Romina Mühlen convirtió más de veinte años entre salas de Nivel Inicial, colegios alemanes, docentes y familias en un libro dedicado a una pregunta que atravesó buena parte de su carrera: cómo enseñar una lengua extranjera a los niños pequeños. El próximo 5 de noviembre lo presentará en el Colegio Pestalozzi, la institución donde trabajó durante cuatro años y donde su proyecto pedagógico DAL terminó de consolidarse antes de transformarse en un emprendimiento propio.
El regreso tiene además un componente personal. En el libro, Mühlen cuenta que comenzó a imaginar el libro hace unos seis años y que, después de un período en pausa, decidió terminarlo también como homenaje a su padre, a su historia familiar y al lugar que ocupa el alemán en su identidad. “Esta lengua dio forma a mi identidad”, escribe al explicar una relación que hoy continúa en sus hijos y en los docentes y niños que trabajan con su metodología.
Un libro que comenzó mucho antes de convertirse en libro
Mühlen, máster en bilingüismo, educadora infantil y creadora de DAL, creció en la Argentina dentro de una familia en la que el alemán tenía una presencia cotidiana. En una entrevista con el Argentinisches Tageblatt contó que es hija de padre alemán y madre yugoslava, que el alemán fue su lengua materna y que aprendió castellano al comenzar la escuela. Décadas después, esa experiencia familiar terminaría cruzándose con su carrera docente.

El proyecto del libro comenzó a tomar forma durante la pandemia. Mühlen explicó entonces que una madrugada empezó a escribir con la intención de ordenar lo aprendido durante sus primeros veinte años de trabajo y revisar aquello que, a su juicio, podía hacerse de otra manera en la enseñanza del alemán a los más chicos.
Mientras el libro avanzaba lentamente, DAL, sigla de Deutsch Aktiv Lehren, empezó a desarrollarse como metodología, programa de capacitación y conjunto de materiales didácticos.
Volver al colegio donde DAL encontró su lugar
La elección del Pestalozzi para la presentación no es sólo una cuestión de escenario. Mühlen describe sus cuatro años allí como una etapa de consolidación profesional. Llegó después de una extensa trayectoria como docente y asumió funciones de coordinación pedagógica bilingüe. Según su propia reconstrucción, fue en ese entorno donde muchas de sus ideas pudieron ser revisadas, puestas en práctica y convertidas progresivamente en una metodología.

El proceso continuó fuera del colegio: según Mühlen, DAL también se aplicó posteriormente en el Instituto Ballester Deutsche Schule y en el Instituto Gutenberg Deutsche Schule de Mar del Plata.
La presentación del 5 de noviembre cierra así un círculo: Mühlen regresa con un libro al lugar que identifica como decisivo para convertir años de experiencia dispersa en un proyecto pedagógico propio.
Antes de hablar, escuchar, observar y sentir
Uno de los conceptos que el libro permite entender con mayor claridad es que, para DAL, el aprendizaje no empieza cuando un niño consigue pronunciar una palabra.
Mühlen lo resume con una secuencia: primero adquiere, luego se comunica. Según desarrolla en el libro, los chicos comienzan familiarizándose con sonidos, entonaciones y significados a través de la exposición, el juego y la interacción. Después aparecen gestos, movimientos, onomatopeyas y palabras aisladas; recién más adelante llegan las frases.

La propia autora recuerda haber observado ese recorrido durante años: primero el silencio, después los gestos y los sonidos, más tarde las palabras y finalmente estructuras de mayor complejidad.
Esa concepción se conecta con los tres pilares que Mühlen ya había explicado al Tageblatt: el cuerpo en movimiento, los sentidos y las emociones. DAL propone que aprender “correr” implique correr; que una palabra pueda asociarse con texturas, olores o movimientos; y que el vínculo emocional con quien enseña forme parte de la experiencia.
Cantidad de alemán, pero también calidad
El libro introduce además una distinción especialmente relevante para los colegios bilingües y las familias germanoparlantes: no alcanza con medir cuántas horas está un niño expuesto al alemán.
Mühlen sostiene que importan tanto la cantidad como la calidad de esa exposición. Una palabra adquiere mayor sentido cuando está vinculada con una situación concreta, una experiencia comprensible y una interacción afectiva, en lugar de aparecer únicamente como un elemento que debe memorizarse.

El capítulo incluso cuestiona contenidos desconectados del entorno del niño. La autora pone como ejemplo la enseñanza sistemática de expresiones relacionadas con la nieve en lugares donde ese fenómeno no forma parte de la experiencia cotidiana y sostiene que el vocabulario debería, siempre que sea posible, anclarse en situaciones observables.
Familias e instituciones aparecen así como parte del mismo proceso. El contacto con abuelos, tíos o familiares que hablan la lengua, las canciones en casa y la valoración positiva del idioma pueden complementar lo que ocurre en la escuela.
El docente como puente entre culturas
Hay una idea del libro que adquiere un significado particular dentro de la comunidad argentino-alemana. Para Mühlen, quien enseña una lengua extranjera no es solamente un docente de vocabulario y estructuras: es también un “comunicador intercultural”.

Enseñar alemán implica inevitablemente acercar costumbres, referencias, tradiciones y formas de comprender el mundo. El docente se convierte, en sus palabras, en un puente entre culturas que ayuda al niño a construir una relación más profunda con la lengua.
Esa idea atraviesa también la historia personal de Mühlen. El alemán que recibió dentro de su propia familia fue luego la lengua que transmitió a sus hijos y, más tarde, el centro de una carrera dedicada a enseñarlo a nuevas generaciones en la Argentina.
El 5 de noviembre, cuando vuelva al Pestalozzi para presentar El método DAL, llevará al colegio algo más que un manual pedagógico. Volverá con la historia de cómo una lengua heredada dentro de una familia terminó convertida en una propuesta para que otros niños puedan hacerla propia.







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