viable si el margen por unidad compensa estructura y costos laborales. La clave no es volumen masivo, sino rentabilidad por pieza y fidelización.



Hacé tu comentario