En la casa de los Koessler, la espera podía durar horas y horas. Los pacientes llegaban desde campos lejanos de San Martín de los Andes, a veces para instalarse por varios días. Esa vivienda familiar era un consultorio, una sala de internación y, en los hechos, también el primer hospital del pueblo. Quien atendía era Rodolfo Koessler. Su esposa, Bertha Koessler-Ilg, trabajaba como enfermera, y por lo tanto, hacía las preguntas.
Así, entre pregunta y pregunta, le contaban historias aprendidas de sus padres y abuelos. Al terminar el día, Bertha se sentaba frente a su máquina de escribir y pasaba los relatos al alemán. Registraba canciones, rezos, adivinanzas, juegos, leyendas y recuerdos. Repitió esa tarea por 45 años. De ese trabajo paciente surgió uno de los conjuntos más amplios de tradición oral mapuche reunidos durante el siglo XX.
Pero su historia no comenzó en la Patagonia. Mucho antes de conocer el lago Lácar, Bertha ya recorría otro territorio en busca de otras voces que todavía no estaban escritas.
Malta, la primera escuela de la escucha
Bertha Ilg nació el 27 de diciembre de 1881 en Obernzell, una población bávara cercana al Danubio. Creció en una familia católica donde los cuentos eran importantes. Sus nietos recordarían después que varios integrantes de la familia tenían la costumbre de contar historias recibidas de generaciones anteriores.

Durante su juventud se instaló en Malta con un tío que era cónsul alemán. Fue entonces cuando empezó con una tarea poco habitual para una mujer de su época: se acercó a trabajadores del consulado y tomó nota de relatos transmitidos de manera oral.
En 1906 publicó dos colecciones de fábulas y cuentos malteses. Tres años después apareció Drei Hundert Maltesische Volkslieder im Urtext, un volumen de canciones populares preparado con el lingüista Hans Stumme. La investigación desarrollada en la isla todavía es parte de los estudios sobre la música tradicional maltesa.
De regreso en Alemania, ingresó en la Escuela de Enfermería de la Cruz Roja de Fráncfort, donde conoció al médico Rudolf Koessler, graduado en la Universidad de Heidelberg. Se casaron en Génova en 1912, lejos de sus familias. Él recibió entonces dos propuestas de trabajo. Una podía llevarlos a Samoa Occidental. La otra era del Hospital Alemán de Buenos Aires. Eligieron a Argentina. El matrimonio entonces se radicó en Buenos Aires en 1913.
Siete años más tarde, en octubre de 1920, llegaron a San Martín de los Andes, que por entonces tenía unos cientos de habitantes y ninguna atención médica estable. Bertha encontró un paisaje muy distinto del que había conocido en Baviera o Malta. También encontró una sociedad formada por familias criollas, pobladores llegados de Europa y comunidades mapuches que todavía sostenían una parte sustancial de su cultura a través de la palabra.
Una casa, un hospital y cientos de historias
La familia compró una vivienda en la esquina de San Martín y Ramayón. Rodolfo instaló su consultorio y preparó las habitaciones para recibir a personas que no podían regresar rápido a sus hogares. De ese modo, atendía partos, heridas, enfermedades y urgencias
La Casa Koessler también se convirtió en un lugar de reuniones, lo cual le permitió a Bertha relacionarse con narradores mapuches que guardaban en su memoria historias aprendidas durante la infancia. Entre sus principales interlocutores estuvieron Antonio Kinchauala y Francisco Kolüpán. Al recordarlos escribió: “Ellos me confirieron el título de Mapuche Blanca, de Ñañai y de Papai”. De hecho, Kolüpán la llamaba su nieta.

Pero Bertha no registró solamente cuentos. Sus anotaciones también registraron prácticas medicinales, nombres de plantas y animales, oraciones, refranes, música, ceremonias, juegos infantiles y explicaciones sobre el mundo espiritual. Ella scuchaba, seleccionaba, traducía y escribía desde su propia formación europea. Tanto es así que en sus primeros textos aparecen expresiones y juicios propios de una mujer alemana de comienzos del siglo XX. Con los años, sin embargo, su mirada cambió por el trato directo con las personas que conoció en la cordillera.
Los manuscritos que estuvieron cerca de perderse
En 1940 publicó en alemán Der Medizinmann am Lanin, dedicado al trabajo de su esposo y a la vida de la familia en la cordillera. Una edición ampliada apareció en 1963. Cuatro décadas después, sus descendientes impulsaron la versión en castellano con el título El machi del Lanín. Un médico alemán en la cordillera patagónica.
En 1954 publicó Cuentan los araucanos. En 1956 apareció en Alemania Indianermärchen aus den Kordilleren. El Instituto de Filología de la Universidad Nacional de La Plata editó en 1962 el primer volumen de Tradiciones araucanas. La terminología de esos títulos pertenece a otro momento histórico. Décadas más tarde, la obra completa recibió un nombre que desplazó aquella clasificación externa y puso el acento sobre quienes narraban: Cuenta el pueblo mapuche.

Bertha murió el 9 de agosto de 1965 en San Martín de los Andes. Tenía 83 años. Una parte considerable de su trabajo permanecía inédita, y los manuscritos recorrieron un camino incierto y durante un tiempo se temió que el material original estuviera por completo perdido.
La edición completa apareció recién en 2006, bajo la dirección del antropólogo chileno Rolf Foerster González. Fueron tres volúmenes dedicados a tradiciones, mitos, leyendas, cuentos y fábulas. Pasaron 44 años desde la publicación del primer tomo y más de cuatro décadas desde la muerte de su autora.
Su antigua casa continúa en pie y también se conservan su máquina de escribir, fotografías, cartas e instrumentos vinculados con las familias mapuches que frecuentaron aquel espacio.






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