Un equipo de investigadores de Suiza construyó robots diminutos que pueden despegar sin llevar motores, baterías ni circuitos electrónicos. El desarrollo de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL) utiliza cavidades impresas en 3D que convierten las ondas sonoras en la fuerza necesaria para elevarse.
El trabajo se publicó el 12 de agosto de 2026 en Science Advances. Su primer autor es Junsun Hwang, investigador del laboratorio de Sistemas Microbiorrobóticos de la EPFL, que dirige Selman Sakar. El equipo presentó dos diseños que resuelven de distinta manera la generación de fuerza para el despegue.
Toda la energía para el vuelo llega desde un aparato externo que emite ultrasonidos. Al prescindir de una batería a bordo, los dispositivos pueden reducir su peso. Su funcionamiento, sin embargo, depende de que ese equipo mantenga un campo acústico suficientemente intenso en el lugar donde se encuentran.
El principio de una botella que suena al soplar
La base del sistema es la resonancia de Helmholtz, el fenómeno que permite producir una nota al soplar sobre la boca de una botella. El aire próximo a la abertura oscila, mientras el que queda encerrado se comprime y se expande.

La forma del recipiente determina cómo responde: el volumen interior y las dimensiones del cuello influyen en la frecuencia de resonancia. Por eso, distintas cavidades pueden reaccionar con mayor intensidad ante distintos sonidos. En los robots, esa geometría se diseña para aprovechar una frecuencia determinada.
Cuando el sonido activa las cavidades, el aire sale por sus aberturas como un chorro concentrado y vuelve a entrar de manera más dispersa. La diferencia entre ambos flujos produce empuje. Así, una estructura hueca puede transformar la energía acústica que recibe en movimiento.
“Creamos resonadores acústicos ajustados para aprovechar el sonido a frecuencias específicas y generar empuje direccional y movimiento controlado”, explicó Sakar en la presentación de la EPFL. La fabricación de esas pequeñas cámaras permite incorporar la propulsión a la propia estructura del dispositivo.
Suiza, dos diseños y un equipo de 256 emisores
Uno de los prototipos pesa 150 microgramos, equivalentes a 0,15 miligramos. Sus tres cavidades expulsan aire hacia abajo para elevarlo. El segundo pesa 184 microgramos y combina resonadores con pequeñas palas: alcanza picos de 13.000 revoluciones por minuto y obtiene sustentación mediante el giro, de forma comparable a un helicóptero.
Para alimentarlos, los investigadores construyeron una matriz de 256 transductores, distribuidos en 16 filas y 16 columnas. Funcionan a 40 kilohercios, una frecuencia que queda fuera del rango audible humano, y concentran la energía sonora en una pequeña zona del espacio.

Las pruebas incluyeron ascensos sobre una guía y vuelos sin esa sujeción. El modelo de empuje directo mostró algunas pérdidas de orientación; el de palas mantuvo un vuelo más estable. También se ensayó una trayectoria guiada por un alambre fino, desplazando el foco acústico para acompañar al dispositivo.
La posibilidad de transportar medicamentos
En una entrevista con la radiotelevisión suiza RSI, Sakar describió la posibilidad de construir estructuras diminutas que transporten fármacos dentro del organismo y reciban instrucciones mediante ondas sonoras. El funcionamiento en el aire abre, además, preguntas de investigación sobre posibles usos en los pulmones.
Otra línea propuesta por el equipo consiste en reunir cavidades sensibles a distintas frecuencias dentro de una estructura flexible, lo cual permitiría activar partes por separado para doblarlas, hacerlas vibrar o modificar su forma. El objetivo es ampliar los movimientos que una pieza puede ejecutar al recibir sonido, conservando una construcción pequeña y liviana.



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