En 1895, dentro de una cueva cercana a Puerto Natales, Hermann Eberhard encontró un fragmento de cuero cubierto por extensos pelos. Su estado de conservación era desconcertante. Y desde ya, no parecía de un animal desaparecido miles de años antes. La pieza en realidad era de un milodón de la Patagonia, un enorme perezoso terrestre que podía medir tres metros y pesar entre una y dos toneladas. El frío y las condiciones estables de la cueva habían preservado parte de su piel y huesos.
Eberhard llevó el fragmento a su estancia de Puerto Consuelo, donde quedó expuesto como una rareza. La noticia llegó rápidamente a Buenos Aires y Europa, y en los años siguientes, científicos, exploradores y cazadores de tesoros viajaron hasta el extremo sur convencidos de que el animal podía seguir vivo.
El hombre que puso en marcha esa fiebre no era paleontólogo. Hermann Eberhard había sido marinero, capitán mercante, estanciero, explorador y representante diplomático. Su vida se desarrolló a ambos lados de una frontera todavía en debate.
De la marina alemana a Santa Cruz
Hermann Eberhard nació el 27 de febrero de 1852 en Ohlau, una ciudad de Silesia que entonces pertenecía al reino de Prusia y actualmente forma parte de Polonia con el nombre de Oława. Su familia imaginó para él una carrera militar y lo envió al Cuerpo de Cadetes de Wahlstatt. Pero a los 17 años abandonó ese camino para ser marinero en un buque mercante. Ascendió hasta capitán y trabajó para la compañía naviera alemana Kosmos, cuyos barcos conectaban Europa con puertos sudamericanos, las islas Malvinas y el estrecho de Magallanes.
El contacto con el extremo austral despertó su interés. Y en 1887 dejó la marina mercante y comenzó a buscar tierras aptas para la ganadería ovina. El gobierno argentino le concedió campos en Santa Cruz, donde fundó la estancia Chymen Aike. Desde allí organizó expediciones hacia el oeste.

La región de Última Esperanza todavía estaba incompleta en la cartografía europea, aunque los pueblos aónikenk y kawésqar conocían y recorrían desde hacía generaciones sus costas, canales, bosques y planicies.
En 1892 Eberhard partió acompañado por un pequeño grupo de alemanes, británicos y trabajadores rurales, quienes avanzaron en una embarcación por canales poco conocidos y exploraron las tierras que rodeaban el fiordo. Buscaban agua, pasturas y un acceso para trasladar animales. En 1893 levantó Puerto Consuelo, considerado uno de los primeros establecimientos ovinos de Última Esperanza.
En 1895 Eberhard elaboró un mapa manuscrito del seno de Última Esperanza y sus alrededores. El documento, recuperado más de un siglo después en el Archivo Nacional de Chile, fue considerado el primer mapa moderno de ese sector.
La piel que desató una fiebre internacional
La cueva visitada por Eberhard se abría sobre el cerro Benítez y tenía unos 200 metros de profundidad. En su interior aparecieron huesos, piel y otros restos pertenecientes a animales que habían habitado la Patagonia durante el Pleistoceno. El milodón ya era conocido por la ciencia. De hecho, Charles Darwin había encontrado una mandíbula durante su paso por Bahía Blanca en 1832, y el anatomista británico Richard Owen utilizó ese fósil para describir la especie.
La pieza encontrada por Eberhard fue impactante porque todavía conservaba pelo y pequeños huesos dentro de la piel. Dicha apariencia alimentó una posibilidad extraordinaria: que algunos ejemplares hubieran sobrevivido en sectores inexplorados de la cordillera.

El explorador sueco Otto Nordenskjöld visitó la estancia y promovió nuevas excavaciones. El Museo de La Plata también intervino en el estudio. A partir de entonces, la antigua Gruta Eberhard comenzó a recibir expediciones procedentes de distintos países.
En septiembre de 1900, el británico Hesketh Hesketh-Prichard llegó a la Argentina enviado por el diario Daily Express con la misión de encontrar un milodón vivo. Recorrió durante meses el territorio patagónico, atravesó ríos y exploró zonas cercanas al lago Argentino, pero no encontró rastros de ningún ejemplar. El viaje terminó convertido en el libro Through the Heart of Patagonia, publicado en 1902.
Los estudios posteriores determinaron que los restos tenían más de 10.000 años. La conservación excepcional se debía al frío y la sequedad del ambiente. La criatura que muchos esperaban capturar viva llevaba milenios extinguida.
El cónsul alemán que vivió entre dos países
El gobierno del Imperio alemán nombró a Eberhard cónsul en Río Gallegos en 1899. Ocupó el cargo hasta 1904 y se convirtió en el primer representante alemán destinado en esa ciudad. Sus funciones diplomáticas se sumaron a la administración de los campos y los negocios ganaderos.
Con el tiempo, sin embargo, la estancia enfrentó inviernos extremos, pérdidas de animales y conflictos relacionados con la distribución de las tierras. Eberhard viajó a Santiago de Chile en 1905 para defender los derechos de los primeros pobladores de Última Esperanza, aunque no logró cambiar las decisiones oficiales.

Murió el 30 de mayo de 1908 en Punta Arenas. Tenía 56 años. Su familia continuó vinculada con Puerto Consuelo, y su apellido quedó incorporado al paisaje mediante la geografía del lugar.
En 1968, la cueva fue declarada Monumento Histórico y en 1993 quedó incorporada al sistema chileno de áreas protegidas como Monumento Natural Cueva del Milodón. Actualmente representa uno de los principales sitios arqueológicos y paleontológicos de la Patagonia austral.






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