En un claro del bosque del cerro Otto, a pocos metros de la casa de madera donde pasó buena parte de su vida, está la tumba que Otto Meiling eligió para sí mismo en medio de las montañas. Lo decidió mucho antes de morir: quería quedarse ahí, entre árboles, nieve y senderos, el mismo paisaje que admiró por más de medio siglo.
Murió el 11 de agosto de 1989, a los 87 años. Para entonces, Otto Meiling ya formaba parte de la historia de Bariloche. Había llegado desde Alemania cuando la ciudad todavía estaba lejos de ser un gran destino turístico. Fue montañista, constructor, instructor de esquí, fundador de una agencia de turismo y uno de los hombres que dieron vida al Club Andino Bariloche. Buena parte de esa historia comenzó con algo bastante más simple: las ganas de caminar.
De Baviera al Nahuel Huapi
Meiling nació el 1° de junio de 1902 en Wassertrüdingen, una pequeña ciudad de Baviera. Creció en una Alemania atravesada por la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias. A los 21 años decidió probar suerte al otro lado del Atlántico. El 5 de enero de 1924 desembarcó en Buenos Aires desde el buque Werra.
Su primera vida argentina fue lejos de la cordillera. Trabajó principalmente en la construcción y se vinculó con el Club Atlético Alemán. Ya entonces mostraba una resistencia física poco común. Entre sus excursiones había caminatas de ida y vuelta entre Buenos Aires y La Plata, una distancia que anticipaba bastante bien la relación que tendría después con el esfuerzo físico.

La Patagonia apareció en revistas y folletos, al menos en una primera instancias. Esas fotos despertaron la curiosidad de Otto y, el 9 de enero de 1930, llegó a Bariloche. El lugar que encontró tenía poco que ver con la ciudad actual.
Sin embargo, Meiling no esperó demasiado. Junto con Hans Hildebrandt abrió Hildebrandt & Meiling, considerada la primera agencia de turismo de Bariloche. También trabajó como jefe de navegación de Casa Capraro. Vendía pasajes para los barcos, participaba de la carga y descarga de mercadería y cuando podía, salía rumbo a los cerros. Sus recorridos contribuyeron además a la elaboración de una de las primeras guías del Nahuel Huapi y del entonces Parque Nacional del Sud.
Su encuentro con el esquí también ocurrió casi por casualidad. En el invierno de 1930 vio al médico Juan Javier Neumeyer desplazarse sobre la nieve y quiso probar. Muchos años después, en una grabación de 1978, Meiling recordó aquel comienzo: “Yo recién me había instalado en Bariloche y para ese, mi primer invierno en el Nahuel Huapi, cayó la gran nevada de 1930”.

Pidió entonces prestados unos viejos esquíes de madera que habían pertenecido a integrantes de la Comisión de Límites. Con Neumeyer empezó a recorrer incluso sectores de Ñireco. El esquí todavía era una rareza en Bariloche, más cercano a una aventura que al deporte de décadas después.
Un club, una escuela y una casa en la montaña
El 13 de agosto de 1931, Meiling, Neumeyer, Emilio Frey y Reynaldo Knapp fundaron el Club Andino Bariloche. La institución nació para promover el conocimiento de la montaña y los deportes vinculados con ella. Meiling fue secretario en la primera comisión directiva.

También aprendió a fabricar esquíes con Herbert Tutzauer y después de una estadía en Alemania volvió con conocimientos y materiales que le permitieron continuar la tarea. En los Alpes tomó cursos y buscó perfeccionar técnicas que todavía eran poco conocidas en la Patagonia.
En el cerro Otto encontró finalmente su lugar en el mundo. Durante la década de 1930 levantó ahí su casa, un taller para fabricar esquíes y un refugio que recibió el nombre Bergfreude, “alegría de montaña”. Más tarde pasó a llamarse Berghof. Ahí funcionó la Escuela de Ski Tronador y Meiling formó a generaciones de esquiadores.
El Tronador y una vida difícil de separar de Bariloche
Para Meiling, el cerro Tronador era su Moby Dick. Lo intentó varias veces y por diferentes rutas. Los fracasos solo aumentaban su obstinación. En uno de sus diarios dejó una frase que condensaba eso mismo: “La falta de éxito es justo lo que a uno no lo deja descansar”.
El 3 de enero de 1939 llegó a la cumbre. Después volvería una y otra vez. También hizo primeras ascensiones en las torres del López, el Capilla, los Cuernos del Diablo, el Navidad y el Tres Reyes. En agosto de 1956 cruzó la cordillera en canoa siguiendo el curso del río Manso junto con los hermanos Vallmitjana, el hijo de uno de ellos y Hans Lauer.
Los años no parecieron quitarle demasiado entusiasmo. En 1981, cuando tenía 78, volvió a subir al Pico Internacional del Tronador para el cincuentenario del Club Andino. En febrero de 1982 además donó cinco hectáreas y sus refugios al Club Andino Bariloche.

También dejó instrucciones para después de su muerte. Eligió un lugar junto a su casa para ser enterrado y pidió que la vivienda se convirtiera en museo. Su voluntad se cumplió. Ahí quedaron su máquina de escribir, herramientas, fotografías y objetos de una existencia construida alrededor de la montaña.






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