Más de 50 calles y plazas de Baviera conservaron hasta hoy el nombre de Paul von Hindenburg, presidente del Reich que el 30 de enero de 1933 nombró a Adolf Hitler canciller de Alemania. El dato, surgido de una respuesta del Ministerio del Interior bávaro a una consulta parlamentaria del SPD, reabrió una discusión sobre memoria histórica que atraviesa a numerosas ciudades alemanas: hasta dónde debe llegar la revisión de homenajes públicos vinculados con el derrumbe de la República de Weimar y el ascenso del nazismo.
La presencia del nombre no es marginal. Hay calles o plazas dedicadas a Hindenburg desde Neustadt bei Coburg, en el norte, hasta Berchtesgaden, junto a la frontera austríaca. Baja Franconia, Franconia Media y Alta Baviera concentran cada una aproximadamente una docena.
El presidente que nombró a Hitler
Hindenburg, mariscal convertido en figura política y presidente desde 1925, desempeñó un papel decisivo en la crisis final de la democracia de Weimar. Tras meses de inestabilidad y gobiernos sin mayoría parlamentaria, nombró a Hitler canciller el 30 de enero de 1933, convencido por dirigentes conservadores que creían posible mantener al líder nazi bajo control.

La decisión no convirtió de inmediato a Alemania en una dictadura, pero abrió la puerta institucional que los nazis utilizaron para destruir el sistema democrático. Después del incendio del Reichstag, Hindenburg firmó el decreto que suspendió derechos fundamentales y facilitó la persecución de adversarios políticos. El proceso desembocó rápidamente en la eliminación del pluralismo y la consolidación del régimen nazi.
Por eso, para el historiador Wolfgang Niess, citado por BR, Hindenburg fue el “sepulturero” de la democracia de Weimar. A su juicio, una sociedad democrática no debería continuar homenajeando mediante nombres de calles a una figura que colaboró activamente con la instalación de la dictadura hasta su muerte en 1934.
Nombres que sobrevivieron a 1945
Una parte de las calles Hindenburg ya existía desde la Primera Guerra Mundial, cuando el militar fue convertido en héroe nacional. Pero, según Niess, la mayoría recibió esa denominación en 1933, con frecuencia al mismo tiempo que otras calles eran rebautizadas en honor a Adolf Hitler.

Después de 1945, las “Adolf-Hitler-Straßen” desaparecieron rápidamente. Muchas de las dedicadas a Hindenburg, en cambio, permanecieron. Munich, por ejemplo, tuvo entre 1917 y 1946 una Hindenburgstraße, hoy denominada Landshuter Allee.
Las respuestas municipales fueron muy distintas. Feldkirchen rebautizó en 2019 su antiguo Hindenburgplatz como Am Maibaum, mientras Ebersberg había cambiado en 2005 su Hindenburgallee por Pfarrer-Grabmeier-Allee.
En Garmisch-Partenkirchen ocurrió lo contrario: en un referéndum local de 2013, casi el 90% votó contra la modificación del nombre. Bad Tölz optó por conservarlo pero convertir la calle en una especie de “memorial transitable”. Bayreuth y Fürstenfeldbruck instalaron placas explicativas que contextualizan la responsabilidad histórica de Hindenburg.
El SPD exige una posición al gobierno de Baviera
La discusión llegó ahora al Parlamento bávaro. Florian von Brunn, diputado del SPD, calificó a Hindenburg como “facilitador de Hitler” y cuestionó que el gobierno regional describa su papel como históricamente “ambivalente”.

Para von Brunn, esa respuesta resulta insuficiente. El legislador reclama que el Estado de Baviera adopte una posición clara, asesore a los municipios y les recomiende cambiar esos nombres o, al menos, acompañarlos con información histórica. También dirigió su reclamo al ministro presidente Markus Söder, de la CSU.
La CSU deja la decisión en manos municipales
Sandro Kirchner, secretario de Estado del Interior de Baviera, rechazó que corresponda al gobierno regional emitir una valoración general sobre Hindenburg y sostuvo que esa tarea compete principalmente a la investigación histórica.

En cuanto a las calles, el Ejecutivo invocó el derecho de autogobierno municipal: cada localidad debe decidir si cambia los nombres o incorpora mecanismos de contextualización. Tampoco prevé apoyo financiero o técnico específico para realizar esas modificaciones.
La discusión excede, por lo tanto, la figura de Hindenburg. Lo que Baviera debate es qué significa mantener un nombre histórico en el espacio público: si constituye necesariamente un homenaje o si puede transformarse, mediante explicaciones y memoria crítica, en una herramienta para comprender cómo una democracia puede contribuir a su propia destrucción.



Hacé tu comentario